Resumen para apurados
- La escritora Silvina Rocha presentó 'La deslumbradora' (Planeta), una obra que busca revalorizar la figura histórica de la artista tucumana Lola Mora.
- El libro aborda la trayectoria de la escultora desde un enfoque singular, explorando su carácter disruptivo y sus facetas menos conocidas en la historia argentina.
- La obra promete renovar el interés cultural y literario por el legado de Lola Mora, aportando una nueva mirada sobre el rol de las mujeres pioneras en el arte.
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Hay mujeres difíciles de encasillar. Silvina Rocha considera que Lola Mora es una de ellas. Escultora, empresaria, viajera, trabajadora incansable y, en muchos sentidos, una mujer adelantada a su tiempo, Lola Mora atravesó los salones del poder, se codeó con las elites de Buenos Aires y de Roma y terminó sus días prácticamente en soledad. Entre esos extremos de una vida extraordinaria se mueve “La deslumbradora”, novela con la que Rocha vuelve sobre la figura de la artista para recuperar, desde la ficción, una voz que la historia dejó muchas veces en silencio.
“No pretende ser una biografía”, advierte Rocha durante una charla que se desarrolla a la distancia, pero con una salvedad: aunque vive en Buenos Aires, Rocha no reniega de su tucumanidad de origen. Aquí nació, y siendo ella muy chiquita su familia dejó la provincia. Un elemento más para explicar el vínculo con Lola Mora.
Lo que construyó Rocha en “La deslumbradora” es un territorio intermedio, en el que los datos históricos conviven con la imaginación y los silencios documentales con una voz inventada que procura devolverle autenticidad al personaje. En ese juego aparece un periodista ficticio, Expósito, que entrevista a Lola Mora y le permite responder preguntas que la propia autora hubiera querido hacerle.
“Lo primero que hice fue armar como un mapa de la vida de ella, estableciendo qué cosas fueron sucediendo en cada año”, explica Rocha. Ese mapa cronológico fue una herramienta fundamental para preservar el anclaje histórico de la novela. Los viajes de Lola a Europa, sus estadías en Buenos Aires y en Italia, los nombres de familiares y amigos y otros acontecimientos comprobables fueron respetados. Pero allí donde los documentos escasean comienza el territorio de la ficción.
¿Por qué Lola Mora?
Rocha había puesto sus ojos sobre ella mucho antes de imaginar que escribiría una novela. Cuando grabó un disco dedicado a mujeres que admiraba -entre ellas Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni y Eva Perón- había compuesto también una canción sobre la escultora tucumana. El tema finalmente no fue incluido en el álbum, pero la figura de Mora quedó dando vueltas. “De todas las mujeres deslumbrantes, valientes e increíbles que existen, ella es la más rara de todas para mí”, sostiene. La palabra “rara” no tiene un sentido peyorativo, porque Rocha la utiliza para señalar lo difícil que es definir a una mujer que parece escapar de cualquier categoría. “No la podés encasillar en ningún lado -sostiene-. Por ejemplo, fue feminista sin habérselo propuesto, sin siquiera pensar en eso”.
Además, Lola Mora puso el cuerpo en una época en la que eso también constituía una transgresión. Su pasión por el trabajo atravesó toda su existencia, incluso después de abandonar o relegar la escultura. En Salta llegó a involucrarse en la explotación de minas en busca de petróleo. Es un contraste poderoso entre la artista que llegó a relacionarse con sectores de la alta sociedad porteña y romana y terminó aislada, lejos de aquel mundo de reconocimiento. “Terminó más sola que los perros”, resume Rocha. Ese arco vital es, precisamente, uno de los motores de la novela.
Documentos y mitos
La ausencia de documentos personales constituye uno de los grandes enigmas alrededor de Lola Mora. Se conservan algunas cartas vinculadas con su trabajo y sus encargos, pero prácticamente no ha aparecido correspondencia privada. En cambio, la prensa ofrece el reverso de ese silencio. Si los archivos personales son escasos, los diarios de la época escribieron mucho sobre ella. Rocha recupera especialmente el trabajo de esos cronistas; incluso la escena inicial de la novela -el encuentro de Expósito con Lola junto a la Fuente de las Nereidas, en un día de lluvia- tiene un origen periodístico.
“En realidad lo relata José Armando Costantino, a quien yo dedico el libro -cuenta-. Amo el mundo del periodismo. Sería un oficio que me gustaría hacer. Si naciera de nuevo, por ahí tendría que ser periodista”. Por eso, la reconstrucción de una redacción de aquellos años fue uno de los aspectos que más disfrutó durante la escritura. “Era como meterme en una película”, dice.
El periodista Expósito funciona como una suerte de puente entre el presente de la autora y el pasado de Lola Mora. “Él va haciendo las preguntas que me hubiera gustado hacerle a Lola -destaca Rocha-. En ese personaje encuentro la posibilidad de que ella vaya develándose bajo su propia voz”, afirma. Y detrás de ese propósito aparece otro, más explícito: rescatarla del olvido.
