
La ideología dominante parece empujarnos a saber de todo y a estar permanentemente hiperinformados. Pero esa aspiración encierra una trampa: lejos de ampliar la comprensión del mundo, muchas veces nos deja apenas rótulos o consignas elementales. El viejo refrán lo advierte con claridad: “el que mucho abarca poco aprieta”. El hombre actual padece una creciente dispersión mnémica. Cada vez le resulta más difícil abarcar la infinidad de asuntos, datos e informaciones que le exige la exuberante cultura consumista y del espectáculo. Esta disgregación de la memoria responde, entre otras cosas, a la hiperestimulación mediática, a la feroz competitividad y a la superficialidad que atraviesa la vida contemporánea. La fascinante tecnología -internet, redes sociales, inteligencia artificial- igualmente contribuye a este fenómeno. En este contexto, el tiempo, la memoria y hasta el deseo de profundizar se vuelven escasos. La estrategia más habitual consiste en saber un poco de muchas cosas y reservar la mirada profunda para lo que realmente interesa o para la propia actividad. Sin embargo, la superficialidad tiene un costo: cuanto menos se profundiza, más fácil resulta ser engañado -o autoengañarse-, porque las causas de lo que ocurre rara vez se encuentran en la superficie. Cuestionar ese mandato de saber casi nada de mucho podría aliviar esa atadura mental. Aunque conviene recordar que existe una tendencia muy humana hacia la simplicidad. Ya lo señalaba el filósofo escocés David Hume: en la base de muchos razonamientos equivocados suele estar precisamente esa inclinación.
Jorge Ballario
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