Difícil confección de un muestrario de la joven poesía argentina

El antologista ha logrado captar lo más estridente de un fenómeno complejo, polifácetico y exuberante.

26 Mayo 2002
En relación con la posibilidad y la lengua de la poesía, con su percepción y expresión, pueden delinearse dos perspectivas elementales, no siempre antagónicas. Cuando la ocasión poética tiene las características de una revelación que suspende e ilumina el sucederse cotidiano, es bastante probable que el lenguaje que da cuenta de ese conocimiento intente elevarse por encima del habla de todos los días. Cuando, por el contrario, le es dado al poeta hallar poesía en todas las realidades de la vida, la ruptura lingüística que suscita el poema ya no responderá a un fundamento de carácter metafísico, sino a una intención abiertamente experimental y política: se originará en la voluntad de cavar, de explorar los más ocultos recovecos del habla corriente. Tal el camino seguido por muchos poetas en las últimas décadas, un camino que la crítica identifica con lo nuevo, con lo renovador.
Situándose en esta segunda perspectiva del hecho estético, el español José Tono Martínez (a cargo, en su momento, de la filial porteña del Instituto de Cooperación Iberoamericana), le encomendó a Arturo Carrera la difícil misión de dar cuenta de lo más nuevo de lo nuevo, de lo más renovador de lo renovador: vale decir, le pidió una antología de la joven poesía argentina.
No cabe duda de que la elección de Martínez fue acertada: pocos podrían disputarle al autor de El vespertillo de las parcas su condición de observador privilegiado de las últimas metamorfosis del espíritu vanguardista. No obstante ello, el mismo Carrera reconoce honestamente en el prólogo del libro que el proyecto tiene mucho de monstruoso: la realidad de la lírica joven actual constituye un fenómeno tan complejo, tan polifacético y exuberante, que desborda de plano todo intento de sistematización. A pesar de algunas importantes ausencias (Battilana, Herrero, Malatesta, Muzzio, Solinas, Vignoli), Monstruos capta mucho del abigarrado panorama poético circundante; entrega, ya que no lo sustancial, sí lo más estridente de su atmósfera.
La sensación de conjunto que produce el libro (que incluye a treinta y seis poetas de entre veintitrés y cuarenta años) es la de encontrarse frente a un grupo de curtidos veteranos que están de vuelta de todas las decepciones que pueden deparar tanto la existencia como la literatura.
Ensayando una rápida clasificación del conjunto, diferenciaría cuatro tipos de poetas: los que tienen opiniones contundentes (Llach, Prieto, Rubio); los que tienen oficio (Dobry, Piro, Raimondi, Saavedra); los que tienen sensibilidad (Arijón, Belloc) y los que han descendido al fondo de una experiencia (Briante, Rodríguez). A la hora de elegir, me quedo con la brutal resonancia de las formas inconclusas de estos últimos.
Escribe escuetamente Marilín Briante en "Zona": "escucho a quienes asisten a los que están en vida. no queda nada sino yo. / haber perdido el deseo de seguir el deseo de caer. me arranco como una / figurita de un álbum muy viejo, el sitio desnudo es la palabra rota. quién / la escuchará ahora que todo hiere en esta forma inconclusa". Con parecida economía expresiva, en un pasaje de su único poema ("Agua negra"), Martín Rodríguez dice: "el sentido de la palabra casa no lo podés / cambiar / la casa en su sentido / de juntarnos, mamá, / es la palabra que no me podés quitar / de adentro, el sentido de la casa / es estar juntos, si / se destruye / lo que queda es agua negra, / el espacio que nos abandonamos. / lo que la casa hizo de nosotros / nos dejó un agujero / lo que la palabra / hizo fue destruir, lo que el sentido / que dimos a la palabra casa / destruyó es lo que une...".
No hay obra perdurable sin conciencia literaria; sin embargo, me parece evidente que el vértice extremo de dicha conciencia (suma de convicciones, gusto, sensibilidad y oficio) sólo arroja resultados atendibles cuando -alejándose del esnobismo y del guiño entre amigos- coincide con una nueva inocencia: una vulnerabilidad capaz de generar una lucidez sobria y apasionada, apta para desentrañar lo irreparablemente oscuro de la experiencia humana, como en el caso de la poesía de Briante y de Rodríguez.
Al leer los poemas de estos autores, uno tiene la sensación de que los conceptos de lo nuevo, lo renovador y lo joven, son categorías ficticias, arbitrarias, oportunistas. La aventura del hombre es siempre la misma: error y desamparo, la tragedia gestándose solapadamente en el interior de una familia, la fatalidad de la poesía -un lamento- sangrando en la desnudez de unas pocas palabras que han borrado de sí toda traza de un designio lúdico o programático.
(c) LA GACETA

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