09 Junio 2002 Seguir en 

Gerard Chaliand, profesor de las universidades norteamericanas de Harvard y Berkeley y Jean-Pierre Ragueau, egresado de la francesa "Ecole Nationale des Langues Orientales", condensan, a través de cuarenta mapas de Catherine Petit, la historia de los imperios, desde el antiguo Egipto hasta la ex Unión Soviética.
Esos mapas, acompañados de textos breves que los explican, determinan su ubicación geográfica, sus zonas de influencia y expansión, los movimientos de poblaciones y desplazamientos de fronteras, las guerras de conquista, las exploraciones y los descubrimientos.
La denominación "imperio" describe la dominación por un estado de otros estados, cuyos orígenes étnicos y religiosos suelen ser distintos de los de la potencia dominante. Los imperios llevan la guerra a los confines militares, establecen, en su apogeo, una paz más o menos efímera, defendiendo después sus conquistas hasta su derrumbe, casi siempre por decadencia interna.
Pocos fueron los grandes imperios de la Antigüedad, Egipto, Babilonia, Asiria. Recién en el siglo VI surge el Imperio Aqueménida que dura dos siglos y medio. España, con un puñado de hombres, derribó los imperios azteca e inca, originando una migración que hizo de América una tierra sellada por las culturas europeas. "A los nómades de la estepa suceden los nómades de la miseria" dice B. Mangin. En general, los imperios duran de uno a cuatro siglos, sólo el bizantino se acerca al milenio.
Los conceptos de "cultura" y "civilización" de mayor riqueza significativa que el de "imperio" y cierta sinonimia entre sí, describen además del devenir histórico político el de las instituciones, costumbres y relaciones sociológicas y económicas. Se ha propuesto llamar "cultura" al progreso social y "civilización" al desarrollo material. Ambos términos se usan indistintamente.
El desarrollo de las culturas fue expuesto, con cierta complacencia poética, por considerarlas organismos vivos, por Oswald Spengler en "La decadencia de Occidente", escrita durante la Primera Guerra Mundial. Con mayor trascendencia, Arnold J. Toynbee estudia, en cambio, las civilizaciones, en los cerca de 20 tomos de su monumental "Estudio de la historia" y F.S.C. Nortroph en su "Encuentro de Oriente y Occidente".
Tanto Spengler como Toynbee consideran que esas áreas históricas, las culturas o las civilizaciones, constituyen la categoría óptima de comprensibilidad de la historia. Los mapas de este volumen configuran áreas que los autores llaman imperios y apuntan más bien a la expansión de las potencias y las luchas de sus ejércitos. Estos son los brazos armados de concepciones, mucho más amplias, las culturas o las civilizaciones.
Según los autores, la concepción de estado-nación de la Revolución Francesa eliminó la idea del imperio territorial, siendo el último el soviético, desaparecido en 1991. Al percibir sólo formas agresivas de dominación entre los estados, los mapas en cuestión y sus textos explicativos tienen la tendencia a destacar las operaciones militares y no los campos ideológicos subyacentes, error que origina conclusiones disparatadas, como la de que actualmente no hay más imperios, pero siguen existiendo imperialismos.
Los mapas, fáciles de leer, son menos completos, sin embargo, que los de los atlas de Colin McEvedy, referidos a la Historia Antigua, a la de la Edad Media, a la Historia Moderna y a la de los siglos XIX y XX, publicados por la Penguin Books con traducción francesa de Laffont.
De cita obligada es la obra más importante en este tipo de publicación, el "Atlas Histórico Mundial" del historiador francés Georges Duby, cuya notable amplitud (320 mapas) refleja la actualidad que, como asevera este autor "se ilustra con lo que la ha precedido". Caprichosa y ocurrente cita, en cambio, es esta de Borges: "El desorden de ritos, de recuerdos, de inhibiciones, de aptitudes y de hábitos que integran la cultura occidental."
Esta otra cita borgeana es más pertinente: "En Grecia, donde cada hombre se definía por su ciudad (Zenón de Elea), los estoicos se declararon cosmopolitas. Debemos ser dignos de ese antiguo propósito. Se justificarían así los imperios que abarcaron dilatados territorios y serían acaso el camino hacia una ciudadanía planetaria".
Las observaciones expuestas no invalidan la utilidad de la obra cuyos propósitos, eminentemente didácticos, se cumplen con creces. El libro trata apropiadamente el estudio de los imperios, desde el Egipto antiguo hasta el Imperio Soviético en su apogeo (1955-1980). Y su cartografía focaliza con claridad lo que es importante y lo que no lo es ilustrando en forma apropiada las proposiciones de los autores. Es un libro práctico, bien realizado y moderno desde el punto de vista gráfico, que presenta incuestionable interés para el lector curioso, el estudiante y el investigador.
