02 Junio 2002 Seguir en 

Es casi un milagro que en medio de la crisis estructural que tiene lugar en la Argentina, la Editorial Universitaria de Tucumán, que dirige la profesora Alba Omil, haya publicado la traducción de Fedra, de Racine, en versos castellanos de Ricardo Casterán (1).
En esta nota no voy a hacer la crítica de dicha publicación. Basta con leer el prólogo erudito de la obra cuya autora es la profesora Irma Biojout de Azar. En cambio contaré la historia de dicha traducción, historia de la que fui testigo y cuyos avatares se prolongaron por más de cuarenta años.
Cuando Ricardo Casterán regresó de Francia después de haber cumplido con una beca, que le permitió ganar en la Sorbona su Summa cum laudes, trajo un disco. Era la grabación de Fedra realizada para el sello La Pleiade por los miembros de la Comedia Francesa: Marie Bell (Fedra), Maurice Escande (Teseo), André Falcón (Hipólito), Jean Chevrier (Teramenes), Mony Dalmès (Aricia) y Louise Conte (Enona). Ese disco, escuchado tantas veces por alumnos y amigos de Casterán, fue la chispa que encendió la idea de una posible traducción castellana. Ya en el año 60, cuando fue invitado al Congreso de Lieja, una de cuyas sesiones presidió, presentó allí su ponencia Las relaciones de la sintaxis y la versificación en Fedra; el traductor había avanzado en su cometido y varios de sus amigos pudimos escuchar de viva voz parte de su versión castellana. Consciente de las dificultades, la traducción crecía lentamente. El traductor sabía las diferencias existentes entre los ritmos y la fonética francesa y española como bien lo reveló la polémica que sostuvo en estas páginas con Manuel Mujica Láinez, autor de otra versión de la obra de Racine. Para Casterán, aunque su trabajo estaba completo, no estaba terminado. Hasta último momento corrigió y estoy seguro de que en vida se habría opuesto tenazmente a su publicación, como lo revela la carpeta que me regaló en agosto de 1993 y cuya dedicatoria dice: "A Julio y Ana Ardiles Gray con mucho y viejo cariño (y no menos vergüenza) este frustrado, imposible empeño". La carpeta incluía la traducción llena de tachaduras, angustiosas correcciones además de todas las notas que sobre el tema había publicado en LA GACETA como si no quisiera desprenderse de los sonoros versos alejandrinos.
Casterán fue un enamorado del Gran Siglo. Decía que la gran literatura francesa había sido escrita desde el reinado de Luis XIV hasta la centuria siguiente. Afirmaba ignorar todo lo que se había escrito después aunque su amor por Paul Valéry desmentía tales afirmaciones. Una prueba de que deseaba permanecer en la época que amaba era su casa. Allí el tiempo parecía haberse detenido en ese pasado como en un cuento de Bioy Casares. Abundaban los objetos más raros y heterogéneos, como una cama china de laca y la napoleónica con baldaquino además de los muebles heredados de sus antepasados, muchos de ellos de maderas exóticas. Fue un gran trabajador solitario, como lo fueron en Tucumán, Miguel Lillo o Alberto Rougés, quienes calaron hondo en la cultura nacional. También fue un innegable poeta, como lo revelan sus sonetos de una extraña perfección publicados en esta sección literaria y lo cual le permitió trasvasar con sutileza y gran lirismo los versos de Fedra y confirmar una vez más la aseveración de que sólo un poeta puede traducir a otro poeta.
Muchos me dirán ¿qué interés hay en editar una obra de teatro del siglo XVII en un momento en que todo se derrumba en la Argentina? Con ese criterio los monjes que salvaron de los bárbaros, en los comienzos de la Edad Media, los textos fundamentales de Occidente deberían haber atendido las llamadas "coyunturas" del momento. Racine habla no sólo para su época sino para todas. Habla de las pasiones que vencen al ser humano por su falta de fe. Pero habla encerrado en su lengua. La traducción de Casterán al borrar las fronteras lingüísticas abre esa poesía a más de 300 millones que hablamos castellano. No sólo el público de Tucumán podrá escuchar y ver esos conflictos humanos sino que todos los hispanoparlantes tendrán el mismo acceso. Racine ahora habla para todo un mundo nuevo a partir de una ciudad marginal de un país marginal, es decir: habla en nuestra lengua.
