02 Junio 2002 Seguir en 

Hay, dice Aristóteles, un movimiento que lleva las cosas hacia su lugar natural (pues cada elemento, no siendo impedido, se mueve hacia su esfera), pero hay un movimiento que las aleja de su lugar natural. Este último se llama violencia. Como la física aristotélica es una física cualitativa, la definición es irreprochable.
Un filósofo de nuestros días, Jean-Luc Nancy (1940), profesor en Estrasburgo, retoma a su modo la tesitura aristotélica y da un ejemplo simple: extraer de una madera un tornillo rebelde con una tenaza y no con lubricante y destornillador.Quien así procede no trabaja en la dirección inmanente al tornillo y a la madera, sino que arranca el tornillo y la madera queda, en ese lugar, inservible. (Revista Humbold, 2001, Nº 133).
La violencia se burla de los nexos causales y de la conjunción de fuerzas orientadas a lo que el griego llama telos, esto es, propósito o finalidad.En rigor, al acto violento no le importa el efecto, destruye lo que toca y le arrebata su forma y su finalidad. La forma aristotélica es aquello que hace que un ente sea lo que es.
Entonces el objeto que padece violencia es un objeto para ser aniquilado. La violencia se niega a insertarse en una totalidad con sentido y, así, desprecia el ámbito de lo "com-posible"; sólo se sacia en lo "im-posible". Su triunfo reside en que cuando ella es, nada diferente de ella puede ser.
Por eso su naturaleza es su propio difuminarse en lluvia de átomos de ignorancia y voluntad ciega, es estúpida. No por falta de inteligencia, sino por ausencia de pensamiento. Odia el pensamiento.
También odia el juego, porque el juego supone relaciones, pausas, complicidades; en una palabra: reglas. Las reglas implican cooperación, y cooperación de lo diferente, o sea necesidad de lo otro. La violencia nada quiere saber de lo otro, vive de sí misma, es autosuficiente. O también: necesita de lo otro, sí, mas para arrebatarle el ser.
¿Y el violento? ¿Qué ansía el violento? Estallar en su propio estallido, ser uno con su resultado. Y ya tampoco es fuerza, sino pura intensidad, el cumplimiento de cuyo único acto consiste en seguir estallando durante toda la eternidad. Y dice Nancy: la violencia no sirve a la verdad, ella misma quiere ser la verdad, sus golpes aniquiladores engendran la verdad.
Salta al primer plano un aspecto ontológico insoslayable: ¿acaso no es cierto que a veces la verdad nace desconstruyendo un orden, dislocando una estructura? El sistema de Copérnico disloca el sistema de Ptolomeo y, en cierto sentido, le hace violencia al desplazarlo. Los padres obligan al niño a ir a la escuela, haciendo violencia sobre la espontaneidad infantil.
A este punto llegado, Nancy diferencia entre la violencia de la verdad y la verdad de la violencia; la primera es violenta en la medida en que es verdadera, la segunda es verdadera sólo en la medida en que es violenta.
Confiesa Nancy la horrible ambigüedad como inherente a la violencia e intenta salir al aire puro señalando que la verdad desencadena la violencia y al hacerlo la incluye. Pero esto dice poco.
Me pregunto entonces si a la verdad le cabe valerse de la violencia, sobre la base de que la violencia sería un medio legitimado por la verdad.
No. La violencia de la verdad es la violencia que la verdad podría, a lo sumo, descubrir en su seno como problema. Esto enaltece a la verdad. Se enaltece a la verdad cuando hay un árbitro, la razón, mejor aún, la razón dialógica, como pide la ética discursiva. Muestra el límite. Y el ser de la verdad emerge, diáfano, como libertad.
La verdad de la violencia, en cambio, es la verdad que la violencia, meramente por saberse violenta, impone. Esto disuelve la verdad. Se disuelve la verdad cuando no hay árbitro o hay un pseudo árbitro, la voluntad de poderío, despreciadora de todo límite, como hicieron y hacen los totalitarismos de nuestra época.
