29 Marzo 2006 Seguir en 
De vez en cuando es interesante prestarle atención al zigzagueante derrotero de la dirigencia tucumana. En 2000, por ejemplo, Silvia Rojkés de Temkin, hermana de la diputada nacional Beatriz Rojkés, era secretaria de la Asamblea de Pequeños y Medianos Empresarios (APyME), una entidad que se presentaba como el ala progresista del pequeño empresariado, con espíritu cooperativista. Era la contracara intransigente, si se quiere, de la componedora Federación Económica (FET), algunos de cuyos dirigentes, desde el gobierno de Ramón Ortega hasta ahora, no suelen perderse un acto oficial y a veces hasta encuentran cobijo en alguna que otra oficina del Estado. Lo curioso es que hoy, tanto Rojkés de Temkin, con su corazoncito en APyME, como Eduardo El Eter, ex titular de la FET, conviven en la misma administración. En octubre, ambos intentaron llegar a la Convención Constituyente, pero por calles diferentes del mismo y único oficialismo. Ella, que finalmente lo logró, por el Frente para la Victoria y él, por ese sublema radical seguidor de Alperovich que es Participación Cívica.
Volviendo a 2000, en una entrevista, a la hoy convencional le preguntaron cuáles eran los obstáculos (culturales, políticos o económicos) que le impedían crecer a Tucumán. Con el tiempo, su respuesta se ha vuelto más interesante. Afirmó que, por una parte, urgía garantizar la transparencia de la gestión; y por otra, aceitar la comunicación con todos los sectores, creando -por ejemplo- consejos de asesores de las fuerzas vivas (ad honorem) en dependencias oficiales. Como se advierte, desde una institución pequeña (APyME) clamaba por una mayor participación ciudadana. Era toda una congruente declaración de alguien que se definía como admiradora de Don Quijote de la Mancha. Sin embargo, seis años más tarde y ya al abrigo del siempre pragmático calor oficial, su concepto de las proporciones parece haber mutado sorprendentemente.
La semana pasada, en su carácter de titular de la comisión encargada de redactar el reglamento de la Asamblea que reformará la Constitución -que ya venía prácticamente enlatado desde la Casa de Gobierno-, siete veces les dijo que no a las propuestas de la oposición, que apuntaban a mitigar el peso de los decisivos 32 votos con que, finalmente, cuenta el alperovichismo. Cuando tuvo que explicar por qué las enmiendas deberán ser aprobadas con sólo 11 votos y no con las 21 o 27 adhesiones por las que bregaban los opositores para forzar un necesario consenso, ella volvió a ser elocuente, aunque en un sentido opuesto al de 2000. Argumentó que lo que se había resuelto representaba el justo medio entre las minorías y el mandato popular del 19 de febrero, o sea, lo que importan son los votos, y a otra cosa.
Aquella idealista pequeña empresaria se ha vuelto la espada de su hermana en el corazón del alperovichismo. Y esa forma irregular de las matemáticas que practican en el oficialismo ha hecho que en la repartija de las comisiones que integrará cada convencional, ella, con el mérito del apellido, se haya ganado el derecho a integrar tres de aquellas, privilegio que sólo comparte con otros cuatro constituyentes, entre ellos el intendente Domingo Amaya. Quizás dentro de poco se la vea ocupando espacios clave en el Partido de la Victoria, ahora que funcionarios de Alperovich averiguan qué trámites deben hacer para que esa fuerza de Néstor Kirchner desembarque en Tucumán. La semana pasada hasta se reunieron en Buenos Aires con Juan Carlos Mazzón, coordinador de Políticas Públicas e Institucionales de la Nación. El objetivo es tener una estructura estacionada en la cochera de la Casa de Gobierno para que, llegado el caso, puedan usarla como salvoconducto frente a las inclemencias justicialistas, o como atajo, para desagotar los votos alperovichistas que no simpatizan con el peronismo, sin tener que andar debiéndoles favores a ex radicales, como los de Participación Cívica, entre los que se mezclan sujetos sin partido, como El Eter. Otra coincidencia entre ambos.
Volviendo a 2000, en una entrevista, a la hoy convencional le preguntaron cuáles eran los obstáculos (culturales, políticos o económicos) que le impedían crecer a Tucumán. Con el tiempo, su respuesta se ha vuelto más interesante. Afirmó que, por una parte, urgía garantizar la transparencia de la gestión; y por otra, aceitar la comunicación con todos los sectores, creando -por ejemplo- consejos de asesores de las fuerzas vivas (ad honorem) en dependencias oficiales. Como se advierte, desde una institución pequeña (APyME) clamaba por una mayor participación ciudadana. Era toda una congruente declaración de alguien que se definía como admiradora de Don Quijote de la Mancha. Sin embargo, seis años más tarde y ya al abrigo del siempre pragmático calor oficial, su concepto de las proporciones parece haber mutado sorprendentemente.
La semana pasada, en su carácter de titular de la comisión encargada de redactar el reglamento de la Asamblea que reformará la Constitución -que ya venía prácticamente enlatado desde la Casa de Gobierno-, siete veces les dijo que no a las propuestas de la oposición, que apuntaban a mitigar el peso de los decisivos 32 votos con que, finalmente, cuenta el alperovichismo. Cuando tuvo que explicar por qué las enmiendas deberán ser aprobadas con sólo 11 votos y no con las 21 o 27 adhesiones por las que bregaban los opositores para forzar un necesario consenso, ella volvió a ser elocuente, aunque en un sentido opuesto al de 2000. Argumentó que lo que se había resuelto representaba el justo medio entre las minorías y el mandato popular del 19 de febrero, o sea, lo que importan son los votos, y a otra cosa.
Aquella idealista pequeña empresaria se ha vuelto la espada de su hermana en el corazón del alperovichismo. Y esa forma irregular de las matemáticas que practican en el oficialismo ha hecho que en la repartija de las comisiones que integrará cada convencional, ella, con el mérito del apellido, se haya ganado el derecho a integrar tres de aquellas, privilegio que sólo comparte con otros cuatro constituyentes, entre ellos el intendente Domingo Amaya. Quizás dentro de poco se la vea ocupando espacios clave en el Partido de la Victoria, ahora que funcionarios de Alperovich averiguan qué trámites deben hacer para que esa fuerza de Néstor Kirchner desembarque en Tucumán. La semana pasada hasta se reunieron en Buenos Aires con Juan Carlos Mazzón, coordinador de Políticas Públicas e Institucionales de la Nación. El objetivo es tener una estructura estacionada en la cochera de la Casa de Gobierno para que, llegado el caso, puedan usarla como salvoconducto frente a las inclemencias justicialistas, o como atajo, para desagotar los votos alperovichistas que no simpatizan con el peronismo, sin tener que andar debiéndoles favores a ex radicales, como los de Participación Cívica, entre los que se mezclan sujetos sin partido, como El Eter. Otra coincidencia entre ambos.







