Ganó el Nobel pero perdió el impulso originario

Texto soporífero, innecesariamente extenso, con demasiados circunloquios.

06 Abril 2003
"¿Cómo saber quiénes somos? ¿En qué consiste la identidad? ¿Qué nos define como personas individuales y únicas?", reza la contratapa de la última novela de José Saramago. El premio Nobel suele buscar en sus libros un equilibrio entre lo literario y lo filosófico, como el que alcanzó magistralmente Dostoievski. En más de una ocasión el escritor portugués sostuvo que quizás él no sea un verdadero novelista, sino "un ensayista que por el hecho de no saber escribir ensayos no tiene más remedio que dedicarse a la novela".
En "El hombre duplicado", como en toda novela, hay argumento y personajes. La trama: un profesor de historia, Tertuliano Máximo Afonso, descubre, en una película que alquila en un videoclub, la existencia de un hombre idéntico a él (es uno de los personajes secundarios del film, que ni siquiera aparece en los créditos).
Este actor de reparto es su copia exacta: tiene sus mismos ojos, su misma nariz, sus mismas cicatrices, su misma expresión. El profesor emprende una larga y ardua búsqueda de su sosías y finalmente lo encuentra en su misma ciudad. Este encuentro, postergado por la tediosa narración de la búsqueda de Afonso, podría dar pie a las profundas reflexiones sobre la identidad que nos promete la contratapa. Pero es, precisamente, aquí donde Saramago nos defrauda. Me defrauda a mí, mejor dicho, porque los cientos de miles de lectores que colocan a los libros del escritor portugués en las listas de best sellers, probablemente, no sientan lo mismo. Es posible, también, que la supuesta "infalibilidad" de la Academia Sueca sumada a una efectiva campaña de marketing cuente más que el análisis crítico.
Creo que "El año de la muerte de Ricardo Reis" y "El evangelio según Jesucristo" son dos excelentes novelas; que "Ensayo sobre la ceguera" y "Todos los nombres" son muy buenas. Pero eso no permite canonizar a un autor y a su obra "in totum". Las últimas dos novelas de Saramago, que publicó después de recibir el Nobel, "La caverna" y la que aquí comentamos, no se acercan a la calidad de sus mejores libros. Son soporíferas, innecesariamente extensas, con demasiados circunloquios y reflexiones triviales.
Yo ensayaría una versión alternativa de la definición que Saramago elabora para calificarse a sí mismo. Es un novelista que por el hecho de haber ganado el Nobel ha perdido el impulso originario y no tiene más remedio que escribir libros como "El hombre duplicado".

(c) LA GACETA

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