02 Junio 2002 Seguir en 

Como si no resultara suficiente saberlo tan arraigado desde siempre en la provincia que hizo suya por pasión y devoción, como si en estos tiempos de estruendoso parloteo mediático no fuera bastante el discreto silencio que lo honra, la digna solidez de su entereza artística y humana, el poeta jujeño Néstor Groppa (Laborde, 1928) vuelve a prodigarnos un nuevo volumen -en este caso el cuarto, correspondiente a 1974- de esta cálida serie (una historia afectiva de la provincia, al decir del autor).
Donde viene reuniendo aquellos humanísimos y casi siempre límpidos textos que los lectores veían aparecer puntualmente, cada domingo, casi como un milagro reiterado, como un acto de fe libremente compartido, en columnas de letra menuda y humildemente señaladas, al final, apenas con la sola inicial en minúscula de su apellido, desde la página literaria del diario Pregón, de San Salvador de Jujuy, que había sido fundada por él mismo en 1968.
De algún modo también auténtica poesía de circunstancias, ese supuesto arte menor en el cual descollaron sin embargo, por ejemplo, nada menos que autores como Stéphane Mallarmé o Manuel Bandeira, por citar sólo algunos, aquí la palabra de Groppa se despliega en su propio dominio, íntimo y general, participando al mismo tiempo de la crónica y del poema, del cuadro de costumbres y el diario personal. Pero poniendo en todo su propia marca, su huella intensa y honda, no sólo porque se permite dejarse decir sino, también, dejarse ser, dejarse compartir: Ya no quedaban lejanías. / Y el resto del mundo, tampoco existía. / Todos, todos éramos uno.
Entrañables y amenos, elaborados sin artificio alguno, con tocante inocencia, con aire natural de transeúnte o de vecino, de memoria a memoria, estos textos se logran en una escritura muchas veces tersa y casi siempre noble, donde se respira con donaire y con soltura la gracia y el encanto del lenguaje auténticamente popular, no mediatizado (como perros lanudos y bambacos, / ocasiones dañinos). Y donde se respira también, sin caer nunca, para nada, en los resbaladizos abismos del pintoresquismo o la retórica, la vida misma de la capital jujeña, sus gentes y sus cielos, sus flores y sus voces, sus dichas y quebrantos.
Ofrecidas sobre todo, especialmente, con nivel fraternal pero exigente, sin componendas y sin guiños, a sus más sencillos y humildes habitantes, que las protagonizan sin habérselo propuesto en absoluto, con la misma honesta frescura de la vida abierta para todos, de la calle, en la calle, estas palabras por lo general generosas y eficaces (retablillos / de colores que llamen a vivir), nos devuelven también por supuesto el temple y el tono de un escritor raigalmente argentino. (Un don que se completa con su tradicional respeto enamorado por el objeto libro, que también en esta edición se ennoblece con un diseño original y cuidado, con una cubierta bellamente ilustrada con fotos del autor, y con el añadido de inefables avisos, muchos de demoledora inocencia, intercalados con gracia a lo largo de todo el volumen, como si la rica voz anónima del pueblo también tuviera su parte en el conjunto).
(c) LA GACETA
Donde viene reuniendo aquellos humanísimos y casi siempre límpidos textos que los lectores veían aparecer puntualmente, cada domingo, casi como un milagro reiterado, como un acto de fe libremente compartido, en columnas de letra menuda y humildemente señaladas, al final, apenas con la sola inicial en minúscula de su apellido, desde la página literaria del diario Pregón, de San Salvador de Jujuy, que había sido fundada por él mismo en 1968.
De algún modo también auténtica poesía de circunstancias, ese supuesto arte menor en el cual descollaron sin embargo, por ejemplo, nada menos que autores como Stéphane Mallarmé o Manuel Bandeira, por citar sólo algunos, aquí la palabra de Groppa se despliega en su propio dominio, íntimo y general, participando al mismo tiempo de la crónica y del poema, del cuadro de costumbres y el diario personal. Pero poniendo en todo su propia marca, su huella intensa y honda, no sólo porque se permite dejarse decir sino, también, dejarse ser, dejarse compartir: Ya no quedaban lejanías. / Y el resto del mundo, tampoco existía. / Todos, todos éramos uno.
Entrañables y amenos, elaborados sin artificio alguno, con tocante inocencia, con aire natural de transeúnte o de vecino, de memoria a memoria, estos textos se logran en una escritura muchas veces tersa y casi siempre noble, donde se respira con donaire y con soltura la gracia y el encanto del lenguaje auténticamente popular, no mediatizado (como perros lanudos y bambacos, / ocasiones dañinos). Y donde se respira también, sin caer nunca, para nada, en los resbaladizos abismos del pintoresquismo o la retórica, la vida misma de la capital jujeña, sus gentes y sus cielos, sus flores y sus voces, sus dichas y quebrantos.
Ofrecidas sobre todo, especialmente, con nivel fraternal pero exigente, sin componendas y sin guiños, a sus más sencillos y humildes habitantes, que las protagonizan sin habérselo propuesto en absoluto, con la misma honesta frescura de la vida abierta para todos, de la calle, en la calle, estas palabras por lo general generosas y eficaces (retablillos / de colores que llamen a vivir), nos devuelven también por supuesto el temple y el tono de un escritor raigalmente argentino. (Un don que se completa con su tradicional respeto enamorado por el objeto libro, que también en esta edición se ennoblece con un diseño original y cuidado, con una cubierta bellamente ilustrada con fotos del autor, y con el añadido de inefables avisos, muchos de demoledora inocencia, intercalados con gracia a lo largo de todo el volumen, como si la rica voz anónima del pueblo también tuviera su parte en el conjunto).
(c) LA GACETA
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