Aquí cabe el enojo de Rocha por lo que considera una injusticia histórica, recordando el destino de buena parte de la obra de Lola Mora en Buenos Aires, desmembrada o desplazada, y las descalificaciones que recibió tras el final del gobierno de Julio Argentino Roca, quien fue su protector: “los radicales llegaron a decir que ella había hecho unos adefesios... Me da una bronca...”
Según Rocha, la condición de mujer fue determinante. El episodio de la Fuente de las Nereidas -retirada del emplazamiento frente a la Catedral porteña por la presencia de desnudos- resulta paradigmático. “Estoy segura de que si la hubiera hecho un hombre muy posiblemente no hubiera pasado eso”, sostiene, aunque reconoce que se trata de una interpretación y no de una certeza demostrable.
El escenario
“La deslumbradora” transcurre entre 1934 y 1936, durante los últimos años de la vida de Lola Mora. Ese período le permitió a Rocha construir un escenario histórico que excede la presencia de la escultora. La “década infame” aparece como telón de fondo, con la llegada del Graf Zeppelin, la muerte de Carlos Gardel, los grupos literarios de Florida y Boedo; mientras Borges y distintas figuras de la música y de la cultura popular se incorporan al relato.
La autora disfruta especialmente de ese juego de contemporaneidades. Mientras construía la novela descubría que determinados personajes que ella admiraba habían vivido simultáneamente y podían, al menos desde la ficción, cruzarse con Lola.
“Fue muy gratificante eso porque fue como armar una película”, cuenta. Esa dimensión cinematográfica también aparece en su manera de escribir. Hay mucho diálogo, descripciones visuales y capítulos breves. La narración avanza con ritmo ágil, como si la cámara cambiara de escena.
La novela tuvo incluso un título diferente durante buena parte del proceso. Originalmente se llamaba “La bailarina”, en referencia a una pequeña escultura de Lola Mora que realmente existe y que actualmente se conserva en un museo de San Isidro.
La pieza, de apenas 15 centímetros, atraviesa parte de la trama y permite introducir a Jacinto Valor, otro personaje relacionado con la historia de la artista.
Finalmente, la editora propuso “La deslumbradora”, título que recupera los nombres que Lola había dado a algunas de las minas que arrendó en el norte: “La Deslumbradora”, “La Tentadora”, “La Constancia”... Para Rocha, esos nombres terminan funcionando como un retrato indirecto de la propia artista. “Hablan más de ella que cualquier otra cosa”, dice. Como si esas palabras -difícil, deslumbradora, tentadora, constante- pudieran condensar una personalidad que se resiste a cualquier definición.
En acción
La novela comenzó a tomar forma mucho antes de que Rocha se sentara definitivamente a desarrollarla. Alrededor de 2019 comenzó a investigar y leer materiales sobre Lola Mora, pero fue en 2023 cuando se concentró en la escritura.
En ese proceso contó con la ayuda de una colega especializada en guiones y en ficción histórica. Rocha reconoce que necesitaba cierta estructura para ordenar una manera de trabajar que define como bastante desordenada.
“Hay escritores que no se sientan a escribir hasta que no tienen en la cabeza cómo va a ser todo. No es mi caso -admite-. Muchas veces me pongo a escribir y no sé cómo terminan las cosas. Sé por dónde voy a ir, pero no lo tengo tan fijo”.
El resultado es la consecuencia de una búsqueda que llevaba años madurando. La novela nació de una fascinación que primero se expresó en la música y terminó encontrando en la literatura una forma más extensa para desplegarse. Es así que la historia de Lola Mora encuentra, de algún modo, un espejo en la propia trayectoria de Rocha. La escritora comenzó vinculada al tango y durante años intentó sostener una carrera que no siempre le devolvió lo que esperaba.
“Me la pasé pagando para tocar. Me produje mi propio disco y, en general, no lograba vivir de la música”, cuenta. La literatura apareció casi de manera fortuita. Había escrito siempre, participado en talleres y leído mucho, pero nunca había pensado que pudiera convertirse en un oficio. Hasta que comenzó a publicar libros para chicos. El primero obtuvo premios y fue incorporado al Plan Nacional de Lectura, con distribución en todo el país. Ese reconocimiento funcionó como un impulso decisivo.
“Fue un espaldarazo enorme y dije: ‘ah, qué bueno esto’”. Poco a poco, la literatura fue ocupando el espacio que antes tenía la música. “La deslumbradora” representa, además, su primera novela destinada a adultos.
De aquí en más...
Ahora Rocha quiere regresar a la música. Está intentando terminar aquella canción sobre Lola Mora que quedó inconclusa tantos años atrás y que podría finalmente ser grabada. La decisión tiene algo de deuda pendiente y algo de desafío personal.
Quizás allí haya otra coincidencia con Lola Mora. La escultora tucumana que Rocha reconstruye en “La deslumbradora” fue una mujer que hizo del trabajo una forma de vida y que desafió, a fuerza de perseverancia, las fronteras que su época había trazado para ella. La escritora, que transita entre la literatura y la música, parece reconocer en esa voluntad algo de sí misma.