(c) LA GACETA
1) La versión castellana de Fedra de Ricardo Casterán puede solicitarse a Ediciones del Rectorado, Universidad Nacional de Tucumán, calle Ayacucho 444, oficina 2, San Miguel de Tucumán (CP 4000) o al correo electrónico albomil@unt.edu.ar
En esta nota no voy a hacer la crítica de dicha publicación. Basta con leer el prólogo erudito de la obra cuya autora es la profesora Irma Biojout de Azar. En cambio contaré la historia de dicha traducción, historia de la que fui testigo y cuyos avatares se prolongaron por más de cuarenta años.
Cuando Ricardo Casterán regresó de Francia después de haber cumplido con una beca, que le permitió ganar en la Sorbona su Summa cum laudes, trajo un disco. Era la grabación de Fedra realizada para el sello La Pleiade por los miembros de la Comedia Francesa: Marie Bell (Fedra), Maurice Escande (Teseo), André Falcón (Hipólito), Jean Chevrier (Teramenes), Mony Dalmès (Aricia) y Louise Conte (Enona). Ese disco, escuchado tantas veces por alumnos y amigos de Casterán, fue la chispa que encendió la idea de una posible traducción castellana. Ya en el año 60, cuando fue invitado al Congreso de Lieja, una de cuyas sesiones presidió, presentó allí su ponencia Las relaciones de la sintaxis y la versificación en Fedra; el traductor había avanzado en su cometido y varios de sus amigos pudimos escuchar de viva voz parte de su versión castellana. Consciente de las dificultades, la traducción crecía lentamente. El traductor sabía las diferencias existentes entre los ritmos y la fonética francesa y española como bien lo reveló la polémica que sostuvo en estas páginas con Manuel Mujica Láinez, autor de otra versión de la obra de Racine. Para Casterán, aunque su trabajo estaba completo, no estaba terminado. Hasta último momento corrigió y estoy seguro de que en vida se habría opuesto tenazmente a su publicación, como lo revela la carpeta que me regaló en agosto de 1993 y cuya dedicatoria dice: "A Julio y Ana Ardiles Gray con mucho y viejo cariño (y no menos vergüenza) este frustrado, imposible empeño". La carpeta incluía la traducción llena de tachaduras, angustiosas correcciones además de todas las notas que sobre el tema había publicado en LA GACETA como si no quisiera desprenderse de los sonoros versos alejandrinos.
Casterán fue un enamorado del Gran Siglo. Decía que la gran literatura francesa había sido escrita desde el reinado de Luis XIV hasta la centuria siguiente. Afirmaba ignorar todo lo que se había escrito después aunque su amor por Paul Valéry desmentía tales afirmaciones. Una prueba de que deseaba permanecer en la época que amaba era su casa. Allí el tiempo parecía haberse detenido en ese pasado como en un cuento de Bioy Casares. Abundaban los objetos más raros y heterogéneos, como una cama china de laca y la napoleónica con baldaquino además de los muebles heredados de sus antepasados, muchos de ellos de maderas exóticas. Fue un gran trabajador solitario, como lo fueron en Tucumán, Miguel Lillo o Alberto Rougés, quienes calaron hondo en la cultura nacional. También fue un innegable poeta, como lo revelan sus sonetos de una extraña perfección publicados en esta sección literaria y lo cual le permitió trasvasar con sutileza y gran lirismo los versos de Fedra y confirmar una vez más la aseveración de que sólo un poeta puede traducir a otro poeta.
Muchos me dirán ¿qué interés hay en editar una obra de teatro del siglo XVII en un momento en que todo se derrumba en la Argentina? Con ese criterio los monjes que salvaron de los bárbaros, en los comienzos de la Edad Media, los textos fundamentales de Occidente deberían haber atendido las llamadas "coyunturas" del momento. Racine habla no sólo para su época sino para todas. Habla de las pasiones que vencen al ser humano por su falta de fe. Pero habla encerrado en su lengua. La traducción de Casterán al borrar las fronteras lingüísticas abre esa poesía a más de 300 millones que hablamos castellano. No sólo el público de Tucumán podrá escuchar y ver esos conflictos humanos sino que todos los hispanoparlantes tendrán el mismo acceso. Racine ahora habla para todo un mundo nuevo a partir de una ciudad marginal de un país marginal, es decir: habla en nuestra lengua.
(c) LA GACETA
1) La versión castellana de Fedra de Ricardo Casterán puede solicitarse a Ediciones del Rectorado, Universidad Nacional de Tucumán, calle Ayacucho 444, oficina 2, San Miguel de Tucumán (CP 4000) o al correo electrónico albomil@unt.edu.ar
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