COMPAÑERISMO. Lucas y Paula trabajan codo a codo en el emprendimiento que construyeron en su casa. / GENTILEZA DE PAULA ACOSTA

“Amar no es mirarse el uno al otro, es mirar juntos en la misma dirección”, escribió Antoine de Saint-Exupéry en Tierra de hombres. En el frente de su casa, donde funciona su pizzería en Alderetes, esa frase no está escrita en ninguna pared. Pero se ve. En cómo se mueven sin hablar, en cómo uno alcanza lo que el otro necesita, en cómo organizan el despacho, acomodan el mesón y responden pedidos casi en sincronía. En este Día de los Enamorados no van a salir a cenar ni van a brindar con copas en una terraza. San Valentín los va a encontrar con el horno encendido y el celular vibrando. Y lejos de sentir que se pierden algo, sienten que están exactamente donde quieren estar.
Diferentes pero en equilibrio
Paula Acosta, de 28 años y Lucas Aguilar, de 24, están hace cinco años juntos. Y si algo repiten mientras hablan, es que son muy distintos.
Paula es más estructurada, más mental, más de pensar antes de avanzar. Lucas es más impulsivo, más optimista, el que empuja cuando las dudas aparecen.
“Hay días en los que la cabeza juega en contra. Es respirar y seguir”, dice ella.Ahí aparece él. Y cuando ese impulso se acelera demasiado, Paula cumple el rol contrario: ordenar, frenar, poner claridad.
Se complementan sin haberlo planificado. Uno empuja. El otro sostiene. Y esa dinámica fue clave cuando decidieron dar el paso que cambió todo.
La decisión que adelantó los tiempos
Antes del emprendimiento, los dos trabajaban en gastronomía. Jornadas largas. Sueldos que no alcanzaban. Cansancio acumulado.
“La vida no es solo un trabajo de ocho horas. A veces te hacen creer que crecer es eso. Y no, no es así”, dice Lucas.
En medio de esa rutina apareció un horno pizzero que terminó de empujar una idea que ya venían masticando.
“Lo pagamos 160 mil pesos. Yo cobraba 220 mil, pero ya pagábamos alquiler y otros gastos. No nos alcanzaba para nada, pero hicimos el esfuerzo y de golpe el horno estaba en casa”.
Con el horno en casa, dejó de ser un objeto y se convirtió en la señal.
“Avisamos que trabajábamos hasta el viernes y renunciamos los dos”, recuerda Paula.
Era 2024 y tenían una sola idea: hacer pizza napolitana en un barrio donde nadie hacía pizza napolitana. “No quería ser uno más vendiendo lo mismo que todos”, agrega él.
No hicieron publicidad. No pagaron promociones. No diseñaron campañas. La pizzería creció de otra manera: primero la probaron conocidos, después empezaron a recomendarla y, sin que ellos lo planificaran, el boca en boca hizo todo.
Hoy el emprendimiento ya está consolidado en la zona y Lucas lo resume simple: “No hay publicidad más fiel que la recomendación de alguien que ya probó tu producto”.
COMPAÑERISMO. Lucas y Paula trabajan codo a codo en el emprendimiento que construyeron en su casa. / GENTILEZA DE PAULA ACOSTA
Así fue creciendo Lukas Pizzería, que funciona en su casa en Alderetes y que en Instagram se encuentra como @luka_spz, sostenida por las recomendaciones de quienes ya pasaron a probar sus pizzas.
Construirse mientras construían
Mientras cuentan esos días, se interrumpen y se ríen. Hablan de deudas, de lluvias que apagaban el horno, de muebles viejos convertidos en mesadas y herramientas que les regalaron.
Lo cuentan liviano, pero están describiendo una etapa profunda: el momento en el que, sin saberlo, se estaban construyendo mientras construían su negocio.
Nada estaba resuelto. Todo estaba en movimiento.
Los primeros días trabajaban a la intemperie. Si llovía, no podían trabajar con comodidad y había noches en las que no vendían.
El tiempo que les cambió la vida
Mientras la pizzería empezaba a caminar, Paula avanzaba con sus estudios en la Universidad Nacional de Tucumán. Se recibió de acompañante terapéutica en diciembre de 2025 y continúa la carrera de Psicología.
“El hecho de manejar nuestros horarios me permitió rendir y terminar. En otro trabajo no hubiese podido”.
El emprendimiento no solo les dio ingresos. Les dio algo que para ellos fue igual de importante: tiempo. Autonomía. Posibilidad de organizarse.
Un amor que también se trabaja
Esta no es una historia de amor de película. Es la historia de dos jóvenes que se enamoraron, que se animaron a apostar por una idea y que, día a día, fueron construyendo con mucho esfuerzo algo que hoy les da un hogar, estabilidad, tiempo y la posibilidad de seguir soñando.
Este sábado no va a haber cena afuera ni fotos con rosas. Va a haber un horno prendido, pedidos por despachar y los dos moviéndose en sincronía, como todos los días.
Y en esa escena simple, cotidiana y real aparece la forma en la que ellos celebran San Valentín: trabajando juntos en el proyecto que, sin buscarlo, también terminó sosteniendo su amor.







