El fútbol y su deuda pendiente: luchar contra el racismo

Hace 6 Hs

Las sociedades estructuralmente discriminatorias no pueden sino engendrar una cultura de masas que replique sus propios vicios. En el fútbol, ese espacio donde las pasiones suelen desbordar la razón, los rasgos más virulentos de la intolerancia encuentran un terreno fértil para manifestarse. Mientras está en pleno proceso de investigación,  lo ocurrido recientemente en el Estádio da Luz durante el duelo de Champions League entre Benfica y Real Madrid no aparece como un hecho aislado, sino la potencial confirmación de que el campo de juego sigue siendo un escenario de impunidad donde la dignidad humana se sacrifica en nombre de una rivalidad mal entendida.

El incidente protagonizado por el brasileño Vinicius Jr. y el argentino Gianluca Prestianni ha devuelto al centro del debate una realidad incómoda: el racismo no sólo habita en las tribunas, sino que late en el césped, entre colegas de profesión. Según las denuncias y el testimonio de Kylian Mbappé, el término “mono” fue proferido repetidamente bajo el cobijo de una camiseta que tapaba la boca del agresor. Este gesto, taparse la boca, es la metáfora perfecta del racista contemporáneo: un individuo que, consciente de la reprobación social, busca el anonimato del gesto cobarde para herir profundamente al “otro”.

Es alarmante observar la reacción institucional. Mientras la UEFA inicia investigaciones y la FIFA, a través de Gianni Infantino, manifiesta su “tristeza” y solidaridad, el club Benfica ha optado por un camino peligroso: el corporativismo de la negación. Al intentar desestimar el episodio bajo el argumento de que “no hay pruebas auditivas” debido a la distancia, la institución prioriza evitar una sanción deportiva por encima de la integridad ética. Esta postura refuerza la idea de que, para muchos clubes, la lucha contra el racismo es una carga de relaciones públicas y no un compromiso moral.

En el contexto sudamericano, donde la Conmebol impulsa campañas bajo el lema “Basta de Racismo”, el problema adquiere matices de invisibilización. Se suele argumentar que estas agresiones son parte del “folclore” del fútbol o una simple falta de corrección política. Pasa en las canchas argentinas en general, y puntualmente en las tucumanas. Sin embargo, el racismo que habilita el insulto es el mismo que legitima la violencia física. Hay que ser directos con este tema: el racismo mata, y permitir que el insulto salga “gratis” es pavimentar el camino hacia tragedias mayores.

Poner en palabras la experiencia de la mayoría es fundamental para poder cambiar el estado de cosas. El sistema es impiadoso frente al silencio. Hay que marcar a los insultos como actos de racismo condenables, no como policía del lenguaje, sino para develar la existencia de un fenómeno que es necesario seguir abordando.

El fútbol debería ser un puente de integración, un espacio donde el talento no conozca fronteras ni colores de piel. Sin embargo, mientras los organismos se limiten a protocolos de ocho minutos y declaraciones de buena voluntad, el intolerante seguirá encontrando refugio en el deporte. No se trata sólo de aplicar reglamentos, sino de entender que el fútbol, como reflejo social, nos está advirtiendo que no estamos mejorando como humanidad. Si el deporte más popular del mundo no es capaz de erradicar la discriminación de raíz, seguiremos asistiendo a jornadas de tristeza y estupor en las que la pelota rueda, pero la dignidad humana queda estancada en el barro de la intolerancia.

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