06 Abril 2003 Seguir en 

"Los argentinos tienen un nivel cultural y de invención que impresiona", afirmó Alain Touraine en un reportaje en el que intentaba explicar: "Los argentinos existen, la Argentina no" (La Nación, 27/10/2002).
En el riguroso examen a que hemos sido sometidos en 2002, la cultura sacó buena nota. Desde luego, no la cultura política, cuyas deficiencias son precisamente uno de los motivos de la crisis, pero sí la que se refiere a las expresiones artísticas. Es casi un lugar común afirmar que la actividad cultural resistió, demostró creatividad y eficacia en películas, obras de teatro, espectáculos, exposiciones, conciertos y, quizás también, libros. En muchos casos fue la devaluación lo que permitió el lucimiento de artistas locales, como ocurrió, por ejemplo, en la temporada del Teatro Colón. Lo mismo sucedió con la música popular, que también obtuvo una buena respuesta del público.
Todo indica que hasta la fecha nuestra sociedad mantiene su capacidad y su voluntad de crear, de distraerse, de imaginar nuevos caminos. Esta es sin duda una señal saludable que da lugar a la esperanza de que la crisis pueda superarse antes de los plazos previstos en los pronósticos más agoreros. Pero por otra parte es notoria la declinación de importantes industrias culturales. En el caso del libro se registró un descenso abrupto de las publicaciones y de las ventas, mientras el costo del libro extranjero se multiplicaba hasta volverse casi inaccesible.
Creo que es positivo mostrarse satisfecho porque a pesar de la crisis la actividad cultural continuó y en algunos casos se incrementó. Sin embargo, sería muy peligroso confiar, por un mal entendido orgullo nacional, en que estos resultados puedan mantenerse incólumes.
Lamentablemente, la nueva realidad social es sombría. Hoy, con la mitad de la población en situación de pobreza y con el deterioro de la calidad de la enseñanza, es difícil imaginar un futuro cultural promisorio. Porque históricamente una de las razones de la fuerza y del carácter de nuestra cultura fue precisamente la de contar con públicos importantes, una tradición que viene del siglo XIX, cuando el poema Martín Fierro se vendía hasta en las pulperías de la campaña. Nuestra vanguardia cultural, sofisticada, curiosa, cosmopolita, se nutría de una base social amplia que la enriquecía.
Es oportuno recordar que cuando hablamos del esplendor de la cultura argentina en la década de 1920 no nos referimos a un hecho de generación espontánea. Ese esplendor fue consecuencia de un proceso de más de cincuenta años de políticas de Estado sostenidas en favor de la alfabetización masiva, la escuela pública y las bibliotecas populares. Esto permitió que hubiera públicos numerosos con una matriz educativa común aunque provinieran de distintos orígenes étnicos y el español no fuera su lengua materna.Las expresiones de la cultura no atravesaron indemnes los regímenes de fuerza o populistas proclives a la censura ideológica y al aislamiento en los años 40; la interrupción del audaz florecimiento de los 60 con el golpe de 1966; la excesiva politización de los 70; el brutal "apagón cultural" de la última dictadura. Como señalaron en su momento dos estudiosos eminentes, Gregorio Weinberg y Angel Rosenblat, ya podía hablarse en 1975 de la decadencia de nuestra vida cultural como actividad colectiva, por más que se registraran creaciones de carácter individual. Si este riesgo se perfilaba entonces, cuando todavía los "bolsones de pobreza" alcanzaban al 8% de la población, ¿qué podrá decirse hoy, cuando la pobreza afecta al 55%, y está en situación crítica el sistema educativo?
Para retomar un camino de creatividad que forma parte de nuestras mejores tradiciones es necesario que el futuro gobierno tome a su cargo con seriedad, y sin especulaciones elec- toralistas, políticas destinadas a favorecer las expresiones culturales. Una de ellas, indispensable, consiste en trabajar sobre el vínculo entre educación y cultura. La tarea incumbe en primer lugar al ministerio del área que podría así desarrollar una labor de apoyo destinada a las provincias. También es indispensable tener una señal de televisión educativa, que movilice un sector que hasta el momento sólo se interesa por el mercado en sus aspectos más banales. Y, desde ya, que el control de estas emisiones esté a cargo de un Consejo con capacidad de decisión, integrado por figuras reconocidas en su especialidad y no por los funcionarios de turno. Otro campo de acción en el que ya están empeñados con éxito algunos gobiernos de provincia es el cuidado del patrimonio artístico, histórico y arqueológico. Esa tarea vale por sí misma; constituye un poderoso factor de identidad y también se relaciona con el turismo, una de las industrias que tienen mayores perspectivas de desarrollo.
Ese amplio abanico de actividades, que va desde el fortalecimiento de una escuela que conserva aptitud para avanzar en la inclusión social hasta la preservación de las diversas expresiones de nuestra vida cultural, nos convoca a recrear aquellos recursos simbólicos necesarios para asumir el futuro, no sólo como miembros de una sociedad, sino como ciudadanos responsables de una nación.
Y de este modo los argentinos comenzarán a reencontrarse con la Argentina y se pondrá fin a esta absurda dicotomía que señalaba el sociólogo francés citado al comienzo.
(c) LA GACETA
María Sáenz Quesada - Escritora, licenciada en Historia, ex secretaria de Cultura del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, subdirectora de la revista Todo es historia. Su último libro es La Argentina. Historia del país y de su gente (Sudamericana, Buenos Aires, 2001).
