Guardias, familia y escopetas: la historia de un médico tucumano que persigue el sueño olímpico

Entre el consultorio, los torneos y una rutina que no da tregua, Fernando Vidal Sanz construyó una vida donde la vocación, el deporte y los afectos aprendieron a convivir sin pedir permiso.

PRECISIÓN. Vidal Sanz construyó su camino disparo a disparo, sin soltar ninguna de sus vocaciones. PRECISIÓN. Vidal Sanz construyó su camino disparo a disparo, sin soltar ninguna de sus vocaciones. ARCHIVO LA GACETA

Fernando Vidal Sanz se levanta temprano porque no tiene otra opción. Su propia agenda le pisa los talones y algunas mañanas el día ya viene corriendo antes de que él abra los ojos. Y en algún punto de la ciudad, mientras la ciudad despereza persianas y el calor empieza a empujar desde temprano, él ya está haciendo cuentas mentales. Hospital, prepaga, consultorio, cirugía si aparece, el tiempo mínimo para entrenarse, un mensaje a casa y el intento de no llegar tarde a nada. Tiene 52 años, está casado con Carolina y es papá de Isolina (12) y Felicitas (10).

Mucha gente suele simplificar su vida, o aspira a eso. Él no puede. O no quiere. Fernando vive con más de una vocación encima y aprendió a sostenerlas sin prometer equilibrio perfecto. Primero está la familia; después la profesión; y en un tercer plano, el tiro y la pesca, que en su mundo engloban el amor por el deporte.

El tiro, en su caso, estuvo ahí desde antes de que pudiera explicarlo. “Empecé de muy chico. A los 8 años tenía mi rifle de aire, a los 15 años tuve mi primera escopeta y me llevaron al club de Cazadores a tirar hélices”, agregó. A los 18 empezó con el tiro al plato, aunque todavía era un ritual de sábados, casi un secreto personal entre semana y semana.

En ese tiempo no pensaba en la Selección, ni en Mundiales, ni en Juegos Olímpicos. “Siempre fue porque me gustaba”, expresó. Pensaba en lo único que piensa cualquiera cuando algo le sale bien. Quería volver a hacerlo.

La primera vez que salió de Tucumán a competir llegó en 2001. Fue a Jujuy, al Campeonato del NOA. Y ganó. Fue un momento bisagra porque ahí se dio cuenta de que lo que hacían en Tucumán valía. “Empecé a ver que el nivel de los tucumanos era bueno”, recordó.

Ese mismo año tuvo su primera experiencia en un Nacional. Alguien quiso inscribirlo en “Principiantes”. “Mis compañeros de equipo ese año, Alejandro Courtade y Silvio Ferrari me dijeron que veníamos a ganar en la categoría más alta”, contó. Y ganaron; salieron campeones nacionales por equipo. Él, en tanto, se quedó con el bronce.

Ahí vio el borde del mapa. Entendió que no estaba lejos de los mejores del país. Pero en su vida, la ambición deportiva siempre tuvo que discutir su profesión, palabra mayor. Fernando eligió ser médico. Después, oftalmólogo. Es la estructura que sostiene todo lo demás. Se recibió, se fue a Buenos Aires a especializarse, y aprendió algo que aprenden los que estudian y trabajan lejos: el tiempo libre se vuelve un bien raro. Aun así, se las ingenió para que el deporte siguiera vivo. “Me daba maña para ir a pescar y a tirar al Foso Olímpico”, contó. Después vino España, también por la profesión. “Allí compré mi primera escopeta ‘pura sangre’ de Tiro”, dijo.

RUTINA. El consultorio es el punto desde donde empieza y termina cada uno de sus días. RUTINA. El consultorio es el punto desde donde empieza y termina cada uno de sus días. Gentileza Fernando Vidal Sanz

La pesca, en cambio, siempre fue otra cosa. Un espacio más suelto. Compitió con amigos, se fue metiendo, se sostuvo arriba. Ascendió a la A del Club de Pesca y Regatas (la categoría de los 20 mejores) y no bajó más. Fue dos veces campeón tucumano, ganó un interprovincial, fue campeón del norte con el equipo. Y marcó una frontera. Fernando considera que el tiro lo llevó a lo máximo que puede aspirar un deportista en términos de representación; la pesca lo sostiene desde un lugar más recreativo, aunque también le gusta competir.

