Luego que el IPC de mayo mostrara una menor alza que la del mes anterior no es probable que cambie la política para enfrentar la inflación pese a la recomendación del Fondo Monetario Internacional en su informe del mes pasado de abandonar agregados monetarios y usar metas de inflación.
Agregados plantea que el banco central maneja la emisión de dinero, directamente a través de la base monetaria e indirectamente mediante los encajes que impone a los bancos. La cantidad de dinero también depende de las aperturas del comercio exterior y la cuenta capital de la balanza de pagos así como del régimen cambiario, pero la idea es que el banco central domina la oferta de dinero para influir en el nivel general de precios.
Tal estrategia se basa en que la demanda por dinero es estable. Ella no es la pretensión de ganar más sino cuánto del ingreso se quiere mantener en forma de dinero, como liquidez con poder de compra. No significa capacidad de ahorro. Una persona puede necesitar gastar mensualmente el cien por cien de su ingreso, pero lo importante es la distribución en el tiempo; no es igual gastarlo completo en un día que a lo largo del mes. En el primer caso la demanda sería menor que en el segundo. Entonces, si se emite más dinero del que las personas demandan la diferencia irá a mayor búsqueda de bienes y si la oferta de ellos no es capaz de atenderla habrá presión sobre los precios.
El gobierno eliminó la principal fuente local de emisión, el déficit fiscal, pero siguen otras; por ejemplo, en creación primaria de dinero la compra de dólares por el Banco Central y el pago de obligaciones que tuviera con bancos privados, en creación secundaria los créditos bancarios al sector privado. Así, la base monetaria pasó de crecer un cien por cien anual en noviembre 2023 a 35 por ciento en marzo 2026 y M2, donde aparece la emisión secundaria, de 114 por ciento anual en noviembre 2023 a 21 por ciento en marzo 2026.
Pero según el FMI cuando la inflación disminuye los agregados monetarios pierden relación con los precios. Usarlos sería como hacer sintonía gruesa, metas de inflación sería sintonía fina. Esta última combina expectativas con manejo de la demanda por dinero. El banco central anunciaría un objetivo de inflación y usaría las tasas de interés para influir en lo demandado. La meta declarada anclaría expectativas para que nadie se cubra con aumentos exagerados de precios y la suba o baja de la demanda por dinero influiría en el gasto total y así en el IPC. Para lograrlo, la autoridad monetaria fijaría una tasa de interés de referencia, por caso la que cobra a los bancos por prestarles dinero, y ella incidiría en las que las entidades financieras paguen y cobren a sus clientes quienes pedirían o depositarían dinero y habría mayor o menor cantidad de moneda presionando precios según la necesidad.
En muchos países esta herramienta funcionó decentemente, como en Chile o Colombia, pero en Argentina no. Es que ella puede tener fundamentos correctos pero su operatividad depende de contextos y pericia. Por ejemplo, el instrumento de la tasa de interés es muy burdo cuando los valores nominales son altos. Aunque lo importante sea la tasa real de interés la inflación de dos dígitos anuales dificulta la precisión. También interfiere la variabilidad de tasas cuando en el mercado se transan títulos públicos cuyos precios reflejan todavía un elevado riesgo país y para peor diferente según las fechas de vencimiento, como ahora; aquellos a pagar dentro del actual mandato presidencial tienen menor riesgo (y menor tasa implícita) que los que vencen después.
Otro punto es el tamaño del mercado financiero, por el que corre la influencia. Aquí Argentina está complicada. Según datos del BCRA el total de la población adulta está bancarizada pero la proporción de crédito al sector privado es baja: equivale al trece por ciento del PIB cuando en Chile y Brasil se mueve entre el 50 y el 70 por ciento; y entre otros datos locales, un 70 por ciento de las transacciones se hace en efectivo y un 55 de los usuarios de cuentas elige las billeteras virtuales como medio de pago e inversión. Esto es, el influjo bancario (y de la tasa de interés) sería bajo. Además, intentar disminuir la inflación incrementando la tasa de interés puede encarecer el endeudamiento público futuro (como para roll over) y acarrear presión sobre el dólar y alza de precios si aparece desconfianza.
La experiencia argentina transcurrió durante el gobierno de Mauricio Macri. Un motivo de su fracaso fue la falta de ajuste de los precios relativos, cuyos reacomodos impactaron en el IPC más allá de las metas debilitando la credibilidad. Actualmente ese punto está mejor pero no completamente resuelto debido a las tarifas de servicios públicos aún atrasadas. Además, las metas fueron poco creíbles por ambiciosas y hoy el gobierno es como mínimo grandilocuente. Otro punto en contra antes fue la percepción de falta de independencia del BCRA y resulta que el actual Ministro de Economía también hace anuncios monetarios y cambiarios. Sí es diferente la política fiscal, altamente restrictiva no como hace diez años.
Conceptos finales: la observación del Fondo de la pérdida de eficacia de la política de agregados monetarios tiene una falla. En el mes a mes parece correcta porque cambios en el precio del petróleo o sequías serían casi imperceptibles mensualmente con inflaciones anuales de tres dígitos pero notorias cuando la variación mensual del IPC ronda el dos por ciento. Sin embargo, no es caída del impacto monetario; la inflación es un fenómeno de largo plazo y la relación con la oferta monetaria sigue existiendo. Entonces, la pretensión del FMI no sólo luce complicada de aplicar en la actualidad sino que suena a ingeniería social, lo que no es sano.










