09 Junio 2002 Seguir en 

Este hermoso libro de la escritora chilena Malú Sierra es el primer volumen de una trilogía titulada Todo es altar. Le sigue Mapuche, la gente de la Tierra, ya publicada por la editorial Sudamericana, y está en preparación Rapa Nui, los hijos del Mar.
El deseo de conocer las raíces de su pueblo lleva a la autora a realizar largos y peligrosos viajes a través de la cordillera de los Andes. Las poblaciones aymaras generalmente no bajan de los 3.000 metros.
Pero hay también un elemento misterioso en el comienzo de la travesía. Cuenta la autora: "Durante mucho tiempo había puesto atención en mis sueños... Soñé que estaba en la cordillera, al borde de un acantilado, comenzando a atravesar por un puente colgante, en medio de una tempestad desatada. En el otro extremo del puente una india hacía esfuerzos por caminar en el vacío, al mismo tiempo que me alargaba algo envuelto en papel de diario. Tienes que llevarme mi guagua, me decía, o, al contrario morirá". En este sueño ve Malú Sierra un arquetipo que surge del inconsciente colectivo: una madre que entrega su hijo alimentado con letras de imprenta para no morir.
Esa imagen reaparece en muchas pastoras que va encontrando en sus viajes. La primera es Rosa Rosalía Castro que apacienta su ganado a 4.000 metros de altura en Timalchaca, un pueblo que no aparece en el mapa, y que todas las noches va a prender una vela a la Virgen de los Remedios. Vive sola, pero todos los años se encuentra no solamente con su familia y sus vecinos sino con una multitud que va llegando desde los pueblos vecinos para celebrar la fiesta de la Virgen. Al tercer día la oficia un sacerdote irlandés, bastante comprensivo. Pero ya antes se habían hecho las ofrendas a la Pachamama y los sacrificios de animales en rituales semejantes a los del Antiguo Testamento.
Según la autora, este sincretismo religioso tuvo origen en la necesidad de ocultar o al menos de disimular los ritos ancestrales, pero con el correr del tiempo quedaron definitivamente incluidos. Pero más tardíamente llegaron a Chile otras formas del cristianismo, pentecostales o evangelistas, que prohíben a sus fieles participar en sus antiguos rituales.
Los indígenas del Altiplano chileno son aymaras puros, una de las etnias más antiguas de América. Ellos recuerdan, sin embargo, sus lugares más sagrados: Tihuanaco y la Isla del Sol en el lago Titicaca. Según la tradición, de allí partió la pareja primigenia que, milagrosamente, por un mandato de Viracocha, se instaló en Cuzco, dando origen al Imperio de los Incas ("confederación de pueblos", lo llama la autora).
La cosmovisión aymara es sumamente interesante. El universo es una gran armonía creada por la Divinidad. Pero, como toda armonía, necesita la presencia de los contrarios y la necesidad de una mediación. Por ejemplo, en el plano humano, el hombre y la mujer son distintos pero el acto de amor es su mediación, de modo tal que la pareja constituye la base de la sociedad. En el plano sobrenatural, Inti, el Sol, es la expresión más brillante en el Cielo de la presencia divina; en la Tierra, está la Pachamama, la gran Diosa madre que alimenta y da vida a sus hijos. Inti y Pachamama son dos caras de Dios.
Todos somos parte de un mismo cosmos, constituidos por los mismos materiales, pero en distintos grados de evolución, la materia inerte, la vida, la conciencia, por eso todos somos dignos de respeto: los cerros, los sembrados, las vicuñas y los hombres. También los muertos forman parte de ese cosmos, están con sus pueblos y deben ser escuchados, porque los antiguos han visto más y más saben. Ellos han cruzado una línea que los vivos aún no conocemos.
El tiempo avanza en forma de espiral, cada quinientos años se produce el pachakuti, momento de crisis donde no sólo aparece lo nuevo sino que vuelve lo antiguo. Ya han pasado quinientos años de la llegada de los europeos a América, hecho trágico para las culturas indígenas. Ahora, según todos los líderes indígenas que entrevista Malú Sierra, hay nuevas esperanzas para sus pueblos.
¿Estas antiguas civilizaciones tienen algo que decirnos a nosotros?, se pregunta la autora y responde afirmativamente. Es evidente que el cuidado y la protección de la naturaleza, el respeto por las distintas formas de vida, la solidaridad que implican instituciones como el ayllu y la menkha, la contracción al trabajo, la admisión de lo diverso en un país de origen multirracial, la sensibilidad para lo religioso y, sobre todo la esperanza de que la crisis no nos lleve necesariamente al caos, son cuestiones que dan que pensar en la hora actual de la Argentina.
