Sinónimo de lujo y confort, el tren “Expreso de Oriente” cubrió a partir de 1883 la ruta entre París y Estambul en un recorrido por ocho países e inspiró novelas, películas y obras teatrales; tras cierres y relanzamientos, fue discontinuado en 2009, pero en una semana habrá una reactivación gerenciada por la firma hotelera Accor. Hasta tanto, el pianista croata Goran Filipec se sube imaginariamente a ese paseo en el disco que está a punto de lanzar y que lleva el nombre del convoy y que evoca, nostálgicamente, el mítico viaje por distintas culturas.
El músico es figura recurrente en Tucumán y regresa esta noche con un concierto anticipo de su nuevo material, que tendrá lugar a las 21 en el teatro San Martín (avenida Sarmiento 601) y es auspiciado por la Fundación ProCultura Tucumán.
El proyecto fue “concebido a través de músicas que pueden asociarse con los destinos y paradas del tren en su época de su mayor esplendor y también con el ambiente social al que estaba principalmente destinado”, le anticipa a LA GACETA. A partir de esa premisa, en el paseo suenan obras de Ignaz Friedman, Franz Liszt, Eduard Gärtner, Ivan Zajc, Dora Pejacevic, Pablo de Sarasate, Christoph Willibald Gluck y Mili Balakirev.
“Concebir un programa musical a partir de un itinerario geográfico, con un marco dramatúrgico para composiciones que originalmente no fueron hechas con ese propósito, implica ciertos riesgos, como caer en asociaciones demasiado evidentes o banales o en una repetición excesiva de los mismos criterios para relacionar cada una con un destino. Quería evitar esa simplificación, porque la música está llena de ambigüedades culturales, como las obras de inspiración española escritas por franceses o el encuentro en el alemán Gluck de la mitología griega. Las identidades y las asociaciones culturales rara vez son completamente inequívocas. Precisamente es esa ambigüedad lo que me interesaba explorar, así como la finura de Friedman y su música de salón, que evoca un universo de refinamiento y elegancia”, describe.
De cada escala, Filipec rescata aspectos distintos para evitar “cierta monotonía o una excesiva repetitividad rítmica porque, como sucede en la vida, los lugares que visitamos quedan asociados en nuestra memoria con elementos muy diversos, que no necesariamente guardan relación entre sí, y aparecen imágenes y recuerdos que despiertan nuestra imaginación”. “Mi metodología fue deliberadamente asimétrica. No se trataba de pintar un paisaje musical de cada ciudad ni de buscar una correspondencia literal. A veces aparecen deseos, danzas populares o evocaciones más abstractas, mucho más cercanas a nuestra experiencia real que una sucesión de estampas”, añade.
El intérprete reconoce que trabaja “sobre una época que ya no existe, en una introspección profundamente sentimental, a ese universo de recuerdos íntimos que pueden aflorar durante un viaje más que una referencia geográfica”. Su propuesta resiste la avalancha invasiva de propuestas de las redes sociales: “quien está dispuesto a hacer el esfuerzo, puede llegar a descubrir aquello que realmente le interesa. Lo que sucede es que hoy esa conducta consiste, en gran medida, en desarrollar un criterio de selección riguroso, en saber distinguir entre la enorme cantidad de información irrelevante que nos rodea y en encontrar aquello que verdaderamente tiene valor. La abundancia de información no implica necesariamente una mayor comprensión. La capacidad de seleccionar, distinguir y profundizar me parece hoy más importante que nunca”.
“Las llamadas músicas ‘nacionales’ suelen estar vinculadas al folclore o a determinados elementos que identificamos con una nación, una región o un pueblo. Sin embargo, esa relación está lejos de ser universal. Pensemos, por ejemplo, en la música francesa, cuya identidad reconocemos con bastante facilidad, aunque muchas de sus manifestaciones más características apenas tengan relación con lo folclórico y lo mismo sucede con ciertas tradiciones centroeuropeas. El folclore tiene, además, una particularidad fascinante: no solemos asociarlo con autores individuales, sino con comunidades y pueblos enteros. En muchos casos desconocemos quién concibió originalmente una melodía, pero esta continúa transmitiéndose de generación en generación, a veces sin pasar siquiera por la notación musical sino a través de la práctica y de la tradición oral. Por eso, constituye una fuente fundamental de identidad”, resalta.
En cada vuelta tucumana, Filipec se reencuentra con amigos y personas que, “aunque geográficamente estén alejadas de los lugares donde transcurre la mayor parte de mi vida, siguen formando parte de ella”. “Mientras hablamos de esto, se me ocurre que quizás haya también algo autobiográfico en este ‘Expreso de Oriente’. El músico viaja constantemente y va recogiendo impresiones, experiencias, encuentros, amistades y emociones. Todo eso termina formando parte de su universo personal y artístico. Quizás el programa de esta noche sea un reflejo de esas experiencias”, reconoce.
El nuevo tren está a punto de salir del andén: su viaje reinaugural está anunciado para el jueves 22, y unirá Italia y Turquía a un costo de 20.000 euros. ¿Cómo sería hacer el mismo viaje sonoro, pero con las músicas actuales de cada país?, es la pregunta final. “No lo sé. Quizás sea un experimento interesante para una próxima ocasión”, contesta a modo de despedida, con valijas listas.
Una trayectoria: recorrido internacional
Goran Filipec es doctor en Música por el programa conjunto de Sorbonne Université y el Conservatoire National Supérieur de Musique et de Danse de Paris. Su investigación se centró en las prácticas interpretativas de los siglos XIX y XX y en la estética de la interpretación pianística virtuosa, bajo la dirección de Jean-Pierre Bartoli y Denis Pascal. Se formó con Marina Ambokadze y Evgeny Zarafiants en Zagreb y amplió sus estudios en La Haya, donde obtuvo el Máster en Piano, y en Moscú. Su arte combina un virtuosismo deslumbrante con una sólida perspectiva musicológica, concibiendo la interpretación como un acto de creación.














