La ficción es tirarse al vacío

El primer libro de cuentos de la escritora y docente Natacha Garbushian, publicado por Funga Editorial, fue presentado en la tercera feria de libros de Amaicha del Valle, en el marco de un verano literario diverso y extenso.

La ficción es tirarse al vacío
Hace 1 Hs

Por Leticia Martínez

Si el lenguaje es el mundo, pienso cuáles son esos lenguajes que traen estos relatos. Aquello que nos habla o que hace hablar en los textos.

Terciopelo negro tiene once relatos breves que vienen a contar, decir y hacer aparecer el mundo desde una poética del lenguaje. Desde la palabra en toda su fuerza. Es un alivio leer un libro así, encontrarse con historias que son empujadas desde la lengua. Estas historias tienen su propia lengua, su propio sistema de signos que no intenta agradar ni quedar bien. A ese lenguaje no le importa ser sino más bien estar siendo. Y cuando me refiero a la lengua la pienso en toda su amplitud: tonos, oralidad y construcciones gramaticales.

Pero, ¿qué es un lenguaje? No creo que sea sólo ese sistema de signos que aceptamos, que nos fue dado y que moldeamos y nos moldea, eso que habla a través nuestro. En la literatura, un lenguaje tiene que ser una interferencia. Eso sucede con los textos de Terciopelo negro. Este libro inventa un modo de decir que es, a la vez, un modo de estar, un modo de ir siendo y de no ir siendo. Eso que sucede con estas historias no es fácil de lograr: es un libro que habla.

Celebro el gesto arriesgado de Natacha de poner a hablar a los sueños, a los miedos, a la montaña y a quienes la habitan, a la violencia, a lo que está vivo. Celebro el rito artístico de correrse de una misma para que hablen las historias.

La ficción es tirarse al vacío

Estos cuentos tienen una potencia que los vuelve singulares: construye mundos a partir/desde el lenguaje. Y así, inventa su propia lengua. Cuando comencé a tomar estas notas, aparecieron los fragmentos de los relatos como si fueran versos de poemas. Porque la poética que desarrollan estos textos es tan singular que hasta podrían pensarse como pequeños poemas. Es decir, como artefactos o dardos que se arrojan al tiempo y lo fracturan.

“Ventilando esos pómulos aduraznados

le pude oler el secreto

qué cosa hermosa el silencio

mirà todos estos colores que tiene el pasto”.

Lo que celebro aún más es que estos relatos no intentan traducir, representar o reproducir una lengua, hacen algo mejor: la inventan. Y eso es lo que debe hacer la ficción (si es que debe hacer algo): tirarse al vacío, correrse de lo establecido y hacer lugar para lo que acontece. Sin saber bien qué o por qué. Tirar una palabra, tirar otra y otra. Estar siendo, ir siendo. Un puñado de cuentos como vehículo de eso que no sabemos y ahí está.

Como dice la voz narrativa en el cuento “Desborde”: la fragilidad te lleva a la potencia abierta.

Este es un poema realizado, de forma caprichosa, con fragmentos de los relatos:

Quieren todo ya

una tarde suave y rosada, sin dolores, como esos días que ya no tengo, Quiero morir muchas veces

Estoy enamorada

de las nubes oscuras

del amor subtropical.

Crece un tucán negro

dentro de mí.

Mientras chupan alguna enfermedad

le muestran los dientes al sol

mientras fosforece la suciedad que lame la base de la montaña

infectándola suavemente.

Extinguirse o integrarse.

No.

Nadar a contracorriente.

Parece una esmeralda infinita

¿Me escuchas desde ahì?

Tampoco sé qué haría sin vos. Sin tu dolor.

Infinidad de montañas a la vuelta

me dicen que me ponga a cortar grasa en pedacitos

colgado el pelo con cuero de un animal felino grande

separando la carne del hueso

aserrando la vaca, salpicando sangre.

Tengo los pulmones llenos de vira vira

León muerto, León yo, León, hermoso nombre.

Se nos hiela el estómago

el agua helada parece

agua hervida, me quema.

Mareo, Mareo, Mareo.

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