13 Abril 2003 Seguir en 

Con Aquel corazón descamisado (2002) parece cerrarse el ciclo poético iniciado por Luis O. Tedesco con La dama de mi mente (1998) y continuado con En la maleza (2000). Polarizado por dos avasalladoras inquietudes constantes, la pasión política y la pasión amorosa, el tríptico emerge a la superficie de la poesía argentina reciente con la magnitud y la fuerza de una erupción volcánica. Los tres tomos quieren -y logran- hacerse oír. Una voz desgarrada por las contradicciones, por las traiciones y las lealtades, emite su diagnóstico sobre los restos de lo que alguna vez fue una nación promisoria y un corazón sin herida.
En relación con la pasión política, queda claro que para el autor la Argentina constituye un país definitivamente a la deriva. Se diría que viejas palabras como "colonia" y "colonialismo", útiles en un tiempo para explicar una situación de dependencia que intermitentemente hacía sentir su aparición amenazadora, son ahora insignificantes: quedan chicas, demasiado chicas, para dar cuenta de una corrupción y de un saqueo interno que desbordan toda posibilidad de análisis. No hay análisis por otra parte; no podría haberlo tratándose de libros de poemas. Lo que sí hay, y con creces, es sensación y sentimiento: sensación de pánico, sentimiento de catástrofe. Con respecto a la pasión amorosa, el otro polo de esta bifronte experiencia poética. Las cosas se presentan igualmente oscuras: lo que comenzó viviéndose como un bien, como una "fusión" corporal, termina percibiéndose como una "infección" sentimental que no da sosiego a su poseedor, como un mal sin antídoto posible.
El panorama se diría desalentador en extremo, si no fuese porque Tedesco es dueño de una voluntad de creación que raya en la insaciabilidad. Trabajador incansable, poseído por la necesidad de reestructurar en una unidad de sentido la dispersión del tiempo vivido, de aplacar sus contradicciones, vuelve una y otra vez sobre los límites que lo acorralan y golpea con fuerza metafísica. Vale decir: en medio de la catástrofe, su confianza en la palabra se ha mantenido intacta. La paradoja tiene un sesgo conmovedor: lo que alguna vez (en la juventud) pudo ser percibido como un testimonio de debilidad y marginalidad, la poesía, se ha convertido, con el paso de los años, en la salvaguarda de la conciencia y de la voluntad. Es el último refugio para custodiar lo entrañable: aquello sin lo cual la vida misma carecería de significado.
A partir del breve y provisorio esquema de análisis que acabo de trazar, se hace evidente que el núcleo imantador de la experiencia poética de Luis O. Tedesco radica en la fidelidad: en la fidelidad a la palabra poética y en la fidelidad a los orígenes de la experiencia poética. Vale decir: fidelidad a la tradición de la lengua y fidelidad al paisaje de la infancia. ¿Cuál es la tradición verbal e imaginativa de Tedesco? Múltiple: va desde la adhesión al terruño de la cultura occidental (Virgilio y Horacio) hasta el apego a las voces que han dado cuenta del paisaje suburbano porteño, desde la gauchesca a los letristas de tango. ¿En qué consiste su fidelidad al paisaje de la infancia? En no idealizar los potreros junto a los cuales transcurrieron los primeros años de su vida. En no idealizar, aunque sin por ello dejar de hacer poesía, de reestructurar el sentimiento en cadencias verbales que se inscriban dentro de la dilatada tradición que acabo de esbozar.
Es en esta zona, a mi juicio, donde pueden detectarse las notas más altas de Aquel corazón descamisado, en la sección denominada "La pulpa lugareña". Aquí, la fusión estilística que realiza Tedesco tiene dos puntos de referencia: por un lado la emoción personal intransferible; por otro, la voz de Mastronardi, maestro de la rememoración afectiva. Así, un verso inolvidable de Mastronardi "un día yo pasaba silbando entre arboledas", es asimilado por Tedesco y transferido a su propio registro personal del siguiente modo: "Estabas en el patio, era tan mío / el vibrante chiflido del origen...". La operación estilística, el reemplazo de "silbido" por "chiflido", da la medida del talento de Tedesco para ser fiel tanto al pasado literario como al pasado personal. Es la suya una operación cultural no sólo legítima, sino impecable. Otros ecos mastronardianos son sometidos al mismo proceso de apropiación con resultado igualmente excelentes. Concluyo citando uno de ellos: "juncal esbelto, cardos indolentes, / el pucho anaranjado de las casas, / el lagunoso fango, la chatarra...".
