Hay frases que en su contundente simpleza tienen una connotación profunda. "Piano piano si va lontano" (despacio despacio se llega lejos) es una de ellas. Pocos consejos tienen la eficacia que este encierra, y es aplicable tanto para las cosas cotidianas como para las de gran envergadura. Del "piano piano" a hacer las cosas en cámara lenta -a propósito o por no saber- hay una distancia considerable.
Con lo primero, uno persigue un fin en tiempos propios, pero sabiendo adónde quiere ir. Con lo segundo, en cambio, ingresamos en un plano donde interviene una serie de factores de dudoso origen y peor destino. Defina usted, que prestó su atención en esta columna, de cuál manera trabajamos entonces en Tucumán cuando se trata de abordar ciertos temas importantes.
Mejor, se dirá, demorar que andar apurado. Pero en esta tierra ni siquiera seguimos aquella máxima napoleónica del "vísteme despacio que tengo prisa" cuando las cosas que importan nos llaman a la puerta. Porque se nos va la mano con la lentitud y, para oscurecer la historia, igual cometemos errores. Por contrapartida, somos muy rápidos para otros "menesteres".
Por caso, en ilegalidad la oferta es permanentemente rápida; en transgresión, cotizamos en alza y muy pocas cosas nos ponen un freno a tanto ímpetu. "Piano piano" o cámara lenta, ese es el asunto.
No hay demasiadas dudas acerca de cómo podría encuadrarse el que, por ejemplo, durante años hayan funcionado tantos pubs y boliches sin todos los permisos, hasta que, dolorosa tragedia mediante -léase caso Lebbos-, "alguien" se haya dado cuenta del ilícito. Por efecto dominó, esta situación reavivó otra realidad no resuelta en tiempo y forma, la de los remises ilegales.
A ese Frankenstein, alimentado hace años en la desidia oficial -que, no obstante los usa en días de elecciones-, más el desinterés en tomar medidas, ya nadie parece poder frenar (y eso que hubo intentos, desde nobles hasta violentos, pasando por leyes que nadie respetó). Aun más, hoy es casi inimaginable el paisaje urbano tucumano sin esos engendros sin seguro ni revisión técnica.
La escena se repite en la tétrica ruta 38 con los autos rurales compartidos. Ya antes de ellos, era una vía pésima, que daba miedo de sólo verla. Con ellos, el amasijo hecho de asfalto y señalizaciones raquíticas obtuvo un master en imprevisión y caos, que ni siquiera su nueva traza parece dispuesta a quitarle.
Uno camina la ciudad y se pregunta hasta cuándo habrá que esperar por ciertas obras de pavimentación que duran siglos en hacerse; por qué se hace tan poco con esos negocios con aspecto de no contar con ningún tipo de permiso, que no facturan, no atienden bien ni dan garantías de calidad sobre lo que venden; qué se espera para darles un destino a esos predios y edificios abandonados que hoy son contenedores de delincuentes...
Se sostiene que Sócrates dijo alguna vez que quien se dispone a efectuar grandes obras procede con lentitud. Como un agregado a esa idea, se podría aportar una confesión de Beethoven, para quien su genio se componía de una ínfima parte de talento y el resto era obra de su perseverante aplicación.
El nuestro no parece ser uno ni otro caso. No al menos en los temas planteados y en otros que seguro usted ya estará enumerando en su cabeza.
Rapidez, velocidad, prontitud, ligereza de movimientos, presteza, agilidad, celeridad, agudeza y sagacidad. Todas estas son muchas palabras que, sin una correcta interpretación -y puesta en escena- sólo parecen parte de un juego de sinónimos de un concurso de televisión.
Cuando no se comprenden sus significados ni tampoco se deja que alguien les dé curso, no hay excusas que valgan ni explicación que pueda darse ni actitud mediática posible de dispersión. Cuando las cosas no se hacen en tiempo y forma, lisa y llanamente, nos devoran los de afuera. Sí, como a los hermanos de la frase del Martín Fierro.
26 Marzo 2006 Seguir en 







