
Este año de intensas lluvias comenzó con una tremenda consecuencia en el patrimonio tucumano. El campanario de la antigua iglesia de la Candelaria, en Villa Chicligasta, se derrumbó a fines de enero, a causa de las tormentas que azotaron especialmente esa zona de la provincia. No quedaron más que escombros de la torre de adobe. La iglesia data de 1797 y está declarada monumento histórico nacional desde 1941. El derrumbe, por cierto, estaba considerado como posibilidad desde que aparecieron grietas en la construcción en 2019, razón por la que las misas se realizaban en la calle, no dentro del templo. De hecho, se estaban llevando a cabo tareas provisorias de refacción en la iglesia mientras se esperaba que se resolvieran pedidos de reparaciones estructurales, frenados por diversos motivos. Ahora que se ha producido el daño, se ha anunciado que se ha de llevar a cabo un proyecto que en 12 meses va a restaurar la vieja iglesia.
Es del caso analizar la significación que para el patrimonio de la provincia tiene esta emergencia, ya que muestra por un lado los riesgos que hay con respecto a edificios que requiere el arquitecto Ricardo Salim -vinculado a la comisión de Bienes y Monumentos y representante de la Comisión de Patrimonio-. “Entre 2023 y 2024 se realizaron los trámites para obtener esos fondos, pero se detuvieron cuando el gobernador Juan Manzur pidió licencia. En 2024, envié al entonces ministro de Obras y Servicios Públicos, Santiago Yanotti, todos los detalles para que se recuperaron los fondos, especialmente ante la situación del cambio de Gobierno nacional. Ese cambio no nos favoreció. Los fondos ya no se podían conseguir. Desde entonces... la tarea diaria fue tratar de lograr esta obra. No se logró”.
En 20024 se habían llevado a cabo tareas de refacción menores. “Se renovó completamente la parte interna y se colocó luminaria nueva. Todo el trabajo interior quedó prácticamente nuevo”, dijo el comisionado Emilio González. Pero ahora ocurrió el desastre.
El mantenimiento de los viejos edificios es arduo. Se puede comprobar con el largo proyecto de reparaciones de la iglesia de San Francisco, en el corazón de la capital tucumana, que requiere aportes de particulares y que lleva unas dos décadas. Hace dos años se reinauguró el Museo de La Banda y su intervención llevó 18 años de gestión, contó Salim, quien dijo que se hizo declarar monumentos históricos al teatro Alberdi, al teatro San Martín y a la Casa de Gobierno cuando esta cumplió 100 años. Hay pedidos para proteger como patrimonio los edificios que rodean la plaza Independencia y otros como las ruinas de Ibatín. “El problema es que cuanto más edificios tienes, más demanda de cuidados existe. Hemos pedido también que se declare monumentos a la Villa Obrera y los Talleres de Tafí Viejo. He mandado el pedido a la Nación y también está en trámite”, expuso en su momento Salim. “Todos los edificios son de más de 100 años. Es decir que tienen riesgos....En rigor a los edificios todo el tiempo hay que hacerles mantenimiento”.
Este es el eje central del patrimonio y muestra la crisis al respecto. Hay edificios vallados -como el ex banco de la esquina de Maipú y San Martín o el ex Buen Pastor- y otras edificaciones distantes, abandonadas o semiabandonadas. Acaso resulta casualidad que otras, como la iglesia de San Ignacio de La Cocha se encuentren en condiciones aceptables.
La política patrimonial debe equilibrar la protección de los monumentos que resguardan nuestra historia y nuestra identidad, para evitar que vayan a ser demolidos por el permanente cambio y el progreso, y prever las formas de cuidarlos del deterioro que generan el paso del tiempo y el olvido.




