06 Abril 2003 Seguir en 

Una vez, a propósito de César Mermet, que había fallecido, Jorge Luis Borges -a quien los amigos de Mermet le pedimos un prólogo para una edición póstuma- escribió genialmente: "Mermet era mucho más que un buen poeta; Mermet era un poeta". Esta "salida" de Borges lleva a pensar, como el presente libro de María Malusardi, acerca de qué es la poesía.
Etimológicamente, para los griegos, "poesía" alude simplemente a "algo hecho", en verso o no. A esa actividad de "hacer" se la puede considerar, como Platón, inferior a determinada realidad, o superior a ella, como los románticos. La discusión sobre la naturaleza de la poesía remite, entre muchas otras cuestiones que no vienen al caso, a lo que puede denominarse un estándar "mimético". Abandonado este a mediados del siglo XIX, la verdad poética se convirtió entonces en "verdad dramática" (Cleanth Brooks) y por fin, en la expresión de Archibald MacLeish, "Un poema no debe significar / Sino ser". Que es otro modo de decir lo que expresó Borges a propósito de César Mermet. Y que cabría parafrasear literalmente con relación a la autora de la carta de Vermeer: María Malusardi es, ante todo, una poeta. Sustantivamente. Más que adjetivamente. Su poesía, precisamente -al menos en La carta de Vermeer- no parece significar sino ser.
Los poemas que integran este libro, en su mayor parte (y en el sentido convencional del término) son, en efecto, herméticos. Hay excepciones. Los agrupados bajo el título de "peligros", dotados de una eficacia y de una expresividad extraordinarias. Y hasta tal punto que, interpelando lo anteriormente expuesto, el lector sospecha, al compararlos con el resto de los poemas, que la autora debería confiar más en la significabilidad de los poemas.
Aquella que, sin alterar su carácter alusivo, está presente en textos como este: "Un desorden de viento / somos lluvia / mujeres desde misiles / los pechos / estallan / la boca del bebé: campo de vejación / piel / envoltorio de cardos / a que renunciamos para no querernos tanto".
En su más reciente poemario, María Malusardi da cuenta de una sonoridad, un temblor y una lucidez ubicados más allá de lo verbal, como si su impronta poética estuviera dada no por las palabras sino entre ellas. También implícita, indirectamente, su poesía participa de esa cadencia íntima y a la vez solidaria a que alude su discurso externo, con frecuentes referencias musicales, literarias, plásticas y sin excluir la circunstancia histórica.
"La carta de Vermeer" viene, sin duda, a confirmar el mérito de una escritora joven -nacida en Buenos Aires en 1966- indudablemente reconocida. Tanto por su obra poética, a partir de los poemarios Payaso Rojo y El accidente, como por sus cuentos, entre los que "Trío suspendido" y "Tinta roja" fueron premiados y publicados por Ediciones Desde la Gente.
(c) LA GACETA
Etimológicamente, para los griegos, "poesía" alude simplemente a "algo hecho", en verso o no. A esa actividad de "hacer" se la puede considerar, como Platón, inferior a determinada realidad, o superior a ella, como los románticos. La discusión sobre la naturaleza de la poesía remite, entre muchas otras cuestiones que no vienen al caso, a lo que puede denominarse un estándar "mimético". Abandonado este a mediados del siglo XIX, la verdad poética se convirtió entonces en "verdad dramática" (Cleanth Brooks) y por fin, en la expresión de Archibald MacLeish, "Un poema no debe significar / Sino ser". Que es otro modo de decir lo que expresó Borges a propósito de César Mermet. Y que cabría parafrasear literalmente con relación a la autora de la carta de Vermeer: María Malusardi es, ante todo, una poeta. Sustantivamente. Más que adjetivamente. Su poesía, precisamente -al menos en La carta de Vermeer- no parece significar sino ser.
Los poemas que integran este libro, en su mayor parte (y en el sentido convencional del término) son, en efecto, herméticos. Hay excepciones. Los agrupados bajo el título de "peligros", dotados de una eficacia y de una expresividad extraordinarias. Y hasta tal punto que, interpelando lo anteriormente expuesto, el lector sospecha, al compararlos con el resto de los poemas, que la autora debería confiar más en la significabilidad de los poemas.
Aquella que, sin alterar su carácter alusivo, está presente en textos como este: "Un desorden de viento / somos lluvia / mujeres desde misiles / los pechos / estallan / la boca del bebé: campo de vejación / piel / envoltorio de cardos / a que renunciamos para no querernos tanto".
En su más reciente poemario, María Malusardi da cuenta de una sonoridad, un temblor y una lucidez ubicados más allá de lo verbal, como si su impronta poética estuviera dada no por las palabras sino entre ellas. También implícita, indirectamente, su poesía participa de esa cadencia íntima y a la vez solidaria a que alude su discurso externo, con frecuentes referencias musicales, literarias, plásticas y sin excluir la circunstancia histórica.
"La carta de Vermeer" viene, sin duda, a confirmar el mérito de una escritora joven -nacida en Buenos Aires en 1966- indudablemente reconocida. Tanto por su obra poética, a partir de los poemarios Payaso Rojo y El accidente, como por sus cuentos, entre los que "Trío suspendido" y "Tinta roja" fueron premiados y publicados por Ediciones Desde la Gente.
(c) LA GACETA







