Del “me cortaron las piernas” al “me vacié”: Maradona, Messi y la despedida de los dos últimos artistas del fútbol

Maradona y Messi fueron mucho más que los dueños de la camiseta número 10: representaron dos Argentinas y dos maneras de entender el fútbol.

Del “me cortaron las piernas” al “me vacié”: Maradona, Messi y la despedida de los dos últimos artistas del fútbol
Del “me cortaron las piernas” al “me vacié”: Maradona, Messi y la despedida de los dos últimos artistas del fútbol

Resumen para apurados

  • Lionel Messi se despide mañana de la Selección en el estadio Monumental al cerrar su ciclo deportivo tras haberlo ganado todo y afirmar que se vació.
  • A diferencia del traumático final de Diego Maradona en el Mundial de 1994, Messi planificó su adiós tras superar años de derrotas y coronarse campeón en Qatar 2022.
  • El retiro de Messi culmina cuatro décadas de magia compartidas con Maradona y abre una era de renovación sobre el peso histórico de la emblemática camiseta 10.
Resumen generado con IA

Mañana, un país entero despedirá a Lionel Messi en el Monumental. Argentina lo verá jugar por última vez con la camiseta de la Selección en su tierra, y esta vez lo sabemos. Habrá lágrimas, canciones, banderas y una multitud consciente de que está asistiendo a una escena que ya pertenece a la memoria.

Con Diego Maradona fue distinto. La última vez que Diego vistió la camiseta argentina en nuestro país fue en Salta, en abril de 1994. Nadie podía imaginarlo. Nadie miró aquella noche con la tristeza anticipada de quien sabe que está viendo algo por última vez. Diego todavía parecía eterno.  Quizás ese sea el privilegio doloroso que tenemos ahora con Messi: saberlo antes. Poder mirarlo sabiendo que se va. Poder cantar su nombre mientras todavía está ahí. Poder despedirlo mientras todavía podemos decirle gracias. Porque algunas generaciones tienen la suerte de ver a los artistas. Y unas pocas, todavía más afortunadas, tienen la oportunidad de despedirlos sabiendo exactamente lo que están perdiendo.  

La Argentina que necesitaba a Diego

Hay países que tienen héroes. Hay países que tienen presidentes, próceres, monumentos, himnos. Y está Argentina, que durante medio siglo decidió guardar una parte de su identidad en la zurda de dos hombres. No es una exageración. Tampoco es exactamente una metáfora.

Despedida de Maradona en Salta Despedida de Maradona en Salta

La Argentina de Diego era una Argentina convulsionada, todavía necesitada de una revancha. Una Argentina que buscaba orgullo en el barro y que encontraba en Maradona una especie de último argumento. Diego no solamente jugaba. Diego discutía. Con los árbitros, con los poderosos, con los periodistas, con los dirigentes, con los que silbaban el himno y con cualquiera que pretendiera decirle cómo debía comportarse. Pero también discutía con nosotros. Nos decía, a su manera, que un argentino podía plantarse frente al mundo, mirarlo de frente y no pedir permiso. Que también se podía ganar desde el barro, desde la bronca, desde el lugar de los que nunca habían tenido demasiado.

Por eso, cuando cayó Diego, no cayó solamente un futbolista. Cayó una manera de plantarse frente al mundo.

“Me cortaron las piernas”

Fue en Boston, el 25 de junio de 1994. Argentina acababa de ganarle a Nigeria y Maradona había vuelto a parecerse al Maradona que todos esperaban. Pero después del partido llegó el control antidoping. Un positivo por efedrina. Una suspensión. La salida del Mundial.

El 30 de junio de 1994, Maradona habló con Adrián Paenza. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Había prometido no llorar delante de las cámaras, pero no pudo.

“Me cortaron las piernas”, dijo.

Y fue mucho más que una frase: fue la manera más exacta que encontró para explicar lo que estaba pasando. Porque a Diego no lo habían retirado. Lo habían sacado.

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No hubo despedida, ni última vuelta olímpica, ni tiempo para comprender que aquella era la última vez. No hubo una pelota que se detuviera después de un pitazo final. Hubo una enfermera, un control antidoping, un positivo, una conferencia de prensa y un avión que ya no lo llevaría de regreso a la cancha.