(c) LA GACETA
El deseo de conocer las raíces de su pueblo lleva a la autora a realizar largos y peligrosos viajes a través de la cordillera de los Andes. Las poblaciones aymaras generalmente no bajan de los 3.000 metros.
Pero hay también un elemento misterioso en el comienzo de la travesía. Cuenta la autora: "Durante mucho tiempo había puesto atención en mis sueños... Soñé que estaba en la cordillera, al borde de un acantilado, comenzando a atravesar por un puente colgante, en medio de una tempestad desatada. En el otro extremo del puente una india hacía esfuerzos por caminar en el vacío, al mismo tiempo que me alargaba algo envuelto en papel de diario. Tienes que llevarme mi guagua, me decía, o, al contrario morirá". En este sueño ve Malú Sierra un arquetipo que surge del inconsciente colectivo: una madre que entrega su hijo alimentado con letras de imprenta para no morir.
Esa imagen reaparece en muchas pastoras que va encontrando en sus viajes. La primera es Rosa Rosalía Castro que apacienta su ganado a 4.000 metros de altura en Timalchaca, un pueblo que no aparece en el mapa, y que todas las noches va a prender una vela a la Virgen de los Remedios. Vive sola, pero todos los años se encuentra no solamente con su familia y sus vecinos sino con una multitud que va llegando desde los pueblos vecinos para celebrar la fiesta de la Virgen. Al tercer día la oficia un sacerdote irlandés, bastante comprensivo. Pero ya antes se habían hecho las ofrendas a la Pachamama y los sacrificios de animales en rituales semejantes a los del Antiguo Testamento.
Según la autora, este sincretismo religioso tuvo origen en la necesidad de ocultar o al menos de disimular los ritos ancestrales, pero con el correr del tiempo quedaron definitivamente incluidos. Pero más tardíamente llegaron a Chile otras formas del cristianismo, pentecostales o evangelistas, que prohíben a sus fieles participar en sus antiguos rituales.
Los indígenas del Altiplano chileno son aymaras puros, una de las etnias más antiguas de América. Ellos recuerdan, sin embargo, sus lugares más sagrados: Tihuanaco y la Isla del Sol en el lago Titicaca. Según la tradición, de allí partió la pareja primigenia que, milagrosamente, por un mandato de Viracocha, se instaló en Cuzco, dando origen al Imperio de los Incas ("confederación de pueblos", lo llama la autora).
La cosmovisión aymara es sumamente interesante. El universo es una gran armonía creada por la Divinidad. Pero, como toda armonía, necesita la presencia de los contrarios y la necesidad de una mediación. Por ejemplo, en el plano humano, el hombre y la mujer son distintos pero el acto de amor es su mediación, de modo tal que la pareja constituye la base de la sociedad. En el plano sobrenatural, Inti, el Sol, es la expresión más brillante en el Cielo de la presencia divina; en la Tierra, está la Pachamama, la gran Diosa madre que alimenta y da vida a sus hijos. Inti y Pachamama son dos caras de Dios.
Todos somos parte de un mismo cosmos, constituidos por los mismos materiales, pero en distintos grados de evolución, la materia inerte, la vida, la conciencia, por eso todos somos dignos de respeto: los cerros, los sembrados, las vicuñas y los hombres. También los muertos forman parte de ese cosmos, están con sus pueblos y deben ser escuchados, porque los antiguos han visto más y más saben. Ellos han cruzado una línea que los vivos aún no conocemos.
El tiempo avanza en forma de espiral, cada quinientos años se produce el pachakuti, momento de crisis donde no sólo aparece lo nuevo sino que vuelve lo antiguo. Ya han pasado quinientos años de la llegada de los europeos a América, hecho trágico para las culturas indígenas. Ahora, según todos los líderes indígenas que entrevista Malú Sierra, hay nuevas esperanzas para sus pueblos.
¿Estas antiguas civilizaciones tienen algo que decirnos a nosotros?, se pregunta la autora y responde afirmativamente. Es evidente que el cuidado y la protección de la naturaleza, el respeto por las distintas formas de vida, la solidaridad que implican instituciones como el ayllu y la menkha, la contracción al trabajo, la admisión de lo diverso en un país de origen multirracial, la sensibilidad para lo religioso y, sobre todo la esperanza de que la crisis no nos lleve necesariamente al caos, son cuestiones que dan que pensar en la hora actual de la Argentina.
(c) LA GACETA
Lo más popular







