02 Junio 2002 Seguir en 

Que la universidad es una institución en crisis no es novedad. El diagnóstico del autor se centra en la incompetencia de nuestras universidades para "hacerse cargo del violento reto al que estamos siendo sometidos por el desarrollo a pasos agigantados del mundo virtual" (p. 108).
Acepta que "la globalización no es -como muchos creen- una nueva ideología sino el nuevo modo de ser y circular de las cosas" (p. 79). A su juicio, hubo un cambio de mirada sobre el mundo: este aparece hoy "abierto", esto es, no detenido en una significación única sino pronto a cambiar de sentido.
La universidad tradicional (su estilo de hacer clases, de dividir los conocimientos en profesiones nítidamente diferenciadas, de tomar exámenes o rendir culto a bibliografías consagradas, por ejemplo) nos habituó a un sentido único de verdad, desconociendo esa versatilidad proteica del mundo para ser abierto por la mirada creadora. El estudiante nuevo, para acoger con éxito los desafíos de la globalización, ha de actuar como un "surfista" (siempre en equilibrio precario sobre un mundo errante) en contraposición al "cochero" de la envejecida universidad que tenemos (cochero que cuenta con un mapa, sabe adónde se dirige, cree tener bajo control lo real pero no está preparado para lo imprevisto). En suma, debemos pasar del modelo humano que se cree conductor de los acontecimientos al que se siente cabalgador de estos.
La propuesta del autor para reformar las universidades, en consecuencia, está centrada en atacar dos vicios centrales: el espíritu burocrático-municipal (conservación de los cargos de los profesores sin evaluar su desempeño) y el alumno "cautivo" (obligado a seguir currículos rígidos, sin opciones orientadas por sus intereses).
En buenas cuentas, a introducir la competitividad, la eficiencia y la libertad en las cátedras universitarias; a rediseñar sus "ofertas" de habilidades más que de profesiones.
El esquema liberal de la nueva universidad está moderado en el autor por el supuesto social de un ingreso a la universidad "que no dependa del dinero sino de la idoneidad" (p. 110).
Todo esto se sabe. Con seguridad lo sabía Sócrates hace unos 2.500 años. ¿Pero desde dónde ha de generarse el cambio necesario? ¿Acaso nuestra dirigencia universitaria -enamorada de sus hábitos burocráticos al punto de olvidar que es una institución académica lo que tiene entre manos- no participa de la común ceguera de la dirigencia política respecto de los cambios que está exigiendo la comunidad argentina?
(c) LA GACETA
Acepta que "la globalización no es -como muchos creen- una nueva ideología sino el nuevo modo de ser y circular de las cosas" (p. 79). A su juicio, hubo un cambio de mirada sobre el mundo: este aparece hoy "abierto", esto es, no detenido en una significación única sino pronto a cambiar de sentido.
La universidad tradicional (su estilo de hacer clases, de dividir los conocimientos en profesiones nítidamente diferenciadas, de tomar exámenes o rendir culto a bibliografías consagradas, por ejemplo) nos habituó a un sentido único de verdad, desconociendo esa versatilidad proteica del mundo para ser abierto por la mirada creadora. El estudiante nuevo, para acoger con éxito los desafíos de la globalización, ha de actuar como un "surfista" (siempre en equilibrio precario sobre un mundo errante) en contraposición al "cochero" de la envejecida universidad que tenemos (cochero que cuenta con un mapa, sabe adónde se dirige, cree tener bajo control lo real pero no está preparado para lo imprevisto). En suma, debemos pasar del modelo humano que se cree conductor de los acontecimientos al que se siente cabalgador de estos.
La propuesta del autor para reformar las universidades, en consecuencia, está centrada en atacar dos vicios centrales: el espíritu burocrático-municipal (conservación de los cargos de los profesores sin evaluar su desempeño) y el alumno "cautivo" (obligado a seguir currículos rígidos, sin opciones orientadas por sus intereses).
En buenas cuentas, a introducir la competitividad, la eficiencia y la libertad en las cátedras universitarias; a rediseñar sus "ofertas" de habilidades más que de profesiones.
El esquema liberal de la nueva universidad está moderado en el autor por el supuesto social de un ingreso a la universidad "que no dependa del dinero sino de la idoneidad" (p. 110).
Todo esto se sabe. Con seguridad lo sabía Sócrates hace unos 2.500 años. ¿Pero desde dónde ha de generarse el cambio necesario? ¿Acaso nuestra dirigencia universitaria -enamorada de sus hábitos burocráticos al punto de olvidar que es una institución académica lo que tiene entre manos- no participa de la común ceguera de la dirigencia política respecto de los cambios que está exigiendo la comunidad argentina?
(c) LA GACETA
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