Fracturas expuestas

La dirigencia local y su nuevo fracaso consuetudinario. Por Alvaro Jose Aurane

30 Marzo 2006
Dos síntomas, un mismo mal. Las modificaciones del Código Tributario y la conformación de las comisiones de la Convención Constituyente son dos caras de la desarticulación de la clase dirigente local. Política, empresarial, profesional, productiva, sindical.
De esto resulta una reforma fiscal que no es la que necesita esta provincia. De hecho, la seguridad jurídica terminó asaltada. Se delegaron facultades que la Constitución reserva a la Legislatura, como la de fijar las alícuotas a las actividades productivas. En adelante, no las discutirán 40 legisladores: las determinará el administrador de Rentas. Los inversores foráneos no deben ver las horas de venir a gastar a estas pampas.
A la par, gravaron las actividades que comenzaban a “tomar color”, como el citrus o el arándano. De paso, cayeron los frutilleros en la volteada. Y Tucumán se quedó sin alícuota cero. Sin una herramienta de crecimiento. Salta y Jujuy, por ejemplo, no tienen gravada la actividad citrícola. Por supuesto, es imposible mudar las fincas a esas provincias. Mucho más sencillo, en cambio, es que las firmas locales comiencen a fijar el domicilio legal en otros pagos. Un fenómeno, aquí, nada desconocido.
En cuanto a los profesionales, subió el “techo” que se había fijado para pagar ingresos brutos hasta $ 6.000. La contracara es que no se trata de un mínimo imponible, sino de una exención. Quienes ganen más de eso, no tributarán sobre el excedente, sino sobre el total de lo que perciban. Esa es toda una lección subtropical: para ser un profesional brillante y ganar $ 9.000 mensuales sin inconvenientes, hay que ser funcionario de la primera línea del Gobierno.
Respecto de los comerciantes, se atenuaron los embargos preventivos de bienes por deuda presunta, interponiendo la mediación de un juez. Pero la Provincia sigue sin tribunal fiscal: para apelar las decisiones de Rentas, hay que ir al Ministerio de Economía.
De esto surge que, como define el legislador Alejandro Sangenis, se está frente a un instrumento de dominación antes que frente a una herramienta de recaudación. ¿Por qué el Gobierno hace esto? Sencillamente, porque puede. Peor aún: porque lo dejan. Porque las instituciones intermedias, que no deberían ser opositoras pero sí poner límites, se reunieron para firmar un comunicado un viernes, pero no para resistir la reforma fiscal, el lunes siguiente. El oficialismo encaró a los distintos sectores por separado (al mismo tiempo, por teléfono, el Ejecutivo trataba de “operar” a los legisladores -vía un ex intendente- para que sancionaran su proyecto original, varias veces peor que el sancionado). Y cambió espejitos por oro.
Los colegios profesionales se sintieron usados: sus observaciones a los 110 artículos fueron mayoritariamente ignoradas. La FET terminó el día sosteniendo que lo que se hizo no está del todo mal, pero tampoco del todo bien. Todos deben añorar la claridad de 2005, cuando el Gobierno sonaba el silbato del diálogo para la reforma constitucional, y corrían a consensuar y legitimar los cambios en la Carta Magna. Esa que hoy el oficialismo modifica unilateralmente.
Justamente, el papel de los constituyentes de la oposición se redujo a aportar la cuota de pluralidad que tanto quería el oficialismo. Su discurso sobre hacer oír posturas que difieran del oficialismo se estrelló contra eso que llaman “realidad”: no hay lugar para ellos en la comisión de régimen electoral.
Son la muestra más palpable de la pulverización de la oposición. Recrear se quedó sin Esteban Jerez. La UCR se quedó sin discurso. Y FR se quedó sin sede. Pero esto último poco importa, porque parecen haberla mudado al ex arsenal. En el Gobierno hay quienes llevan prolija nota de los diputados, legisladores, ediles y hasta ex funcionarios que visitan a Antonio Bussi, en algunos casos con la misma regularidad que cuando él presidía ese partido.  
La dirigencia no aprende. Sigue cayéndose y sufriendo fracturas expuestas. Y el Gobierno reina con la vieja receta de dividir. Tal vez, un día se abra una escuela de dirigentes. Que enseñe, como primera lección, que en política no hay sorpresas. Sólo hay sorprendidos.



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