De los opuestos (y viceversa)

Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

02 Junio 2002
Lo primero que deberá hacer, Enrique, para lograr cualquier objetivo que se proponga, es intentar todo lo contrario. Fíjese si no, en lo poco que hacen algunos funcionarios para aprender las artes del gobierno y sin embargo en un santiamén son nombrados concejales o ministros. Usted me dirá que se afiliaron a un partido. Pero si por lo menos lo hubiesen hecho como lo hacían antes, que luchaban desde los estrados arengando a la gente en los mítines, desgañitándose para convencerlos de que los votasen, yo le aceptaría en parte su planteo.
Porque uno los veía acalorarse, levantar los brazos o al menos señalar con el dedo índice hacia la lontananza, subrayando en sentido figurado con ese gesto todo aquello que iban a combatir (y que el gobierno de turno había hecho mal) luchando contra molinos de viento, llenos de propuestas constructivas. Y también estaba la expresión del rostro, preclara, exaltada, con la vena del cuello hinchada por la furia declamatoria, que hacía que uno terminase por compadecerse de ellos, al tiempo que nos ilusionaban por un rato como un buen vino, o alguna sustancia prohibida, según dicen. Pero si se anotan en un partido como si fuera un concurso de promociones televisivas o algo así, si todo está mediatizado, entonces será conveniente, Enrique, que vaya pensando en las ventajas de leer El Príncipe, de Maquiavelo. Tendrá que aceptar, además, que si de política se trata, el fin justifica los medios, por lo que usted no podrá hacer nada (salvo durar el tiempo que lo haga su gobierno) por solucionar las cosas, porque según le advertirán, todo está muy difícil. No se le vaya a ocurrir leer las obras sobre política de Aristóteles, ni La República, de Platón. Tampoco El Espíritu de las leyes, de Montesquieu, la Historia de la política en la Argentina o repasar La Constitución, ni releer a Juan Bautista Alberdi. El efecto sería contraproducente. Fíjese en cambio, cómo las vacunas o los sueros previenen o curan enfermedades con las causas que las producen, con los virus y las bacterias, y no con desinfectantes.
También la homeopatía; recuerde su principio "similia similibus curantur", con lo mismo que le hace daño, lo cura. Usted recuerde cómo conquistaba mejor cuando era jovencito, a una chica que le gustaba: si declarándole su amor de una manera meliflua, pesada y acaramelada, o, en cambio, con una pequeña dosis de indiferencia bien administrada y a veces hasta con una pizca de desdén. Y no sea hipócrita al contestar, por favor, Enrique, no se engañe a sí mismo. También se cumple esta aproximación en la economía: si se sacrifica y ahorra dinero, se lo confiscan o a lo mejor queda berreando en una especie de corralito extraño, producto vaya a saber de qué nuevo concepto de la propiedad privada. Si usted en cambio lo gasta todo comprando lo que puede de acuerdo con sus posibilidades, disfrutará de esos bienes sólo por haber hecho lo contrario a lo que enseña la ley universal del ahorro. Piense en que a la hora a la que habitualmente dormimos, la mayor parte de la población del mundo, afincada en Asia, Europa o Africa está despierta, y viceversa. Cuando aquí es invierno, en todo el hemisferio norte es verano. Y viceversa. Si es docente y quiere que hagan silencio sus alumnos, grite.
Y viceversa: si quiere que hablen, quédese callado. Si trata de lograr un aumento de sueldo no se le ocurra insinuarlo, siquiera, más vale demuestre que no lo necesita y a lo mejor lo logra. Si tiene ganas de llorar, ría. Y viceversa: si tiene ganas de reír, trate de llorar, por favor. Quizás le pido demasiado, no sé, pero de esa forma, valorará mejor los motivos que lo impulsan a reír. Y un último consejo, Enrique, piense de mí lo peor. De esa forma, quién sabe un día, valore el esfuerzo que estoy haciendo en este momento por usted, yéndome con su mujer, con el amor de su vida, escapándome, dirá usted quizá impulsivamente en un primer momento, antes de leer esta carta esclarecedora que seguramente lo tranquilizará, porque sabrá que yo, al igual que los gobiernos, lo hago todo por su bien.

(c) LA GACETA

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