Tres grupos de textos ingleses de Fernando Pessoa

Páginas recuperadas, aptas para encararlas con devoción y con prevención.

09 Junio 2002
Es probable que poco hubiera importado a Fernando Pessoa (1888-1935), quien solía ahondar en su personalidad contradiciéndose casi de inmediato, franca o elusivamente, que sus preocupaciones del momento cambiaran de sentido en el contexto de otras épocas. ¿Cómo iba a poder imaginarse lineal, definitivo, explícito, quien hizo o vio hacerse en sí mismo no uno sino varios creadores plenos y diferentes, los heterónimos, de personalidades y obras tan complejas como diferentes?
Para algún desprevenido, las palabras que abren este volumen: "Me propongo examinar el problema de la celebridad", podrían confundirse quizá con la ineludiblemente fugaz audiencia que hoy otorgan los grandes medios masivos de nuestra sociedad del espectáculo, tan superficial y efímera como sus paradigmas. Pero apenas unas líneas después constatará que eran otros, en realidad antípodas, los parámetros de Pessoa: "La celebridad es la aceptación de que un hombre o un grupo de hombres son de alguna manera valiosos para la humanidad".
No era Pessoa un hombre capaz de deslumbrarse por resonancias fáciles ("Sé un periodista o sé un artista. Busca el éxito inmediato o la vida eterna"). Para probarlo, baste una anécdota, en este caso personal. Cuando Aldo Pellegrini, en 1961, me encargó lo que sería la primera traducción al castellano de los cuatro heterónimos de Fernando Pessoa, pero también su publicación inicial en América Latina, recuerdo muy bien lo arduo que fue obtener los derechos. Como si sus herederos se avergonzaran de aquel extraño desconocido, cuya vida fue lo más anónima posible, recluyendo bajo la humilde apariencia de corresponsal extranjero de casas comerciales la gestación de su "drama en gente", la múltiple y fecundísima obra de pensamiento y creación que lo poblaba.
Unos diez años después la situación cambiaba de raíz. Su renombre, primero legítimo y secreto, se hacía más y más público, hasta convertirlo en lo que Adolfo Casais Monteiro había intuido ya en 1958: "El más universal y el más portugués de los poetas de este siglo". Y una de las consecuencias más notables de semejante canonización fue que, a partir de entonces, del legendario baúl donde dormían los papeles inéditos, tantas veces incompletos y dispersos, de quien en vida sólo había publicado un título en su idioma: Mensagem, el entusiasmo fraterno y la pasión editorial harían surgir uno tras otro libros y libros de Pessoa, provenientes a veces de algún proyecto suyo más o menos coordinado pero también, en otras ocasiones, debidos al criterio de cada compilador.
Así, el volumen que nos ocupa reúne tres grupos de textos escritos en inglés (el otro idioma de infancia de Pessoa), que han sido articulados y prologados por Richard Zenith. Sería comprensible imaginar que la inquietud por la inmortalidad, aunque en él aluda como vimos a criterios estéticos de alta exigencia, resultaba algo usual para quien por un lado se ocultaba bajo tareas prosaicas y por otro aludía a la necesidad de coronar un "super-Camoens", entonces inimaginable y luego increíblemente concretado. Pero para ello sería necesario olvidar no sólo la índole tantas veces oculta si es que no hermética de las preocupaciones más hondas de Pessoa, un creador de integridad ejemplar, sino que él mismo dejó sus propias opiniones al respecto, aunque tantas veces aparentemente contradictorias en realidad iluminadoras de una verdad más amplia, siempre cambiante, siempre creciente, porque decididamente humanísima nunca tampoco absolutamente definitiva: "El único destino noble de un escritor al que se publica es no tener la celebridad que se merece. Pero el verdadero destino noble es el del escritor al que no se publica".
En estas páginas, entonces, recuperadas de Pessoa, que deberíamos encarar a la vez con devoción y prevención (cosa que intuyo no le disgustaría), podemos verlo plantarse sin desmedro ante los grandes: "El caso de Robert Burns... es el ejemplo de genio ficticio", "Swinburne pensaba como no podía y el desastre venía al decirlo", "El cuervo, un poema no demasiado notable, digámoslo", "En Milton hay muy poca acción", "Shakespeare es el ejemplo de un gran genio y un gran ingenio asociados a un talento insuficiente", al mismo tiempo que, parangonándolo con Whitman, imaginaba que en el versificador popular brasileño Catulo da Paixão Cearense "está toda América Latina". Si es capaz de desnudarse hasta más allá de sí mismo: "No soy un místico, porque un místico es un hombre cuyos sentimientos se han verificado en su intelecto. No soy eso, pero soy algo de ese tipo sin serlo", también logra iluminar a fondo las más agudas experiencias estéticas: "La literatura es la forma intelectual de dejar de lado todas las otras artes. Un poema, que es un cuadro musical de ideas...". Sin olvidar, incluso, la lucidez metafísica: "El hecho asombroso -el único hecho real- de que las cosas existen, de que cualquier cosa existe, de que el ser existe, es el soplo que anima todas las artes". O aludir a su época con la misma lucidez con que predice genialmente la nuestra: "El esfuerzo continuado que requiere producir incluso un pequeño poema bueno excede la incapacidad constructiva, la mezquindad del entendimiento, la futilidad de la sinceridad y la desordenada pobreza de imaginación que caracterizan a nuestros tiempos".
Con la rica ambigüedad de los fragmentos presocráticos, estos textos piden ser releídos, como incitaciones seductoramente contradictorias a ejercer nuestra propia inteligencia, nuestra propia integridad. Que en él puede surgir desde los aparentemente meros problemas profesionales, en realidad deletéreos, y que hoy nos pareciera ver groseramente amplificados: "Por un lado hay demasiada gente que escribe, que dibuja y que maltrata el arte de distintas maneras. Esto genera confusión. Por el otro lado, esta verdadera multitud de artistas hace de la publicidad y de la autoafirmación del más bajo nivel una defensa contra la oscuridad". O prodigarse en opiniones sociales, de claridad contradictoria: "No hay ningún argumento sociológico definitivo contra la esclavitud. De hecho, el único argumento es que es un crimen, y ese es el argumento sociológico definitivo". Y la sorprendente irrupción del más corrosivo humor negro: "Cada nación tendrá sus grandes libros fundamentales y una o dos antologías del resto. La competencia entre los muertos es más terrible que la competencia entre los vivos; los muertos son más". Pessoa sigue siendo, como se ve, felizmente inagotable. (Tradujo Santiago Llach).

(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios