"Pensar la Argentina"

Por Patricia Pasquali. Para LA GACETA - ROSARIO.

26 Mayo 2002
La Fundación El Libro tuvo este año la feliz idea de reunir en sucesivos paneles a diversos especialistas invitados para analizar los proyectos de país o ideas fuerza que orientaron el rumbo seguido por la República Argentina desde la Revolución de Mayo hasta nuestros días.
Es un axioma que toda interrogación al pasado surge de una motivación actual. Y precisamente la dramática perplejidad en que nos hallamos sumergidos los argentinos a raíz de la grave situación que atravesamos justifica más que nunca que la mirada histórica, inquisitiva por naturaleza, se vuelva hacia nosotros mismos para extraer de esa introspección a través del tiempo reflexiones de intencionalidad correctiva sobre el presente. Es de esperar que ello promueva un enriquecedor debate capaz de concitar el interés de todo ciudadano preocupado por nuestro destino comunitario.
La importancia de esa revisión reside, pues, en que está estrechamente asociada con el difícil trance en el que hoy se encuentra el país. En efecto, a la par que nadie puede dejar de admitir que estamos inmersos en la crisis más profunda de nuestra historia, todo parece indicar que nos hallamos en un verdadero punto de inflexión. Cabe hacer aquí una aclaración esperanzadora: solemos cargar de un exceso de negatividad el concepto de "crisis" sin advertir que, en tanto implica un replanteo de la situación, su desenlace, si en el peor de los casos puede llevar a un ahondamiento del estado de decadencia que nos aflige, también admite la alternativa de un cambio decisorio en sentido positivo.
Si se nos preguntara por cuál de esas opciones nos inclinaríamos desde nuestra particular perspectiva histórica, no dudaríamos en afirmar que creemos altamente factible la segunda salida. Y esto no por ingenuo optimismo, sino porque la misma gravedad de la coyuntura es la que hace prever que no pueda superársela con meros paliativos, intentos gatopardistas o de puro maquillaje. Por el contrario, el llamamiento de la hora parece invitar como nunca a empuñar el bisturí; con calma, cerebralmente, con espíritu tranquilo y sereno, pero con mano firme, para hacer la disección de nuestro cáncer social metiendo el filo hasta el hueso, hasta el alma, no perdonando fibra, por más doloroso que sea, si queremos salvarnos y comenzar a crecer sanamente, recuperar nuestra dignidad como nación y, con ella, la credibilidad perdida.
No en vano existe una sensación creciente de que ha llegado el tiempo de refundar la república, que una larga etapa de progresivo deterioro está culminando y que asistiremos al nacimiento de una nueva Argentina. Pero para que ello acontezca es vital tener en claro qué clase de país queremos, qué condicionamientos tenemos que enfrentar y mantener nuestro espíritu cívico alerta controlando el proceso de gestación.
En general se suele suponer que debemos extraer lecciones del pasado, según la clásica afirmación ciceroniana que concebía a la historia como maestra de la vida. En verdad, resulta simplista concebir que ella debe cumplir el papel pragmático de aportar enseñanzas pedagógico-moralizantes. La historia no debe ser considerada "útil", en el sentido de que puede ser "usada" como un medio para servir a un fin ajeno a ella misma, aunque de hecho ha sido y es común que se la instrumentalice en función de objetivos ideológicos, políticos, comerciales, etc. Sí, en cambio, puede afirmarse que es una ciencia explicativa de carácter aplicado a la formación humana. Y puesto que el conocimiento de la conducta del hombre en sociedad no puede hacerse en un laboratorio, la única forma de inferir el comportamiento social es el de saber cómo ha procedido antes, por lo cual podría sostenerse en forma analógica que la historia dentro de las ciencias sociales asumiría la función de la experimentación entre las ciencias positivas.
Al respecto, es preciso que se comprenda que la historia no es lo que fue, lo que les pasó a otros, y que ya no tiene vigencia, es decir, algo muerto y ajeno; por el contrario es lo que "nos" pasó y que de alguna manera permanece en nosotros. De esta concepción de la historia como algo propio y vivo, que nos constituye y nos afecta, emana la ineludible necesidad de su conocimiento; un conocimiento esencial, que va más allá de la banalidad de satisfacer cierta especie de curiosidad de anticuario o del propósito de entretener por mero pasatiempo, porque implica una noción de pertenencia, la identidad, y es una vía conducente a la solidaridad y a la proyección comunitaria.