“Quiero que quede claro a los argentinos que no corrí por la droga, que corrí por el corazón y por la camiseta”, dijo entonces.

Argentina perdió después con Bulgaria y quedó eliminada ante Rumania, pero el resultado fue casi un detalle. Lo que dolía era otra cosa: nos habían sacado a Diego. Y nadie sabía todavía cómo iba a ser el fútbol sin él.

El chico que no parecía un héroe

Pasaron los años. Cambió el país, cambió la televisión, cambió el fútbol y cambió también la manera de mirar fútbol. Llegaron internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales, las repeticiones infinitas. Y apareció Lionel Messi.

No entró como Maradona. No hubo incendio, ni trueno, ni un personaje dispuesto a pelearse con el mundo. Hubo un chico. Un chico que parecía jugar en otra velocidad, como si el resto todavía estuviera tratando de entender qué acababa de hacer.

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Messi debutó con la Selección mayor en 2005, en Budapest. Tenía 18 años. Entró con la camiseta número 18 y duró apenas 40 segundos en la cancha antes de ser expulsado. Después llegaría la 10. Y con ella, inevitablemente, la comparación.

Las derrotas que parecían no terminar

Messi tuvo que atravesar derrotas que parecían no terminar nunca. La final del Mundial de Brasil 2014. Las finales de las Copas América de 2015 y 2016. En aquella última, después de perder por penales ante Chile en Nueva Jersey, dijo: “Para mí la selección terminó”.

Pero volvió.

Y entonces ocurrió algo extraño: Messi dejó de intentar ser Maradona y Argentina empezó, finalmente, a dejarlo ser Messi. 

Primero llegó la Copa América de 2021. El Maracaná. Brasil. El 1-0. Messi arrodillado, los compañeros abrazándolo y una sensación que parecía imposible: la herida empezaba a cerrarse.

Después vino Qatar. Y ahí sí.

Ahí el fútbol decidió que ya había hecho esperar demasiado. La Copa del Mundo, la final, los goles, la tensión, la angustia, la pelota en los pies de Messi y, finalmente, la copa levantada.

Millones de argentinos mirando una pantalla con la certeza de que acababan de asistir a una escena que iban a contar durante el resto de sus vidas.

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Porque también de eso se trata una Selección: de fabricar recuerdos. Los padres que cuentan México 86, los hijos que cuentan Qatar; los abuelos que hablan de Kempes, los chicos que hablan de Messi. Una misma camiseta atravesando generaciones. Una misma diez pasando de mano en mano.

La camiseta que no pudo retirarse

Quizás por eso la número 10 de la Selección dejó hace tiempo de ser simplemente un dorsal. Después de Maradona, la camiseta quedó cargada de una responsabilidad que ningún reglamento podía explicar.

Hubo incluso un intento de retirarla. En 2001, la AFA quiso que la 10 dejara de utilizarse en homenaje a Diego y llevó la idea hasta la FIFA para el Mundial de Corea-Japón 2002. La propuesta no prosperó. Ariel Ortega utilizó la 10 en las Eliminatorias y, después, la camiseta volvió a circular.

Y entonces ocurrió algo que nadie había imaginado: la tomó Messi. Quizás ese haya sido el homenaje más grande que recibió Maradona. No retirar la camiseta. Entregársela a otro artista.

Porque la camiseta 10 no necesitaba un museo. Necesitaba seguir jugando.

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Messi se despide de otra manera

Y ahora Messi se va de la Selección de otra manera.

No hay una enfermera, ni una puerta cerrándose de golpe, ni una conferencia en la que un hombre diga que le cortaron las piernas. Hay una carta. Una hoja escrita a mano. Una lapicera con un giratiempo de Harry Potter. Un detalle casi infantil para despedirse de una historia enorme, como si pudiera volver atrás y vivir nuevamente algunos de esos días que ya no volverán.

Messi escribió: “Me vacié, ya no tengo más para dar”.

Y esa frase tiene algo que la de Diego no tenía: la serenidad del que pudo elegir. Diego no pudo despedirse. A Messi le tocó hacerlo. Diego fue expulsado de su propia historia. Messi decidió cerrar la puerta.

