Durante casi mil millones de años, un día en la Tierra duró solo 19 horas. Foto: Earth.com
¿Alguna vez sentiste que al día le faltan horas? Hace miles de millones de años, esa sensación habría sido una realidad científica. Un reciente estudio reveló que nuestro planeta no siempre giró al ritmo de las 24 horas actuales. De hecho, durante un período de tiempo casi inimaginable, el reloj de la Tierra se detuvo en un día eterno de 19 horas.
Este fenómeno, que desafía la idea de que la rotación terrestre se ralentiza de forma constante, fue el resultado de un delicado equilibrio entre fuerzas cósmicas. El artículo publicado en Earth.com, detalla cómo la atmósfera y la Luna se "pelearon" por el control del tiempo.
El equilibrio de las fuerzas invisibles
Normalmente, la Luna actúa como un freno para nuestro planeta. A través de las mareas oceánicas, el satélite le roba energía rotacional a la Tierra, lo que hace que los días se vuelvan imperceptiblemente más largos con el paso de los siglos. Según estimaciones de la NASA, este proceso suma unas dos milésimas de segundo por cada cien años.
Sin embargo, en el pasado existió un contrapeso. Mientras la Luna tiraba hacia atrás, el Sol empujaba hacia adelante mediante las mareas atmosféricas. Al calentar la atmósfera, la luz solar generaba ondas de presión que aceleraban el giro del planeta. Durante mil millones de años, ambos tirones se cancelaron mutuamente.
El hallazgo en las rocas antiguas
Para llegar a estas conclusiones, el geofísico Ross Mitchell, del Instituto de Geología y Geofísica de la Academia China de Ciencias, analizó registros de rocas sedimentarias. "La duración del día en la Tierra parece haber detenido su aumento a largo plazo y se estabilizó en alrededor de 19 horas hace aproximadamente entre dos y mil millones de años", explicó Ross Mitchell.
Este método, conocido como cicloestratigrafía, permite leer las capas de roca como si fueran las páginas de un libro que narra la historia orbital de nuestro mundo. Los datos mostraron que, en lugar de una desaceleración fluida, la Tierra experimentó una larga "meseta" temporal donde el tiempo pareció no avanzar.
La vida microbiana y el oxígeno
Este estancamiento horario tuvo consecuencias directas en la evolución de la vida. En aquel entonces, los dueños del planeta eran microbios fotosintéticos. Estos organismos producían oxígeno durante el día y lo consumían por la noche. Si el día era demasiado corto, el oxígeno no llegaba a acumularse en cantidades suficientes para permitir formas de vida más complejas.
La experta Judith Klatt realizó experimentos para entender esta relación. Sus estudios demostraron que los días de 19 horas limitaban la liberación de oxígeno al agua circundante. Solo cuando la Tierra escapó de ese equilibrio y el día volvió a alargarse hacia las 24 horas, la atmósfera recibió el impulso de oxígeno necesario para que la vida floreciera en su máximo esplendor.
Los latidos del núcleo terrestre
Incluso hoy, el giro de la Tierra no es perfecto. Los relojes atómicos muestran pequeñas variaciones de milisegundos causadas por vientos, corrientes y, sobre todo, por lo que ocurre en las profundidades del núcleo fluido de metal fundido.
Estos cambios sutiles, conocidos como "sacudidas geomagnéticas", nos recuerdan que nuestro planeta es un sistema dinámico. Aquellos días de 19 horas quedaron grabados en las piedras y en el ADN de los microbios, recordándonos que el tiempo, en la Tierra, es un regalo de la física y el azar cósmico.