Ahora bien, ¿qué nos viene pasando a los argentinos en relación con ese conocimiento histórico? No es una novedad para nadie que actualmente el desconocimiento -cuando no la tergiversación- de la historia alcanza niveles muy preocupantes. Lo más alarmante no es tanto la ignorancia de hechos puntuales, sino la pérdida de la noción de la secuencia temporal, de tal manera que la instalación del hombre común en el mundo histórico es cada vez más deficiente y la consecuencia de ello es no saber dónde se está ni quién se es: la desorientación existencial.
La responsabilidad de esta lamentable deficiencia va desde la escuela -donde la historia ha desaparecido como disciplina autónoma para diluirse en un híbrido denominado "ciencias sociales"- hasta los mismos historiadores, que han acuñado la costumbre de escribir para sus pares, incumpliendo su esencial función social de oficiar de nexo entre la comunidad y su pasado. De tal manera que los ostensibles avances logrados en la reconstrucción histórica por los investigadores profesionales corrieron paralelos al desinterés por hacerlos vigentes y actuantes en la memoria colectiva, asistiéndose así a su progresivo vaciamiento. Y nada resulta más esencial que rescatar esa dimensión de la historia como conciencia sentida por el hombre de estar en el tiempo, ligado a lo que fue y sigue siendo en él; como memoria que le permite descubrir que es en cada momento el resultado completo de lo que ha sido.
A pocos años de cumplirse el bicentenario de la Revolución de Mayo, la creciente declinación que hemos venido padeciendo durante décadas y que nos ha conducido a esta situación terminal nos convoca a realizar un ineludible análisis que se remonte a aquel lejano punto de partida, para comprender adónde hemos llegado o más bien hasta qué punto hemos retrocedido. Por empezar habría que dilucidar si existió un proyecto en la generación de 1810 y en las que la sucedieron; si hubo varios o incluso si se actuó improvisadamente -esto último algo bastante frecuente entre los argentinos-; como asimismo ponderar hasta qué punto estaba madura una conciencia revolucionaria o si la liberación colonial fue la consecuencia de un proceso desencadenado por circunstancias externas (la disolución del Imperio español y la presión de los intereses británicos), que al tornarse adversas en lo sucesivo nos sumieron en una nueva dependencia. Y aun dando por sentado que un sector de la elite dirigente mantuviera la primigenia vocación independizadora y republicana enderezada a la construcción de una sociedad sustentada en el principio de igualdad, será preciso sopesar a cada paso la constante relación dialéctica entre decisión humana y estructura, es decir, la tensión libertad-necesidad y el surgimiento tanto de efectos no previstos como de desviaciones interesadas para explicar la distancia entre aquellas intenciones de los protagonistas y el resultado histórico social objetivo logrado. Muchos otros interrogantes, inferencias, interpretaciones sugerentes emanados del estudio de la evolución histórica argentina pueden contribuir a explicarnos mejor nuestro presente, atendiendo a los procesos de avances y retrocesos, de cambios y permanencias, de conflictos y armonías; lo importante es superar lo anecdótico para rescatar aquellos elementos significantes que nos hagan pensar en la orientación que pretendemos imprimir a nuestro futuro y sus posibilidades de concreción.
Al cumplirse los primeros cien años de la Revolución de Mayo, la Argentina se hallaba excelentemente posicionada entre las naciones del mundo, y ese crecimiento y los magníficos festejos que eran su manifestación externa parecían demostrar el éxito de un modelo conscientemente elegido; sin embargo, en lo sucesivo cada vez se haría más evidente que se acercaba el momento de su agotamiento. La incapacidad demostrada para reformular un proyecto alternativo de país ante la cambiante situación internacional que arrojó similares resultados a lo largo del siglo XX marca una diferenciación notable con respecto a la situación en que nos sorprende la proximidad de 2010: sin duda la "celebración" deberá ser sustituida por la "conmemoración crítica", mientras que desde ya, sin pérdida de tiempo y sin solución de continuidad, debemos trabajar en la reconstrucción institucional sobre la base de la recuperación ética y el protagonismo ciudadano que nos permita superar la involución sufrida.
(c) LA GACETA

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