07 Mayo 2006 Seguir en 
Escritores, artistas y pensadores han coincidido en que una carta es siempre una conversación entre ausentes. A lo largo de las historia, la literatura epistolar no sólo permitió revivir un pasado que vuelve a brillar en el presente sino que, además, dejó plasmada para las nuevas generaciones una forma de concebir la política, la sociedad, el mundo y hasta la vida misma.
"Cuando me pongo a escribir una carta, escribo en ella un artículo. Por esta razón, cuando escribo un artículo, escribo una carta", confesó una vez la argentina Victoria Ocampo. Y es que el escribir epístolas fue siempre una necesidad insoslayable. Hoy, ya no lo es. El correo electrónico y los mensajes de texto han otorgado tanta fluidez a las comunicaciones que ahora es posible intercambiar conceptos básicos en menos de dos minutos, sin tener que esperar una semana para que llegue el cartero. Un gran logro, por cierto. Pero... ¿y la poesía, las confesiones, el retrato de vida, el perfume de lo escrito con sangre, sudor y lágrimas? ¿Y la perennidad de aquello que se dice con tinta y papel? Existe una magia especial en eso de esperar la correspondencia, porque a todo el mundo le gusta recibir una carta. Y aún más si significa la posibilidad de estrechar una amistad duradera y sincera.
Así lo entendió, por ejemplo, Julio Cortázar, quien a lo largo de su vida escribió una gran cantidad de misivas, la mayoría recopiladas en tres tomos que publicó Alfaguara. Todas narradas con ese particular estilo poblado de ludismos lingüísticos. "Esto no es una carta, es una tortuga. Me escribiste el 20 de agosto, y ya ves cuándo te contesto. Pero las tortugas -que son enormísimos cronopios- siempre tienen explicaciones que ellas consideran satisfactorias, y ahí va la mía, que como si fuera poco es verdadera. Enjugo una lágrima y te digo que estoy bastante enfermo, cosa siempre escandalosa entre los cronopios", le escribe Cortázar a su amigo Roberto López. Esta costumbre de escribir cartas reales -las virtuales tienen su propio lenguaje y casi siempre carecen de sentires- no sólo fue cultivada por escritores. La correspondencia entre el pintor Vincent Van Gogh y su hermano Theo se encuentra entre los testimonios más conmovedores de la historia. "Creo -dice Vincent- que nada nos arroja tan a la realidad como un amor verdadero. La mejor manera de conocer a Dios es amar mucho". En su última carta, del 23 de julio de 1890, le dice a Theo: "Querría escribirte sobre muchas cosas, pero en primer lugar se me fueron las ganas, y luego siento que es inútil". Y tenía razón. ¿Para qué iba a escribir? Estaba enfermo del alma y se suicidó tiempo después. Este tipo de arrebato también se puede leer en las epístolas de Pablo, la correspondencia de Oscar Wilde o el correo entre Salvador Dalí y su amada Gala.
Existen también las cartas que casi no tienen palabras pero que comunican un vasto universo de ideas. Tal es el caso de la correspondencia del humorista gráfico Quino, cuya obra de 50 años puede ser admirada en la muestra itinerante que se inauguró el viernes en el Museo Provincial Timoteo Navarro. Cuenta la curadora Julieta Colombo que el genial artista -residente en Europa- sigue enviando sus dibujos a través del correo convencional. "Quino hace copias en papel de los trabajos que se publicarán en Clarín y en LA GACETA y me las envía por correo a Buenos Aires. Eso de hacer todo digital y transmitirlo vía internet no va con él", contó Colombo.
Semejante historia detrás del género epistolar debería entusiasmar a las nuevas generaciones. No sólo porque las cartas dejan un testimonio de nuestro paso por la vida, sino porque pueden ayudar a hijos y a nietos a conocer más de sus antecesores. El género epistolar ya no es el propio de un caballero del siglo XVIII que escribe con puños de encaje a la luz de candelabros. No es ya la obra de una dama que lee la carta y sonríe, tumbada a lo Pompadour junto a un clavicordio abierto. La carta se ve hoy en crisis por el desarrollo de la tecnología. Y nuestra tarea es salir a su rescate .