(c) LA GACETA
Esos mapas, acompañados de textos breves que los explican, determinan su ubicación geográfica, sus zonas de influencia y expansión, los movimientos de poblaciones y desplazamientos de fronteras, las guerras de conquista, las exploraciones y los descubrimientos.
La denominación "imperio" describe la dominación por un estado de otros estados, cuyos orígenes étnicos y religiosos suelen ser distintos de los de la potencia dominante. Los imperios llevan la guerra a los confines militares, establecen, en su apogeo, una paz más o menos efímera, defendiendo después sus conquistas hasta su derrumbe, casi siempre por decadencia interna.
Pocos fueron los grandes imperios de la Antigüedad, Egipto, Babilonia, Asiria. Recién en el siglo VI surge el Imperio Aqueménida que dura dos siglos y medio. España, con un puñado de hombres, derribó los imperios azteca e inca, originando una migración que hizo de América una tierra sellada por las culturas europeas. "A los nómades de la estepa suceden los nómades de la miseria" dice B. Mangin. En general, los imperios duran de uno a cuatro siglos, sólo el bizantino se acerca al milenio.
Los conceptos de "cultura" y "civilización" de mayor riqueza significativa que el de "imperio" y cierta sinonimia entre sí, describen además del devenir histórico político el de las instituciones, costumbres y relaciones sociológicas y económicas. Se ha propuesto llamar "cultura" al progreso social y "civilización" al desarrollo material. Ambos términos se usan indistintamente.
El desarrollo de las culturas fue expuesto, con cierta complacencia poética, por considerarlas organismos vivos, por Oswald Spengler en "La decadencia de Occidente", escrita durante la Primera Guerra Mundial. Con mayor trascendencia, Arnold J. Toynbee estudia, en cambio, las civilizaciones, en los cerca de 20 tomos de su monumental "Estudio de la historia" y F.S.C. Nortroph en su "Encuentro de Oriente y Occidente".
Tanto Spengler como Toynbee consideran que esas áreas históricas, las culturas o las civilizaciones, constituyen la categoría óptima de comprensibilidad de la historia. Los mapas de este volumen configuran áreas que los autores llaman imperios y apuntan más bien a la expansión de las potencias y las luchas de sus ejércitos. Estos son los brazos armados de concepciones, mucho más amplias, las culturas o las civilizaciones.
Según los autores, la concepción de estado-nación de la Revolución Francesa eliminó la idea del imperio territorial, siendo el último el soviético, desaparecido en 1991. Al percibir sólo formas agresivas de dominación entre los estados, los mapas en cuestión y sus textos explicativos tienen la tendencia a destacar las operaciones militares y no los campos ideológicos subyacentes, error que origina conclusiones disparatadas, como la de que actualmente no hay más imperios, pero siguen existiendo imperialismos.
Los mapas, fáciles de leer, son menos completos, sin embargo, que los de los atlas de Colin McEvedy, referidos a la Historia Antigua, a la de la Edad Media, a la Historia Moderna y a la de los siglos XIX y XX, publicados por la Penguin Books con traducción francesa de Laffont.
De cita obligada es la obra más importante en este tipo de publicación, el "Atlas Histórico Mundial" del historiador francés Georges Duby, cuya notable amplitud (320 mapas) refleja la actualidad que, como asevera este autor "se ilustra con lo que la ha precedido". Caprichosa y ocurrente cita, en cambio, es esta de Borges: "El desorden de ritos, de recuerdos, de inhibiciones, de aptitudes y de hábitos que integran la cultura occidental."
Esta otra cita borgeana es más pertinente: "En Grecia, donde cada hombre se definía por su ciudad (Zenón de Elea), los estoicos se declararon cosmopolitas. Debemos ser dignos de ese antiguo propósito. Se justificarían así los imperios que abarcaron dilatados territorios y serían acaso el camino hacia una ciudadanía planetaria".
Las observaciones expuestas no invalidan la utilidad de la obra cuyos propósitos, eminentemente didácticos, se cumplen con creces. El libro trata apropiadamente el estudio de los imperios, desde el Egipto antiguo hasta el Imperio Soviético en su apogeo (1955-1980). Y su cartografía focaliza con claridad lo que es importante y lo que no lo es ilustrando en forma apropiada las proposiciones de los autores. Es un libro práctico, bien realizado y moderno desde el punto de vista gráfico, que presenta incuestionable interés para el lector curioso, el estudiante y el investigador.
(c) LA GACETA
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