Uno se fue diciendo que le habían cortado las piernas. El otro se va diciendo que se vació.

Dos frases. Dos hombres. Dos Argentinas.

Dos Argentinas, dos maneras de ser héroe

La Argentina de Diego necesitaba un héroe. La de Messi necesitaba una explicación. Diego llegó cuando todavía creíamos que un hombre podía cargar sobre los hombros el orgullo de un país. Messi llegó cuando empezamos a desconfiar de todo, incluso de nuestros propios héroes.

Diego era exceso. Messi fue insistencia. Diego gritaba. Messi hablaba con la pelota. Diego parecía querer comerse al mundo. Messi parecía querer encontrarle un agujero.

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Pero había algo que los unía y que ninguna estadística puede explicar: ambos tenían esa cosa inexplicable que tienen los artistas. Esa capacidad para hacer algo que, visto después, parece sencillo. Un pase, una gambeta, un control, un movimiento de cintura, un segundo en el que el tiempo parece detenerse para que ellos hagan lo que nosotros jamás podríamos hacer.

Fernando Signorini, que trabajó con ambos, lo explicó de una manera mucho más sencilla: no los comparaba. Los disfrutaba. Quizás esa sea la única manera sensata de hablar de ellos.

No compararlos. Agradecer.

La memoria no guarda estadísticas

Hubo un tiempo en que este país discutía quién había sido mejor. Maradona o Pelé. Maradona o Messi. Messi o cualquiera. Como si el arte pudiera medirse con una regla, como si hubiera una tabla donde figurara cuánto vale un recuerdo.

Pero hay cosas que no se pueden comparar porque pertenecen a momentos distintos de nuestras vidas.

Para algunos, Diego será siempre México 86. Para otros, Italia 90. Para otros, aquella caminata con la enfermera. Para otros, una camiseta, una canción, una frase.

Messi será Qatar. Será el Maracaná. Será aquella final perdida en Brasil. Será el penal errado contra Chile. Será la Copa levantada. Será el abrazo con sus hijos. Será la voz de un relator quebrándose. Será un padre levantando a su hijo frente al televisor. Será un chico pateando contra una pared intentando imitar una zurda imposible.

Así funciona la memoria. No guarda estadísticas. Guarda escenas.

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Argentina pierde al último artista

Tal vez lo que estamos despidiendo no sea solamente a Lionel Messi. Tal vez estemos despidiendo una manera de mirar el fútbol. Una manera en la que todavía esperábamos que apareciera alguien capaz de detener el tiempo.

La Selección seguirá teniendo jugadores extraordinarios. Habrá atletas, velocistas, defensores capaces de jugar a cualquier intensidad, mediocampistas que correrán kilómetros, delanteros que harán goles. Habrá nuevos capitanes, nuevos ídolos, nuevos chicos que aprenderán a jugar con la camiseta que alguna vez usaron Diego y Leo.

Pero el artista no aparece por entrenamiento. No se fabrica, no se compra, no se hereda. A veces, simplemente, aparece.

Y durante casi cuarenta años Argentina tuvo la fortuna improbable de tener dos.

Uno se fue diciendo que le habían cortado las piernas. El otro se va diciendo que se vació.

Entre esas dos frases hay una vida argentina. Hay un país que cambió, padres que envejecieron, hijos que crecieron, chicos que nacieron después de Maradona y conocieron la felicidad con Messi. Hay otros que vieron a los dos. Y quizá ellos sean los verdaderos privilegiados, porque podrán contar que alguna vez hubo una Selección argentina que tuvo dos veces la suerte de encontrar a un hombre capaz de hacer que la pelota pareciera otra cosa: algo parecido a la música, algo parecido a la literatura, algo parecido a la patria.

Ahora la 10 queda ahí, sobre una camiseta, esperando. No es de Diego. No es de Messi. Nunca fue de ellos. Ellos apenas tuvieron el privilegio —y nosotros, el nuestro— de vestirla.

Los artistas, cuando se van, dejan una obra. Pero también dejan un vacío. Uno que no se llena. Uno que se mira. Uno que se recuerda. Uno que, de vez en cuando, vuelve a gambetear en la memoria.

Y entonces entendemos que tuvimos suerte.

Mucha suerte.

Porque nos tocó vivirlo.

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