06 Abril 2003 Seguir en 

Expulsado de ese paraíso de la infancia que conforman los cuentos de su abuelo el coronel y la edad de oro de la United Fruit en Aracataca, este niño llamado Gabriel García Márquez (1927) busca corregir la injusticia del mundo mediante el exorcismo creativo de la literatura.
Desengañando a su padre y a su madre y, en definitiva, a una familia de once hermanos que habían apostado sus precarios recursos a la falaz lotería del título universitario como inversión garantizada en el hijo mayor, su último libro ("Vivir para contarla") cuestiona mitos y seduce, en ocasiones, con sus artes de hechicero fabulador. Pero entre la memoria de su tribu y la crónica cultural de su formación como escritor hay un desnivel estilístico que sólo sus novelas resolvieron con plenitud.
El currículum del creador
Bachillerato completo y bien calificado en un internado oficial; dos años y unos meses de derecho caótico, periodismo empírico: tal es el estricto currículum del colombiano más universal. Esto le permitió ahondar con más amplitud e intensidad en el conocimiento de sí mismo y de nuestra realidad.Lo indeclinable de su vocación voraz se situaba en un entorno donde todos aplauden al hipotético alevín de escritor, pero nada objetivamente contribuye a su realización. En aquel entonces no había ni por asomo retribución económica alguna que garantizase su posible subsistencia como tal.
Carente de una industria editorial, la cátedra o el periodismo podrían ser los sucedáneos más socorridos; pero sólo dieciocho meses, encerrado a cal y canto, en México, mientras su mujer empeña todos los objetos de valor, concedieron el tiempo necesario para que la novela frustrada de sus inicios, "La casa", se convirtiera por fin en "Cien años de soledad" (1967), cuando tenía casi cuarenta años de edad.
Ella es en definitiva la que ahora le da derecho a hablar y a reconstruir los primeros treinta años de su vida sobre las coordenadas básicas de familia y formación. A ellos añade, como telón de fondo, un repaso elemental de la historia de Colombia.
¿Qué es ficción? ¿Qué es realidad?
Al margen de cualquier otra consideración, "Vivir para contarla" ("Norma", Bogotá, 2002) es el exhaustivo recuento literario de cómo un muchacho lector de Aracataca se vuelve un gran escritor. Sólo tenebrosos, sagaces lectores, llegan a ser recursivos escritores.
Podemos aludir a su rigor y a la firmeza de su ego; podemos mencionar su innata capacidad para soñar lo real y escuchar el murmullo del mundo o los mecanismos compensatorios con que traspone metafóricamente la esquemática realidad. Podemos rastrear su paulatina adquisición de una postura política, de izquierda socialista. Podemos, por cierto, comprender su conciencia de clase a partir de los traumas, desaires y humillaciones que la pobreza inflige y que este libro, psicoanálisis doloroso de sí mismo, reconstruye con una entereza aún mayor si calibramos su legendaria timidez.
O podemos celebrar, sin reticencias, el milagro mayor: cómo la literatura transforma el mundo y ya nada será igual.
Así, al parecer, lo entienden millones de personas en el mundo entero, que co-participan de su angustia trascendida gracias a la forma como la volvió ficción y ahora la desmonta, en apariencia, para devolvérnosla como realidad.
La buena narrativa recrea el desequilibrio del mundo, al esclarecer lo inerte y propugnar versiones alternativas de los opacos hechos. Pero esta luz que denuncia y consuela sólo fija su foco luego de infinitas aleaciones.
"El adolescente que llega a esa prisión sombría llamada Bogotá no era sólo el costeño" despreocupado, informal y auténtico sino el novicio de las letras que aspira a recibir las órdenes sagradas. El doctor Adolfo Gómez le regala "El doble", de Dostoievski, y le asigna la beca para Zipaquira. El poeta Carlos Martín, el deleite inagotable de descubrir a Alfonso Reyes o pasear por "La vida maravillosa de los libros", de Jorge Zalamea. Gustavo Ibarra, los dramaturgos griegos, y me pregunto quién "La peste", de Camus, la más actual de las novelas colombianas, con su acuciante pregunta acerca de la responsabilidad individual en una catástrofe colectiva que sólo despeja ese informe redactado por el Dr. Rieux. No son los antibióticos los que cercan al bacilo: es la sobria y humana literatura.
García Márquez se lee a sí mismo. Con el pretexto de contarnos su autobiografía y la saga de esa familia atrincherada en un Macondo que los vuelve extranjeros en su propia tierra, nos habla de literatura.
Sabe que sólo gracias a ella la realidad se torna comprensible; la pobreza, menos dura, y "el miedo a la oscuridad, anterior a nuestro ser". Lo que importa es el "cómo" de quien las dice. En este caso, quien las vivió hasta el fondo y sólo necesitó un poco menos de cien años para decírnoslas. He aquí el don impagable de la creación y el modo como se forjó un gran escritor.
