Los clubes no pueden vivir de milagro en milagro

Hace 3 Hs

El caso del club Barrio Modelo deja una enseñanza que excede largamente a esa institución. Una comunidad se movilizó, reunió el dinero necesario y está a punto de evitar que una deuda laboral terminara en el remate de un patrimonio construido durante casi seis décadas. Es una historia que merece ser celebrada, pero también debería servir como advertencia porque la pregunta que queda después de la emergencia es mucho más importante: ¿qué ocurrirá la próxima vez?

Los vecinos pueden organizar una colecta, los socios pueden comprar bonos contribución, los comerciantes pueden colaborar y las empresas pueden aportar. Esa solidaridad es valiosa y demuestra el arraigo que todavía tienen los clubes de barrio. Pero no puede convertirse en el mecanismo habitual para evitar que esas instituciones desaparezcan. Un club necesita una administración ordenada, dirigentes capacitados, socios comprometidos, recursos suficientes y una planificación que permita mirar más allá de la urgencia de cada semana. Cuando esas condiciones faltan, una deuda puede terminar poniendo en riesgo años de historia.

El problema tampoco es exclusivo de Barrio Modelo. Muchos clubes de barrio cumplen funciones deportivas y sociales mientras enfrentan dificultades económicas cada vez mayores. La morosidad en el pago de cuotas, el aumento de los costos y las dificultades para sostener las actividades colocan a muchas instituciones en una situación de fragilidad permanente. Y allí aparece una cuestión crucial: ¿cuánto vale para una sociedad un club de barrio?

No solamente por los deportistas que forma, sino también por los chicos que encuentran allí un lugar para pasar la tarde, por los adultos que mantienen vínculos, por las familias que comparten actividades y por las generaciones que se encuentran en un mismo espacio. Un club enseña a jugar y a compartir, a ganar y a perder, a respetar reglas, a esperar un turno y a formar parte de un grupo. Muchas veces cumple, además, una función de contención que resulta difícil de reemplazar. Por eso su valor no puede medirse sólo en términos económicos.

Cuando un club desaparece, además de una cancha o una sede social, también puede desaparecer un lugar de encuentro, una parte de la historia de un barrio y un espacio en el que durante décadas se construyeron vínculos. Eso obliga a pensar en una responsabilidad compartida. Los clubes deben mejorar sus estructuras y profesionalizar sus administraciones, los socios deben entender que pagar una cuota también es una forma de sostener una institución y el Estado debe reconocer que esas organizaciones cumplen una función social que merece políticas específicas y previsibles. No se trata de rescatar eternamente a clubes mal administrados, pero sí de generar las condiciones para que puedan ser gestionados de manera sostenible y continúen cumpliendo una función que beneficia a toda la comunidad.

La solidaridad de sus vecinos demostró que Barrio Modelo todavía tiene raíces profundas, pero el verdadero éxito será conseguir que nunca más haya que organizar una colecta para salvarlo; porque una sociedad no debería acordarse de sus clubes solamente cuando están a punto de desaparecer.

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