Groussac

Por Carlos Páez de la Torre (h) - Para LA GACETA - TUCUMAN.

13 Abril 2003
Corría el último mes del verano de 1914 y terminaba la gira que había llevado a Paul Groussac desde Montevideo a Tierra del Fuego, con regreso por el sur de Chile y los lagos andinos, a lo largo de casi tres meses. Se había embelesado con los más diversos paisajes y le había tocado conversar con mucha gente. Alguna totalmente imprevisible, como el terrorista Simón Radowitzky, preso en la cárcel de Ushuaia por el mortal atentado al coronel Ramón Falcón, jefe de Policía de Buenos Aires. Pero no sospechaba que los finales del viaje tendrían un marco de tragedia, como narra en la segunda serie de El viaje intelectual.
El 28 de febrero iniciaba su vuelta al país, en el Ferrocarril Trasandino. Al mediodía, en Puente del Inca, invadió el tren "una ruidosa y vistosa compañía de paseantes argentinos" quienes se instalaron, "a los gritos", en los asientos vacíos. Groussac, ya a los finales de la sesentena, no deja de escudriñar a las mujeres con ojo apreciativo. Formaban el grupo principal de los nuevos pasajeros dos señoras porteñas, madre e hija, vestidas de negro. Acompañaba a la última "una encantadora rubia, cuyos ojos azules y dorados hacen lindo contraste con el negro cabello y la tez pálida de su amiga", anota en su diario el director de la Biblioteca Nacional.
Con ellas viene el ingeniero Jorge Newbery. Su "risueña rubicundez y atlética corpulencia" se destacan inmediatamente en el coche. Sin duda Groussac sabe perfectamente quién es este personaje de 39 años, ídolo del gran mundo porteño y de los deportistas: campeón de florete, recordman de velocidad en bote y de natación, boxeador y, desde hace más de un lustro, arriesgado cultor de la aviación, primero en globo y luego en los precarios aviones de la época. Justamente, venía de "estudiar las condiciones de la cordillera para su proyectado paso de los Andes en aeroplano".
Y es más que probable que Newbery sepa también perfectamente quién es Groussac. Si no han sido presentados en algún acto o festejo oficial, por lo menos deben haber conversado en la tertulia del Círculo de Armas, del que ambos son socios y frecuentadores.
Charlan en grupo. Groussac se entera de que se alojarán en el mismo hotel que él ha reservado en Mendoza. También escucha el pedido de las jóvenes al ingeniero. Quieren verlo volar sobre la ciudad en un "aparato imperfecto" de Teodoro Fels, a lo que Newbery se niega. Llegan por fin a Mendoza y se instalan en su alojamiento. A la mañana siguiente, 1º de marzo, por el hotel corre la voz de que "cediendo a las instancias de las damas, Newbery realizará a la tarde un vuelo sin importancia, con su amigo Giménez Lastra, en el campo de Los Tamarindos".
Groussac hubiera querido asistir a la prueba "sin importancia", pero tenía un compromiso anterior en la estancia de Serú.
De todos modos, aprovecha el intervalo de la siesta para trasladarse hasta el monumento del "Cerro de la Gloria". Ha picado su curiosidad este conjunto, que las autoridades acaban de inaugurar sin que el nombre del escultor, el uruguayo Juan Ferrari, "se deslizara entre los pomposos clichés de la oratoria oficial". En su diario, anota una serie de observaciones sobre lo que le parece una "disforme composición en su desorden caótico, pero de innegable potencia". No puede negar que a pesar de sus "zurderías", forma "un colosal esbozo de obra maestra", cargado de "reminiscencias ajenas" junto con las propias.
"El San Martín ecuestre, destacado solo en su flaco cuartago criollo de perfil carneruno, y que, estirado el pescuezo, relincha hacia su invisible destino", le recuerda "al Bonaparte en Egipto y, también, al Tamerlán, de Gerome". En realidad parecería, por la orientación, "que el caballo relinchara hacia su querencia, más que hacia Chacabuco". Y en cuanto a la alegoría de la Libertad, se le ocurre que "denuncia a gritos su parentesco con el Genio de la Guerra de Rodin", un maestro "cuyos defectos son más fáciles de imitar que sus rasgos geniales". Pero, con todo, no puede menos que reconocer que "un aliento de indiscutible grandeza ha inspírado y anima perdurablemente este soberbio escorzo de epopeya".
Regresa al hotel cuando cae la tarde. Una muchedumbre consternada llena la plaza, y allí le informan de la tragedia ocurrida dos horas antes. El aparato de Newbery se precipitó a tierra cuando estaba a 50 metros de altura. Giménez Lastra resultó con heridas, pero el ingeniero murió instantáneamente.
Groussac corre a la Asistencia Pública. El cuerpo del aviador yace en una camilla. "Contemplé su cadáver casi tibio y aún sin rigidez. A pesar de la honda herida frontal y la fractura de la mandíbula, el rostro no estaba deformado; y una vez cerrados por mí los ojos que quedaran entreabiertos, la noble fisonomía recobraba su belleza varonil".
Por la mañana siguiente, mientras el féretro era llevado solemnemente a la estación a los acordes de la Marcha Fúnebre de Chopin, Groussac divisó, en el patio del hotel, apoyada en un pilar, enlutada y llorando sin consuelo, "a la niña rubia cuyo ruego fue quizá causa inocente de la catástrofe". Se une al cortejo, mientras va pensando que "si algo de verdad encerrara aquel mito griego que mostraba a la sombra del muerto vagando en torno del cadáver todavía insepulto, acaso a ese ser infortunado le mitigara la amargura de su temprano y lamentable fin, el verse llorado por ojos tan bellos"...

Carlos Páez de la Torre (h) - Abogado, periodista de LA GACETA, miembro de número de la Academia Nacional de la Historia. Su último libro es Nicolás Avellaneda. Una biografía (Planeta, Bs. As., 2001)

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