La ausencia de límite, propia de la violencia, aunque seductora al comienzo, acaba por aherrojar la libertad.
Y sin límite no hay ser humano.
(c) LA GACETA
Un filósofo de nuestros días, Jean-Luc Nancy (1940), profesor en Estrasburgo, retoma a su modo la tesitura aristotélica y da un ejemplo simple: extraer de una madera un tornillo rebelde con una tenaza y no con lubricante y destornillador.Quien así procede no trabaja en la dirección inmanente al tornillo y a la madera, sino que arranca el tornillo y la madera queda, en ese lugar, inservible. (Revista Humbold, 2001, Nº 133).
La violencia se burla de los nexos causales y de la conjunción de fuerzas orientadas a lo que el griego llama telos, esto es, propósito o finalidad.En rigor, al acto violento no le importa el efecto, destruye lo que toca y le arrebata su forma y su finalidad. La forma aristotélica es aquello que hace que un ente sea lo que es.
Entonces el objeto que padece violencia es un objeto para ser aniquilado. La violencia se niega a insertarse en una totalidad con sentido y, así, desprecia el ámbito de lo "com-posible"; sólo se sacia en lo "im-posible". Su triunfo reside en que cuando ella es, nada diferente de ella puede ser.
Por eso su naturaleza es su propio difuminarse en lluvia de átomos de ignorancia y voluntad ciega, es estúpida. No por falta de inteligencia, sino por ausencia de pensamiento. Odia el pensamiento.
También odia el juego, porque el juego supone relaciones, pausas, complicidades; en una palabra: reglas. Las reglas implican cooperación, y cooperación de lo diferente, o sea necesidad de lo otro. La violencia nada quiere saber de lo otro, vive de sí misma, es autosuficiente. O también: necesita de lo otro, sí, mas para arrebatarle el ser.
¿Y el violento? ¿Qué ansía el violento? Estallar en su propio estallido, ser uno con su resultado. Y ya tampoco es fuerza, sino pura intensidad, el cumplimiento de cuyo único acto consiste en seguir estallando durante toda la eternidad. Y dice Nancy: la violencia no sirve a la verdad, ella misma quiere ser la verdad, sus golpes aniquiladores engendran la verdad.
Salta al primer plano un aspecto ontológico insoslayable: ¿acaso no es cierto que a veces la verdad nace desconstruyendo un orden, dislocando una estructura? El sistema de Copérnico disloca el sistema de Ptolomeo y, en cierto sentido, le hace violencia al desplazarlo. Los padres obligan al niño a ir a la escuela, haciendo violencia sobre la espontaneidad infantil.
A este punto llegado, Nancy diferencia entre la violencia de la verdad y la verdad de la violencia; la primera es violenta en la medida en que es verdadera, la segunda es verdadera sólo en la medida en que es violenta.
Confiesa Nancy la horrible ambigüedad como inherente a la violencia e intenta salir al aire puro señalando que la verdad desencadena la violencia y al hacerlo la incluye. Pero esto dice poco.
Me pregunto entonces si a la verdad le cabe valerse de la violencia, sobre la base de que la violencia sería un medio legitimado por la verdad.
No. La violencia de la verdad es la violencia que la verdad podría, a lo sumo, descubrir en su seno como problema. Esto enaltece a la verdad. Se enaltece a la verdad cuando hay un árbitro, la razón, mejor aún, la razón dialógica, como pide la ética discursiva. Muestra el límite. Y el ser de la verdad emerge, diáfano, como libertad.
La verdad de la violencia, en cambio, es la verdad que la violencia, meramente por saberse violenta, impone. Esto disuelve la verdad. Se disuelve la verdad cuando no hay árbitro o hay un pseudo árbitro, la voluntad de poderío, despreciadora de todo límite, como hicieron y hacen los totalitarismos de nuestra época.
La ausencia de límite, propia de la violencia, aunque seductora al comienzo, acaba por aherrojar la libertad.
Y sin límite no hay ser humano.
(c) LA GACETA
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