29 Diciembre 2002 Seguir en 

De Juan José Sebreli se puede decir cualquier cosa menos que es un divulgador de lugares comunes. Más bien todo lo contrario: develó los deseos imaginarios del peronismo -no precisamente democráticos-, derribó el mito de Evita y, últimamente, arremetió contra el fútbol y contra las vanguardias artísticas del siglo XX (como maquinaria para la manipulación de las masas en el primer caso y como efectivos asedios a la modernidad en el segundo caso). Ahora fue por toda la historia argentina. Y, como no podía ser de otra manera, no dejó títere con cabeza a partir de una atrevida interpretación de los hechos que voltea las grandes vacas sagradas de la versión clásica de la historia, enseñada en la escuela, transmitida por la tradición y soldada en el bronce de las plazas.
Así, por ejemplo, del tan alabado Juan Bautista Alberdi -arquitecto de la Constitución Nacional- dice que fue sólo liberal en lo económico, porque en lo político propuso gobiernos autoritarios ("monarquías disfrazadas de república").
Afirma que la denostada década infame (años 30) fue una década brillante (Antonio Di Tomasso, Federico Pinedo y Raúl Prebisch sientan las bases del modelo social que luego explotaría el peronismo), sólo oscurecida por el fraude electoral. Rompe con la versión de que el radicalismo nació como una religión cívica enamorada de la democracia, causa por la cual Hipólito Yrigoyen sufre el primer golpe militar. Por el contrario, asevera que el desdén por las formas republicanas (fueron intervenidas 20 provincias, 15 de ellas por decreto, no a través de una ley del Congreso), la concepción de la UCR como un movimiento -más que un simple partido- equiparable a la nación misma y la atracción de Yrigoyen por las conspiraciones -tradición que perfeccionarían los radicales en las décadas siguientes- propiciaron el clima para el quiebre institucional, que la UCR no pudo restablecer porque ya había perdido autoridad moral. También minimiza la visión del peronismo como un hecho inédito y particular de la historia argentina.
En efecto, lo muestra como un intento de totalitarismo que quedó a mitad de camino y que, para colmo, fue intentado tardíamente cuando los fascismos ya habían caído en toda Europa.
Asimismo, lejos de quienes ven a Arturo Frondizi como a un intelectual modernizador frustrado por la inestabilidad institucional, sostiene que fue un bluff político, una suerte de peronismo sin Perón, sin obreros, calculador y frío, por ende sin la carga melodramática, "oscurantista y reaccionaria" de aquel movimiento.
Pero lo verdaderamente interesante de este libro, más allá del papel desmitificador -este tiene más que ver con ese afán provocador de Sebreli-, es la línea interpretativa que sugiere para releer la historia argentina. Los padres fundadores (léase las generaciones del 37 y, sobre todo, la del 80), en los hechos, no fueron capaces de llevar sus convicciones hasta las últimas consecuencias, para construir una verdadera república, con instituciones sólidas y perdurables.
En el camino, dando espacio a los enemigos de la democracia, permitieron que se armara una sociedad corporativa, excluyente, reaccionaria, militarizada y casada con un sola religión. Es interesante ver cómo, por afinidades sociales y de clase, el espíritu liberal convivía con el autoritario y nacionalista en un extraño maridaje.
Este, a lo largo del siglo XX, parió sucesivos proyectos empeñados por reducir la dinámica y heterogénea sociedad humana a una comunidad organizada, sin tensiones sociales, bajo el cobijo de un todopoderoso Estado sostenido, a su vez, en la Iglesia y en el Ejército. Por ello, Sebreli entiende que el peronismo del 45, lejos de significar una ruptura con todo lo anterior, resulta ser "la profundización del asistencialismo paternalista del conservadurismo populista imbuido de la doctrina social de la Iglesia durante los últimos años del régimen oligárquico, actualizado con métodos más dinámicos y autoritarios provenientes de la experiencia mussoliniana".
Aunque se define como marxista -muy heterodoxo por cierto-, Sebreli lamenta parcamente a lo largo del libro que la burguesía ilustrada no haya podido levantar un sistema liberal en serio, con un Estado separado de la sociedad civil, con instituciones sólidas e impermeables a los manejos feudales y con partidos representativos de las diferentes tendencias ideológicas.
Por ello, ve a Raúl Alfonsín y a Carlos Menem como a dos modernizadores (de las instituciones en el primer caso y de la economía, en el segundo), que ubicaron a la UCR y el PJ en el papel de partidos que pueden alternarse democráticamente en el poder, sin soslayarse recíprocamente. He allí la razón de que defienda el valor institucional del Pacto de Olivos y de que hoy advierta que el discurso antipolítico de quienes golpean las cacerolas y piden que se vayan todos "se parece demasiado a los ataques a la partidocracia de los golpistas de otros tiempos".
Es Sebreli, el hereje de siempre. Hay que leerlo, aunque sea para rebatirlo.
(c) LA GACETA
Así, por ejemplo, del tan alabado Juan Bautista Alberdi -arquitecto de la Constitución Nacional- dice que fue sólo liberal en lo económico, porque en lo político propuso gobiernos autoritarios ("monarquías disfrazadas de república").
Afirma que la denostada década infame (años 30) fue una década brillante (Antonio Di Tomasso, Federico Pinedo y Raúl Prebisch sientan las bases del modelo social que luego explotaría el peronismo), sólo oscurecida por el fraude electoral. Rompe con la versión de que el radicalismo nació como una religión cívica enamorada de la democracia, causa por la cual Hipólito Yrigoyen sufre el primer golpe militar. Por el contrario, asevera que el desdén por las formas republicanas (fueron intervenidas 20 provincias, 15 de ellas por decreto, no a través de una ley del Congreso), la concepción de la UCR como un movimiento -más que un simple partido- equiparable a la nación misma y la atracción de Yrigoyen por las conspiraciones -tradición que perfeccionarían los radicales en las décadas siguientes- propiciaron el clima para el quiebre institucional, que la UCR no pudo restablecer porque ya había perdido autoridad moral. También minimiza la visión del peronismo como un hecho inédito y particular de la historia argentina.
En efecto, lo muestra como un intento de totalitarismo que quedó a mitad de camino y que, para colmo, fue intentado tardíamente cuando los fascismos ya habían caído en toda Europa.
Asimismo, lejos de quienes ven a Arturo Frondizi como a un intelectual modernizador frustrado por la inestabilidad institucional, sostiene que fue un bluff político, una suerte de peronismo sin Perón, sin obreros, calculador y frío, por ende sin la carga melodramática, "oscurantista y reaccionaria" de aquel movimiento.
Pero lo verdaderamente interesante de este libro, más allá del papel desmitificador -este tiene más que ver con ese afán provocador de Sebreli-, es la línea interpretativa que sugiere para releer la historia argentina. Los padres fundadores (léase las generaciones del 37 y, sobre todo, la del 80), en los hechos, no fueron capaces de llevar sus convicciones hasta las últimas consecuencias, para construir una verdadera república, con instituciones sólidas y perdurables.
En el camino, dando espacio a los enemigos de la democracia, permitieron que se armara una sociedad corporativa, excluyente, reaccionaria, militarizada y casada con un sola religión. Es interesante ver cómo, por afinidades sociales y de clase, el espíritu liberal convivía con el autoritario y nacionalista en un extraño maridaje.
Este, a lo largo del siglo XX, parió sucesivos proyectos empeñados por reducir la dinámica y heterogénea sociedad humana a una comunidad organizada, sin tensiones sociales, bajo el cobijo de un todopoderoso Estado sostenido, a su vez, en la Iglesia y en el Ejército. Por ello, Sebreli entiende que el peronismo del 45, lejos de significar una ruptura con todo lo anterior, resulta ser "la profundización del asistencialismo paternalista del conservadurismo populista imbuido de la doctrina social de la Iglesia durante los últimos años del régimen oligárquico, actualizado con métodos más dinámicos y autoritarios provenientes de la experiencia mussoliniana".
Aunque se define como marxista -muy heterodoxo por cierto-, Sebreli lamenta parcamente a lo largo del libro que la burguesía ilustrada no haya podido levantar un sistema liberal en serio, con un Estado separado de la sociedad civil, con instituciones sólidas e impermeables a los manejos feudales y con partidos representativos de las diferentes tendencias ideológicas.
Por ello, ve a Raúl Alfonsín y a Carlos Menem como a dos modernizadores (de las instituciones en el primer caso y de la economía, en el segundo), que ubicaron a la UCR y el PJ en el papel de partidos que pueden alternarse democráticamente en el poder, sin soslayarse recíprocamente. He allí la razón de que defienda el valor institucional del Pacto de Olivos y de que hoy advierta que el discurso antipolítico de quienes golpean las cacerolas y piden que se vayan todos "se parece demasiado a los ataques a la partidocracia de los golpistas de otros tiempos".
Es Sebreli, el hereje de siempre. Hay que leerlo, aunque sea para rebatirlo.
(c) LA GACETA