(c) LA GACETA
En relación con la pasión política, queda claro que para el autor la Argentina constituye un país definitivamente a la deriva. Se diría que viejas palabras como "colonia" y "colonialismo", útiles en un tiempo para explicar una situación de dependencia que intermitentemente hacía sentir su aparición amenazadora, son ahora insignificantes: quedan chicas, demasiado chicas, para dar cuenta de una corrupción y de un saqueo interno que desbordan toda posibilidad de análisis. No hay análisis por otra parte; no podría haberlo tratándose de libros de poemas. Lo que sí hay, y con creces, es sensación y sentimiento: sensación de pánico, sentimiento de catástrofe. Con respecto a la pasión amorosa, el otro polo de esta bifronte experiencia poética. Las cosas se presentan igualmente oscuras: lo que comenzó viviéndose como un bien, como una "fusión" corporal, termina percibiéndose como una "infección" sentimental que no da sosiego a su poseedor, como un mal sin antídoto posible.
El panorama se diría desalentador en extremo, si no fuese porque Tedesco es dueño de una voluntad de creación que raya en la insaciabilidad. Trabajador incansable, poseído por la necesidad de reestructurar en una unidad de sentido la dispersión del tiempo vivido, de aplacar sus contradicciones, vuelve una y otra vez sobre los límites que lo acorralan y golpea con fuerza metafísica. Vale decir: en medio de la catástrofe, su confianza en la palabra se ha mantenido intacta. La paradoja tiene un sesgo conmovedor: lo que alguna vez (en la juventud) pudo ser percibido como un testimonio de debilidad y marginalidad, la poesía, se ha convertido, con el paso de los años, en la salvaguarda de la conciencia y de la voluntad. Es el último refugio para custodiar lo entrañable: aquello sin lo cual la vida misma carecería de significado.
A partir del breve y provisorio esquema de análisis que acabo de trazar, se hace evidente que el núcleo imantador de la experiencia poética de Luis O. Tedesco radica en la fidelidad: en la fidelidad a la palabra poética y en la fidelidad a los orígenes de la experiencia poética. Vale decir: fidelidad a la tradición de la lengua y fidelidad al paisaje de la infancia. ¿Cuál es la tradición verbal e imaginativa de Tedesco? Múltiple: va desde la adhesión al terruño de la cultura occidental (Virgilio y Horacio) hasta el apego a las voces que han dado cuenta del paisaje suburbano porteño, desde la gauchesca a los letristas de tango. ¿En qué consiste su fidelidad al paisaje de la infancia? En no idealizar los potreros junto a los cuales transcurrieron los primeros años de su vida. En no idealizar, aunque sin por ello dejar de hacer poesía, de reestructurar el sentimiento en cadencias verbales que se inscriban dentro de la dilatada tradición que acabo de esbozar.
Es en esta zona, a mi juicio, donde pueden detectarse las notas más altas de Aquel corazón descamisado, en la sección denominada "La pulpa lugareña". Aquí, la fusión estilística que realiza Tedesco tiene dos puntos de referencia: por un lado la emoción personal intransferible; por otro, la voz de Mastronardi, maestro de la rememoración afectiva. Así, un verso inolvidable de Mastronardi "un día yo pasaba silbando entre arboledas", es asimilado por Tedesco y transferido a su propio registro personal del siguiente modo: "Estabas en el patio, era tan mío / el vibrante chiflido del origen...". La operación estilística, el reemplazo de "silbido" por "chiflido", da la medida del talento de Tedesco para ser fiel tanto al pasado literario como al pasado personal. Es la suya una operación cultural no sólo legítima, sino impecable. Otros ecos mastronardianos son sometidos al mismo proceso de apropiación con resultado igualmente excelentes. Concluyo citando uno de ellos: "juncal esbelto, cardos indolentes, / el pucho anaranjado de las casas, / el lagunoso fango, la chatarra...".
(c) LA GACETA