(c) LA GACETA
Juan Gustavo Cobo Borda - Escritor y diplomático colombiano, ex director del Instituto Colombiano de Cultura, ex agregado cultural de la embajada de Colombia en la Argentina. Su último libro es La musa inclemente (Tusquets, Barcelona, 2001).
Desengañando a su padre y a su madre y, en definitiva, a una familia de once hermanos que habían apostado sus precarios recursos a la falaz lotería del título universitario como inversión garantizada en el hijo mayor, su último libro ("Vivir para contarla") cuestiona mitos y seduce, en ocasiones, con sus artes de hechicero fabulador. Pero entre la memoria de su tribu y la crónica cultural de su formación como escritor hay un desnivel estilístico que sólo sus novelas resolvieron con plenitud.
El currículum del creador
Bachillerato completo y bien calificado en un internado oficial; dos años y unos meses de derecho caótico, periodismo empírico: tal es el estricto currículum del colombiano más universal. Esto le permitió ahondar con más amplitud e intensidad en el conocimiento de sí mismo y de nuestra realidad.Lo indeclinable de su vocación voraz se situaba en un entorno donde todos aplauden al hipotético alevín de escritor, pero nada objetivamente contribuye a su realización. En aquel entonces no había ni por asomo retribución económica alguna que garantizase su posible subsistencia como tal.
Carente de una industria editorial, la cátedra o el periodismo podrían ser los sucedáneos más socorridos; pero sólo dieciocho meses, encerrado a cal y canto, en México, mientras su mujer empeña todos los objetos de valor, concedieron el tiempo necesario para que la novela frustrada de sus inicios, "La casa", se convirtiera por fin en "Cien años de soledad" (1967), cuando tenía casi cuarenta años de edad.
Ella es en definitiva la que ahora le da derecho a hablar y a reconstruir los primeros treinta años de su vida sobre las coordenadas básicas de familia y formación. A ellos añade, como telón de fondo, un repaso elemental de la historia de Colombia.
¿Qué es ficción? ¿Qué es realidad?
Al margen de cualquier otra consideración, "Vivir para contarla" ("Norma", Bogotá, 2002) es el exhaustivo recuento literario de cómo un muchacho lector de Aracataca se vuelve un gran escritor. Sólo tenebrosos, sagaces lectores, llegan a ser recursivos escritores.
Podemos aludir a su rigor y a la firmeza de su ego; podemos mencionar su innata capacidad para soñar lo real y escuchar el murmullo del mundo o los mecanismos compensatorios con que traspone metafóricamente la esquemática realidad. Podemos rastrear su paulatina adquisición de una postura política, de izquierda socialista. Podemos, por cierto, comprender su conciencia de clase a partir de los traumas, desaires y humillaciones que la pobreza inflige y que este libro, psicoanálisis doloroso de sí mismo, reconstruye con una entereza aún mayor si calibramos su legendaria timidez.
O podemos celebrar, sin reticencias, el milagro mayor: cómo la literatura transforma el mundo y ya nada será igual.
Así, al parecer, lo entienden millones de personas en el mundo entero, que co-participan de su angustia trascendida gracias a la forma como la volvió ficción y ahora la desmonta, en apariencia, para devolvérnosla como realidad.
La buena narrativa recrea el desequilibrio del mundo, al esclarecer lo inerte y propugnar versiones alternativas de los opacos hechos. Pero esta luz que denuncia y consuela sólo fija su foco luego de infinitas aleaciones.
"El adolescente que llega a esa prisión sombría llamada Bogotá no era sólo el costeño" despreocupado, informal y auténtico sino el novicio de las letras que aspira a recibir las órdenes sagradas. El doctor Adolfo Gómez le regala "El doble", de Dostoievski, y le asigna la beca para Zipaquira. El poeta Carlos Martín, el deleite inagotable de descubrir a Alfonso Reyes o pasear por "La vida maravillosa de los libros", de Jorge Zalamea. Gustavo Ibarra, los dramaturgos griegos, y me pregunto quién "La peste", de Camus, la más actual de las novelas colombianas, con su acuciante pregunta acerca de la responsabilidad individual en una catástrofe colectiva que sólo despeja ese informe redactado por el Dr. Rieux. No son los antibióticos los que cercan al bacilo: es la sobria y humana literatura.
García Márquez se lee a sí mismo. Con el pretexto de contarnos su autobiografía y la saga de esa familia atrincherada en un Macondo que los vuelve extranjeros en su propia tierra, nos habla de literatura.
Sabe que sólo gracias a ella la realidad se torna comprensible; la pobreza, menos dura, y "el miedo a la oscuridad, anterior a nuestro ser". Lo que importa es el "cómo" de quien las dice. En este caso, quien las vivió hasta el fondo y sólo necesitó un poco menos de cien años para decírnoslas. He aquí el don impagable de la creación y el modo como se forjó un gran escritor.
(c) LA GACETA
Juan Gustavo Cobo Borda - Escritor y diplomático colombiano, ex director del Instituto Colombiano de Cultura, ex agregado cultural de la embajada de Colombia en la Argentina. Su último libro es La musa inclemente (Tusquets, Barcelona, 2001).







