Resumen para apurados
- Nelson Fleitas, tras vivir cinco años en situación de calle por adicciones, trabaja hoy como operador terapéutico asistiendo a jóvenes en recuperación en Tucumán.
- Inició sus consumos problemáticos en la adolescencia y atravesó décadas de recaídas. Logró rehabilitarse en comunidades terapéuticas y formarse en educación emocional.
- Su labor destaca la urgencia de implementar educación emocional escolar temprana y derribar la desinformación para prevenir el consumo de sustancias en jóvenes.
Nelson Fleitas aprendió a dormir cuando el cuerpo ya no podía más. Durante aquellos años, su vida en la calle no tenía horarios: no había una noche que terminara en una cama ni un día que comenzara con un lugar al que regresar. Durante cinco años vivió en situación de calle, consumiendo drogas y sobreviviendo como podía. Lo cuenta sin detenerse en las escenas más dolorosas. En cambio, prefiere decir que fueron años difíciles que le dejaron cicatrices físicas y emocionales.
Pero esa historia no empezó en el asfalto. Comenzó mucho antes, al inicio de la adolescencia, cuando el consumo de alcohol apareció asociado a la diversión. Tenía 13 o 14 años, acababa de terminar la primaria y empezaba a salir a bailar en el barrio porteño de Flores. Según cuenta, lo que comenzó como una experimentación se transformó en poco tiempo en un consumo que ya no podía controlar.
“Creía que mi conducta era normal”, recuerda Nelson. “No sabía que tenía características personales que me ponían en un riesgo altísimo: hiperactividad, déficit de atención, un trastorno de ansiedad no diagnosticado. No tenía herramientas para entender lo que me pasaba”.
En su relato el consumo aparece vinculado con un malestar profundo, una rebeldía que no encontraba cauce y una insatisfacción constante con su propia vida.
Hoy, Fleitas mira ese pasado desde otra perspectiva. Es operador terapéutico de Numas, una comunidad ubicada al pie del cerro San Javier, donde coordina el área cognitivo-conductual y realiza tareas de psicoeducación con jóvenes. Llegó a Tucumán convocado para ofrecer un abordaje que combine el trabajo terapéutico con el acompañamiento cotidiano. Pero para enseñar a otros a sostenerse, primero tuvo que comprender lo que le ocurría.
La anestesia y el vacío
Durante décadas, la vida de Nelson fue una secesión de intentos de recuperación y recaídas. Recibía ayuda de su entorno, intentaba dejar de consumir, pero al poco tiempo volvía a atravesar momentos en los que sentía que no tenía propósito ni ganas de vivir. Recuerda aquellos años como una etapa en la que le resultaba difícil imaginar otra vida.
Al describir su experiencia, Nelson vincula el consumo con el intento de aliviar un dolor emocional. “El alcohol o las drogas son un modo de escape, una anestesia ante ese dolor emocional que se siente cuando estás profundamente insatisfecho con tu vida”, explica. “La gente asocia adicción con dependencia a una sustancia, pero las drogas son solo la consecuencia. La verdadera problemática es el vacío”.
Esa disconformidad no se dirigía solo hacia los demás —sus familiares, maestros y autoridades—, sino también sino hacia sí mismo: “Terminé la primaria sin saber lo que eran las emociones. Cuarenta años después tuve que ponerme a estudiar qué es un sentimiento y cómo se manifiesta en la conducta. Tuve que aprender lo que no me enseñaron de chico para entender qué había detrás del consumo y, sobre todo, para dejar de justificarme. Escucho seguido el ‘me drogué porque mi mamá me abandonó o porque me pegaron’. Pueden ser hechos reales y dolorosos, pero usarlos como justificativo permanente no te cura”.
Nelson sitúa un momento decisivo en la separación de su pareja y el distanciamiento de su hija. Afectado por esas pérdidas y por la culpa de no haber podido sostener su proyecto familiar, cuenta que empezó a consumir con la intención de hacerse daño. Después llegaron los años en la calle.
“Me resigné. Quería lastimarme de todas las formas posibles porque sentía un rechazo enorme hacia mí mismo. En la calle dormía cuando el cuerpo se rendía, donde fuera. Fue una etapa de pura supervivencia”, dice.
El aprendizaje de "quedarse"
Nelson identifica en la curiosidad una de las herramientas que lo ayudaron a iniciar su recuperación. La misma inquietud que lo llevó a experimentar con sustancias terminó orientándose hacia una pregunta vital: ¿qué me pasa?
Su primer proceso de internación fue en el centro Revivir, donde recibió un abordaje conductual. Allí empezó a trabajar sobre su apatía y su resistencia a los límites. Cuenta que encontrar personas que habían atravesado experiencias de consumo y recuperación le permitió confiar en que él también podía hacerlo. Eran sus “referentes”: ahora acompañaban a otros. “Yo los veía y pensaba: ‘No puede ser. Si él pudo, yo también puedo’. Ese es el mensaje con el que hoy trabajo todos los días con los chicos”, remarca.
El camino no fue lineal ni exento de recaídas. Durante sus primeros intentos, a los dos o tres meses se sentía recuperado, abandonaba los tratamientos y volvía a consumir. Hasta que comprendió que sostener su recuperación también implicaba atravesar momentos incómodos.
“Aprendí que la recuperación es incómoda, pero esa incomodidad te hace fuerte. Descubrí que para cuidarme tenía que quedarme. La comunidad terapéutica me salvó la vida y hoy es mi refugio y mi estilo de vida”, comenta.
Actualmente, su labor en Numas implica trabajar con 25 pacientes y acompañar también a sus familias, muchas de las cuales llegan sin saber qué más hacer. Nelson describe esa tarea como exigente. Para afrontar el desgaste emocional, canaliza las tensiones en el ejercicio físico y en el compromiso diario con su propio equilibrio.
A partir de su experiencia de trabajo, Fleitas cuestiona las explicaciones habituales sobre el inicio en el consumo: “Se dice siempre que el alcohol es la puerta a la marihuana y esta a la cocaína. Para mí, la verdadera puerta que se abre a las adicciones es la desinformación. Vivimos en una sociedad contradictoria donde las redes sociales bombardean a los jóvenes y la publicidad vincula constantemente el alcohol con el fútbol o la diversión. Es muy difícil recuperarse o prevenir cuando lo que te hace mal está al alcance de la mano”.
Por eso, su reclamo apunta tanto al sistema educativo como al rol de los adultos. Considera urgente incorporar la educación emocional desde la primaria y llevar información actualizada a los colegios secundarios, superando las trabas burocráticas que, según señala, dificultan esas actividades.
“Un chico no empieza a consumir cocaína de un día para el otro. Empieza coqueteando con el alcohol, la nicotina, la marihuana o los fármacos que encuentra en su propia casa. A los padres les diría que recuerden su propia adolescencia, esa etapa de dolor y rebeldía natural. Ante ese dolor, el adolescente busca anestesiarse”, afirma.
Al final de la charla, Nelson recuerda al adolescente de 15 años que empezaba a aislarse del mundo, insatisfecho con su vida. “A él le diría: ‘Vos valés mucho más de lo que creés’. El conflicto más complejo de la adolescencia es convencerse de que uno no sirve, que no vale o que está solo. Es feo estar ahí. Y hoy sé que cualquier recurso es válido para pedir ayuda, menos las sustancias”.