CALMA. En el agua y la pesca encuentra un tiempo que el resto de la semana no le regala. CALMA. En el agua y la pesca encuentra un tiempo que el resto de la semana no le regala. Gentileza Fernando Vidal Sanz

Durante años, el tiro fue una parte importante, pero no el centro. Hasta 2015, su objetivo era ir a un gran torneo anual, competir, estar cerca, ver qué pasaba. Y pasaba algo porque casi siempre estaba rondando el podio. Con el tiempo, la comparación inevitable apareció sola. Si los que viajaban a los Mundiales tenían un nivel parecido, ¿por qué no él?

En 2017, la puerta se abrió por una convocatoria. Había pruebas evaluativas. Fernando entrenó. Terminó segundo. Y Moscú apareció en el horizonte.

Sostenerse en un seleccionado no es una línea recta ya que hay rankings, permanencia y desgaste. Él se mantuvo hasta la pandemia. Cuando el deporte volvió a moverse, aparecieron nuevos nombres, y una camada junior que llegaba con otro piso. Ahí nombra a Joaquín Cisneros, referencia inevitable para entender el presente del tiro argentino. Y lo describe con admiración técnica y humana. Lo vio hacer algo que él, durante años, creyó imposible para un argentino. “Joaquín es excelente. Se metió en la vuelta final de un campeonato del mundo en Perú”, afirmó. Y en la misma respiración aparece el otro tema, al que siempre vuelve cuando habla de este deporte: el dinero o, más bien, la falta de dinero. “Es una lástima que justo en este momento, que es su boom, la ayuda de la federación sea prácticamente nula y tenga que costearse todo solo”, lamentó.

Fernando conoce ese costo en carne propia. Para sostenerse, tuvo que hacer lo que tantos deportistas “invisibles” hacen. Ampliar horarios y sumar trabajos. “Estirarse como chicle”, como se dice. Va al hospital a la mañana, atiende en una prepaga a la siesta y va a su consultorio a la tarde. Y, en el medio, el espacio mínimo para entrenarse, para operar y para no dejar de ser médico y papá mientras intenta no dejar de ser tirador.

Su sueño (y cuenta pendiente) tiene fecha y lugar. Es en Los Ángeles 2028. Fernando todavía no pudo participar en uno. Todavía. Antes, hay una estación decisiva en el Campeonato de América en Perú, donde se otorga la primera plaza olímpica. “Mi objetivo es tratar de estar ahí”, dijo.

BLANCO. El sueño olímpico sigue marcando su camino. BLANCO. El sueño olímpico sigue marcando su camino. Gentileza Fernando Vidal Sanz

En el medio, compite. Les da pelea a los chicos. El año pasado fue subcampeón nacional. Lo superó Joaquín, nada más.

En su recorrido hay muchísimos hitos que lo respaldan. Aparece ahí el Sudamericano 2018 en Chile, oro individual y por equipos; otro Sudamericano en Buenos Aires; buenos resultados en un Campeonato de América en Guadalajara; séptimos puestos en ODESUR; Mundiales y más competencias.

El precio de esa vida se paga en descanso. Hay algo profundamente humano en cómo ordena sus identidades. No se presenta como “deportista” y después “médico”, porque no podría sostener el deporte sin el consultorio. No se presenta como “médico” y después “papá”, porque sabe qué lugar ocupa la familia en su día. Fernando lo tiene más claro que el agua. Primero, ellas; después, la profesión; después, el tiro y la pesca. Y, aun así, en esa tercera línea vive una vida entera.

No quiere parecer un superhéroe que logró equilibrar su vida. No se presenta así y tampoco lo necesita. Lo que logró es que sus amores convivan, aunque no siempre entren en el mismo día.

Fernando no intenta convencer a nadie de que su camino sea el correcto. Lo que hace, y lo que cuenta, es mostrar cómo se sobrevive cuando una pasión no viene con sponsors, cuando el deporte sigue siendo invisible y, aún así, te exige precisión total.

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