29 Julio 2002 Seguir en 
El ajuste en los hogares tucumanos no sólo se observa en los alimentos, sino que las familias, sin distinción de clases, también tratan de ahorrar en todos los demás rubros: vestimenta, servicios públicos, entretenimientos, entre otros.
Las salidas nocturnas; algún perfume importado; vacaciones programadas pasaron a un plano inferior en la familia de Andrés y Verónica. El trabaja en una empresa privada y en el Estado, y ella es odontóloga e investigadora. "Cambiamos muchas cosas para llegar a fin de mes", dijo él. "Antes íbamos a cenar en un restaurante por lo menos una vez a la semana o nos juntábamos con amigos afuera. Ahora lo hacemos en casa de alguno, por los costos", ejemplificó.
También hubo restricción en los servicios. "A la línea telefónica le pusimos un tope de $30, y el celular ahora lo tengo con tarjeta", añadió. El matrimonio, de clase media-alta, vive en un departamento céntrico y tiene una hija, Lucía. "Tengo una deuda hipotecaria que es un dolor de cabeza, ya que las cuotas las tengo que pagar en pesos y yo cobro en bonos", admitió. Y para ir al trabajo, que queda a nueve cuadras de casa, ahora voy caminando; antes lo hacía en taxi", admitió. "De paso le hace bien a mi salud", agregó con una leve sonrisa.
Listado de gastos
A Marcos, un jubilado nacional, también le toca soportar la crisis. "Con mi mujer hacemos un listado de gastos". "Antes jugaba a la quiniela casi todos los días; ahora sólo cuando sobra un $1 o $ 2; la salida a los cines también la restringimos y nos conformamos con las películas de la televisión". "Al colectivo lo reemplacé por la bicicleta o directamente camino", agregó.
"Lamentablemente lo que no podemos economizar es en los remedios, ya que a nuestra edad no podemos usar genéricos y eso aprieta mucho el presupuesto", se quejó. "La luz usamos lo mínimo, casi andamos en penumbras, pero pagamos menos", agregó.
Más sacrificada es la vida de la familia González, que vive en una casa prefabricada de un barrio del sur de la capital. Isabel es maestranza municipal y su esposo, Oscar, no tiene trabajo, pero se las rebusca como vendedor ambulante. "Mi escaso sueldo es para pagar deudas y con lo que mi marido saca de las ventas, comemos", dijo ella. "Si no alcanza, tomamos mate", dijo. "Y si no hay gas, cocino a leña", agregó.
Su hija, Nena, de 15 años trabaja de niñera para ayudar a sus padres. "Ya no salgo de paseo porque no hay plata, así que me quedo en casa escuchando música con mis amigos o viendo la tele", añadió la simpática joven. Sin embargo, el jefe de la casa no pierde el optimismo. "Lo importante es que, por más que seamos pobres, somos muy unidos. Estoy seguro de que vamos a salir de esta situación", concluyó.
Las salidas nocturnas; algún perfume importado; vacaciones programadas pasaron a un plano inferior en la familia de Andrés y Verónica. El trabaja en una empresa privada y en el Estado, y ella es odontóloga e investigadora. "Cambiamos muchas cosas para llegar a fin de mes", dijo él. "Antes íbamos a cenar en un restaurante por lo menos una vez a la semana o nos juntábamos con amigos afuera. Ahora lo hacemos en casa de alguno, por los costos", ejemplificó.
También hubo restricción en los servicios. "A la línea telefónica le pusimos un tope de $30, y el celular ahora lo tengo con tarjeta", añadió. El matrimonio, de clase media-alta, vive en un departamento céntrico y tiene una hija, Lucía. "Tengo una deuda hipotecaria que es un dolor de cabeza, ya que las cuotas las tengo que pagar en pesos y yo cobro en bonos", admitió. Y para ir al trabajo, que queda a nueve cuadras de casa, ahora voy caminando; antes lo hacía en taxi", admitió. "De paso le hace bien a mi salud", agregó con una leve sonrisa.
Listado de gastos
A Marcos, un jubilado nacional, también le toca soportar la crisis. "Con mi mujer hacemos un listado de gastos". "Antes jugaba a la quiniela casi todos los días; ahora sólo cuando sobra un $1 o $ 2; la salida a los cines también la restringimos y nos conformamos con las películas de la televisión". "Al colectivo lo reemplacé por la bicicleta o directamente camino", agregó.
"Lamentablemente lo que no podemos economizar es en los remedios, ya que a nuestra edad no podemos usar genéricos y eso aprieta mucho el presupuesto", se quejó. "La luz usamos lo mínimo, casi andamos en penumbras, pero pagamos menos", agregó.
Más sacrificada es la vida de la familia González, que vive en una casa prefabricada de un barrio del sur de la capital. Isabel es maestranza municipal y su esposo, Oscar, no tiene trabajo, pero se las rebusca como vendedor ambulante. "Mi escaso sueldo es para pagar deudas y con lo que mi marido saca de las ventas, comemos", dijo ella. "Si no alcanza, tomamos mate", dijo. "Y si no hay gas, cocino a leña", agregó.
Su hija, Nena, de 15 años trabaja de niñera para ayudar a sus padres. "Ya no salgo de paseo porque no hay plata, así que me quedo en casa escuchando música con mis amigos o viendo la tele", añadió la simpática joven. Sin embargo, el jefe de la casa no pierde el optimismo. "Lo importante es que, por más que seamos pobres, somos muy unidos. Estoy seguro de que vamos a salir de esta situación", concluyó.