En el riguroso examen a que hemos sido sometidos en 2002, la cultura sacó buena nota. Desde luego, no la cultura política, cuyas deficiencias son precisamente uno de los motivos de la crisis, pero sí la que se refiere a las expresiones artísticas. Es casi un lugar común afirmar que la actividad cultural resistió, demostró creatividad y eficacia en películas, obras de teatro, espectáculos, exposiciones, conciertos y, quizás también, libros. En muchos casos fue la devaluación lo que permitió el lucimiento de artistas locales, como ocurrió, por ejemplo, en la temporada del Teatro Colón. Lo mismo sucedió con la música popular, que también obtuvo una buena respuesta del público.
Todo indica que hasta la fecha nuestra sociedad mantiene su capacidad y su voluntad de crear, de distraerse, de imaginar nuevos caminos. Esta es sin duda una señal saludable que da lugar a la esperanza de que la crisis pueda superarse antes de los plazos previstos en los pronósticos más agoreros. Pero por otra parte es notoria la declinación de importantes industrias culturales. En el caso del libro se registró un descenso abrupto de las publicaciones y de las ventas, mientras el costo del libro extranjero se multiplicaba hasta volverse casi inaccesible.
Creo que es positivo mostrarse satisfecho porque a pesar de la crisis la actividad cultural continuó y en algunos casos se incrementó. Sin embargo, sería muy peligroso confiar, por un mal entendido orgullo nacional, en que estos resultados puedan mantenerse incólumes.
Lamentablemente, la nueva realidad social es sombría. Hoy, con la mitad de la población en situación de pobreza y con el deterioro de la calidad de la enseñanza, es difícil imaginar un futuro cultural promisorio. Porque históricamente una de las razones de la fuerza y del carácter de nuestra cultura fue precisamente la de contar con públicos importantes, una tradición que viene del siglo XIX, cuando el poema Martín Fierro se vendía hasta en las pulperías de la campaña. Nuestra vanguardia cultural, sofisticada, curiosa, cosmopolita, se nutría de una base social amplia que la enriquecía.
Es oportuno recordar que cuando hablamos del esplendor de la cultura argentina en la década de 1920 no nos referimos a un hecho de generación espontánea. Ese esplendor fue consecuencia de un proceso de más de cincuenta años de políticas de Estado sostenidas en favor de la alfabetización masiva, la escuela pública y las bibliotecas populares. Esto permitió que hubiera públicos numerosos con una matriz educativa común aunque provinieran de distintos orígenes étnicos y el español no fuera su lengua materna.Las expresiones de la cultura no atravesaron indemnes los regímenes de fuerza o populistas proclives a la censura ideológica y al aislamiento en los años 40; la interrupción del audaz florecimiento de los 60 con el golpe de 1966; la excesiva politización de los 70; el brutal "apagón cultural" de la última dictadura. Como señalaron en su momento dos estudiosos eminentes, Gregorio Weinberg y Angel Rosenblat, ya podía hablarse en 1975 de la decadencia de nuestra vida cultural como actividad colectiva, por más que se registraran creaciones de carácter individual. Si este riesgo se perfilaba entonces, cuando todavía los "bolsones de pobreza" alcanzaban al 8% de la población, ¿qué podrá decirse hoy, cuando la pobreza afecta al 55%, y está en situación crítica el sistema educativo?
Para retomar un camino de creatividad que forma parte de nuestras mejores tradiciones es necesario que el futuro gobierno tome a su cargo con seriedad, y sin especulaciones elec- toralistas, políticas destinadas a favorecer las expresiones culturales. Una de ellas, indispensable, consiste en trabajar sobre el vínculo entre educación y cultura. La tarea incumbe en primer lugar al ministerio del área que podría así desarrollar una labor de apoyo destinada a las provincias. También es indispensable tener una señal de televisión educativa, que movilice un sector que hasta el momento sólo se interesa por el mercado en sus aspectos más banales. Y, desde ya, que el control de estas emisiones esté a cargo de un Consejo con capacidad de decisión, integrado por figuras reconocidas en su especialidad y no por los funcionarios de turno. Otro campo de acción en el que ya están empeñados con éxito algunos gobiernos de provincia es el cuidado del patrimonio artístico, histórico y arqueológico. Esa tarea vale por sí misma; constituye un poderoso factor de identidad y también se relaciona con el turismo, una de las industrias que tienen mayores perspectivas de desarrollo.
Ese amplio abanico de actividades, que va desde el fortalecimiento de una escuela que conserva aptitud para avanzar en la inclusión social hasta la preservación de las diversas expresiones de nuestra vida cultural, nos convoca a recrear aquellos recursos simbólicos necesarios para asumir el futuro, no sólo como miembros de una sociedad, sino como ciudadanos responsables de una nación.
Y de este modo los argentinos comenzarán a reencontrarse con la Argentina y se pondrá fin a esta absurda dicotomía que señalaba el sociólogo francés citado al comienzo.
(c) LA GACETA
María Sáenz Quesada - Escritora, licenciada en Historia, ex secretaria de Cultura del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, subdirectora de la revista Todo es historia. Su último libro es La Argentina. Historia del país y de su gente (Sudamericana, Buenos Aires, 2001).