"Cuando me pongo a escribir una carta, escribo en ella un artículo. Por esta razón, cuando escribo un artículo, escribo una carta", confesó una vez la argentina Victoria Ocampo. Y es que el escribir epístolas fue siempre una necesidad insoslayable. Hoy, ya no lo es. El correo electrónico y los mensajes de texto han otorgado tanta fluidez a las comunicaciones que ahora es posible intercambiar conceptos básicos en menos de dos minutos, sin tener que esperar una semana para que llegue el cartero. Un gran logro, por cierto. Pero... ¿y la poesía, las confesiones, el retrato de vida, el perfume de lo escrito con sangre, sudor y lágrimas? ¿Y la perennidad de aquello que se dice con tinta y papel? Existe una magia especial en eso de esperar la correspondencia, porque a todo el mundo le gusta recibir una carta. Y aún más si significa la posibilidad de estrechar una amistad duradera y sincera.
Así lo entendió, por ejemplo, Julio Cortázar, quien a lo largo de su vida escribió una gran cantidad de misivas, la mayoría recopiladas en tres tomos que publicó Alfaguara. Todas narradas con ese particular estilo poblado de ludismos lingüísticos. "Esto no es una carta, es una tortuga. Me escribiste el 20 de agosto, y ya ves cuándo te contesto. Pero las tortugas -que son enormísimos cronopios- siempre tienen explicaciones que ellas consideran satisfactorias, y ahí va la mía, que como si fuera poco es verdadera. Enjugo una lágrima y te digo que estoy bastante enfermo, cosa siempre escandalosa entre los cronopios", le escribe Cortázar a su amigo Roberto López. Esta costumbre de escribir cartas reales -las virtuales tienen su propio lenguaje y casi siempre carecen de sentires- no sólo fue cultivada por escritores. La correspondencia entre el pintor Vincent Van Gogh y su hermano Theo se encuentra entre los testimonios más conmovedores de la historia. "Creo -dice Vincent- que nada nos arroja tan a la realidad como un amor verdadero. La mejor manera de conocer a Dios es amar mucho". En su última carta, del 23 de julio de 1890, le dice a Theo: "Querría escribirte sobre muchas cosas, pero en primer lugar se me fueron las ganas, y luego siento que es inútil". Y tenía razón. ¿Para qué iba a escribir? Estaba enfermo del alma y se suicidó tiempo después. Este tipo de arrebato también se puede leer en las epístolas de Pablo, la correspondencia de Oscar Wilde o el correo entre Salvador Dalí y su amada Gala.
Existen también las cartas que casi no tienen palabras pero que comunican un vasto universo de ideas. Tal es el caso de la correspondencia del humorista gráfico Quino, cuya obra de 50 años puede ser admirada en la muestra itinerante que se inauguró el viernes en el Museo Provincial Timoteo Navarro. Cuenta la curadora Julieta Colombo que el genial artista -residente en Europa- sigue enviando sus dibujos a través del correo convencional. "Quino hace copias en papel de los trabajos que se publicarán en Clarín y en LA GACETA y me las envía por correo a Buenos Aires. Eso de hacer todo digital y transmitirlo vía internet no va con él", contó Colombo.
Semejante historia detrás del género epistolar debería entusiasmar a las nuevas generaciones. No sólo porque las cartas dejan un testimonio de nuestro paso por la vida, sino porque pueden ayudar a hijos y a nietos a conocer más de sus antecesores. El género epistolar ya no es el propio de un caballero del siglo XVIII que escribe con puños de encaje a la luz de candelabros. No es ya la obra de una dama que lee la carta y sonríe, tumbada a lo Pompadour junto a un clavicordio abierto. La carta se ve hoy en crisis por el desarrollo de la tecnología. Y nuestra tarea es salir a su rescate .
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