Con Vargas Llosa en Tampico

Por Juan Gustavo Cobo Borda
Para LA GACETA - TAMPICO (México)

04 Mayo 2003
Leyendo, releyendo por tercera vez en la vida, con lágrimas en los ojos, Los miserables, la insana pasión por las letras mantiene vivo e incandescente a Mario Vargas Llosa.
Pero otra pasión, no menos devoradora y letal, se ha deslizado en su sangre. Son esas muñecas frágiles y quebradizas en que Egon Schiele cristaliza el deseo. Los calvos y sebáceos hombrecitos turbios de George Grosz. Las criptas sombrías y sin embargo tan sugerentes en su aura milenaria con que Fernando Deszyslo mantiene viva la civilización inca. La pintura impregna ahora el horizonte visual del novelista peruano y Paul Gauguin lo obliga de nuevo a replantearse el sentido de la utopía.
El paraíso en la otra esquina, su nueva novela (Alfaguara-Buenos Aires, 2003), es sobre aquel buen padre, buen marido y exitoso empleado de Bolsa que decidió volverse un salvaje e irse al otro extremo del mundo en pos de los fantasmas concretos que encarna la pintura.

El Paraíso en las antípodas
"Para pintar de verdad hay que sacarse el civilizado que llevamos dentro", dice en algún momento su personaje. Y algo de esto podría aplicarse al pulcro y racional Mario Vargas Llosa. Sin embargo, una gota de demencia brilla en el fondo de la pupila: se llama furia creativa. El salto cualitativo que altera el mundo. Lo refuta, lo complementa o lo corrige. El también se fue hasta las islas Marquesas, a cinco horas de avión de Tahití, a conversar con las últimas descendientes de un rey maorí y un francés que arribó allí con cuerno de caza, pipas bretonas y mandolina.
Gauguin, el nieto de Flora Tristán (1803-1844), se deshace a pedazos, con compresas de mostaza en las pantorrillas, mientras pone a arder sus telas con los colores más puros. Con esos dorados color tabaco de las pieles más sensuales que conoce la pintura.

El terror primitivo
Allí, petrificadas por el miedo, y con las nalgas fruncidas por el terror animal, las compañeras-modelos de Gauguin, de sólo 13 años, ven aflorar esos espíritus malignos que se desprenden de los cadáveres y sobrevuelan la cabaña frente al mar. Tejama, quien llama al Gauguin de 43 años Koke, lo contemplará como un irreconocible aparecido. El ex europeo, ex civilizado, ex cristiano, será por fin nadie. Al sodomizarla, él creerá edificar "Un altar de carne humana para oficiar una ceremonia sagrada": el terror religioso otorgándoles cuerpo a los demonios. Todo aquello que ahora vemos transfigurado en sus lienzos, tan melódicos como inquietantes. Tan sugerentes como estáticos. Develados en las palabras con que el novelista los ahonda, en su imaginativa recreación literaria. Un narrador que lo muestra desde fuera y desde dentro. Descrito desde los otros y desde su interioridad como persona.
Quizás por ello Mario Vargas Llosa me desliza, confidente: "A mí en verdad lo que me interesa es la pintura como ficción". De ahí su admiración por los expresionistas alemanes y esos belgas perversos y fríos, llámense heladas mujeres desnudas de Paul Delvaux o atildados caballeros de bombín de René Magritte. Sin olvidar las máscaras y esqueletos carnavalescos de James Ensor o las carnes feas y pesadas del nieto de Freud: el inglés Lucian Freud.
Y es la pintura la que lo lleva a dejar su apartamento en la Plaza de las Descalzas en Madrid, con sus cuadros de Toral o Urculo, Tilsa, Chávez o Camacho, para irse a Nueva York, vía Tampico, a entregar a Fernando Botero el premio de Hombre de las Américas que él recibió en el 2001. Botero, sobre quien escribió todo un libro, compartiendo el delicioso encanto cursi de esa cultura popular de tango y telenovela que marcó a toda su generación en América Latina.

El doble rostro de la utopía
Prosigue además su serie de sagaces ensayos sobre utopistas: Saint Simon, Fourier, Cabbé, Owen y Flora Tristán, el otro personaje central de su novela.
Esa hija de un coronel peruano que servía en los ejércitos del rey de España.
La misma que luego, por los caminos de Francia, y como única mujer, entrará en las tabernas diciendo: "Soy una amiga de los obreros. Vengo a ayudarles a romper las cadenas de la explotación".Trabajará como aprendiz de colorista en el taller del grabador André Chazal, doce años mayor que ella, y con el cual cuatro años de matrimonio fueron más que suficientes para disuadirla de las aparentes virtudes de esa institución burguesa. Al huir de él, Chazal querrá quitarle las hijas y le disparará a bocajarro en la calle: el proyectil quedará alojado en el pecho de Flora Tristán hasta su muerte.


La utopía artística de Gauguin, la utopía política de Flora Tristán. Y en medio de ellos, Mario Vargas Llosa que nos cuenta, hechizado y febril, esas vidas únicas. Y que recuerda, también, ese "camino mediocre hacia el progreso que es la democracia, la cual produce los mayores avances en la historia. Esa vía gradual que representa la democracia, con sus consensos y paulatinas negociaciones, a veces parece insuficiente y mediocre, pero es la que reduce drásticamente las posibilidades de violencia y coerción".
Pero el hombre al que siempre parecen preguntarle por las economías paupérrimas, el desempleo galopante y las frágiles democracias de nuestro continente, resurge al hablar de literatura o, como en este caso, de pintura, y de su artista preferido: Rembrandt. He aquí la estimulante lección de nuestra charla en Tampico.(c) LA GACETAJUAN GUSTAVO COBO BORDA.- Escritor y diplomático colombiano. Ex agregado cultural de la Embajada de Colombia en la Argentina. Su último libro es: "La musa inclemente", Tusquets-Barcelona, 2001.

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