
CAMPEÓN. José Massenzio ganó todo en el kick boxing semiprofesional: título argentino, sudamericano y del mundo.

Cuando el semáforo de avenida Belgrano y Ejército del Norte se pone en rojo, José Massenzio aprovecha para acomodar sus guantes. Pero no los de 12 onzas con los que conquistó el título mundial semiprofesional en Brasil, sino unos reforzados para combatir el viento y el roce del manubrio. Así recorre la ciudad ahorrando peso por peso con la idea de seguir luchando por su sueño.
Su historia replica la de muchísimos deportistas amateurs de nuestra provincia. En su caso, el rival más difícil no es un oponente, sino la realidad económica.
Hace un tiempo la vida de “Chino” gozaba de la seguridad que muchos desearían. Tenía un trabajo formal, con ocho horas y un sueldo fijo en una citrícola. Pero para un atleta de alto rendimiento como él, esa estabilidad se convertía en un obstáculo.
Los horarios rígidos y el esfuerzo físico que le demandaba su tarea hacían que no pudiera entrenarse como necesitaba. “No podía subir un escalón más en mi carrera si seguía ahí”, explica. Por ese motivo, en aquel momento tomó una decisión muy difícil, pero de la que no se arrepiente: dejó ese empleo para priorizar su meta. “Me compré una moto para trabajar como Uber y eso me permite manejar mis horarios”, cuenta.
A TODOS LADOS. José Massenzio trabaja trasladando personas en su moto mediante aplicaciones. Así, va ahorrando para cumplir su sueño de ser profesional.
Todos los días José convive con dualidades. Mientras su preparación exige disciplina y cuidados extremos, muchos pasajeros le piden exactamente lo opuesto. “Me dicen, “metele con todo”; o quieren que pase en rojo porque ellos van tarde”, se queja. Sin embargo, tiene claro que sólo está dispuesto a tomar riesgos dentro del ring o el octógono. “Soy consciente de que cualquiera puede tener un accidente”, advierte.
Massenzio ya tuvo un gran susto. Llevando a una mujer embarazada, comenzó a sentir su peso en la espalda. “Pensé que me quería decir algo, pero cuando miré hacia atrás vi que estaba desvanecida”, recuerda. “La agarré como pude con el brazo para que no se cayera; me tiré a un costado y pedí ayuda a la gente que iba pasando”, precisa. Aunque no pasó a mayores, el luchador de Barrio Echeverría quedó con temor. “Últimamente me dedico más a los envíos; llevar gente siempre tiene un riesgo extra”, asegura.
A pesar de los peligros, la nueva modalidad le viene como anillo al dedo. Es la única forma que tiene para poder entrenarse como necesita si quiere dar el siguiente paso en su evolución. “Hago viajes toda la mañana, entreno en jiu jitsu a la siesta, vuelvo a la moto a la tarde, y a la noche practico kick boxing. Ando todo el día”, detalla.
La falta de apoyo, una piedra en el zapato para el luchador
Gracias a sus grandes actuaciones en Brasil y en Paraguay (en donde se alzó con el título sudamericano), había ganado el boleto para competir en grandes certámenes en Italia y México. Buscó sponsors, apoyo desde el Estado, pero logró poco y nada. “Casi siempre me llamaron para la foto. Solamente un concejal me dio una mano”, lamenta.
A SEGUIR PELEANDO. Las MMA son el nuevo desafío para el luchador de Barrio Echeverría.
Tras ganar el título argentino sacándose una espina que tenía clavada (derrotó a un rival que antes lo había noqueado), el estrés y el esfuerzo acumulados lo llevaron a tomar la decisión de pausar su carrera por un tiempo. Según el plan sería sólo por unos meses, pero el parate se terminó extendiendo por más de un año debido a problemas personales. Así aprendió que los golpes más duros no son arriba del ring. “Estuve con un psicólogo y un psiquiatra; fueron momentos muy difíciles”, revela. Ahí, el deporte apareció como salvavidas. “Me refugié en el entrenamiento para salir de ese pozo. Me propuse comenzar con el jiu jitsu, y en poco tiempo logré el cinturón azul”, relata.
La nueva meta que se trazó
En ese lapso, Massenzio tuvo mucho tiempo para pensar. Tras haber dejado un buen trabajo por perseguir su gran deseo, ¿realmente iba a bajar los brazos? Lo que empezó como una pregunta a sí mismo se transformó en un objetivo claro. En el mundo de los deportes de combate, lamentablemente para él, el kick boxing no es de las disciplinas más rentables, como sí lo son las artes marciales mixtas (MMA). Esa especialidad creció de forma exponencial en la última década, y tiene uno de sus epicentros a nivel mundial en Brasil.
Allí puso los ojos y la mente el campeón tucumano. “Comencé con jiu jitsu para poder desempeñarme mejor en mi paso a las MMA. Con mi trayectoria ya tengo las herramientas y la pegada para pelear de pie, pero necesitaba aprender a defenderme de los derribos y a pelear en el piso”, explica. “Al tener ya una base de otro deporte, se me hizo fácil aprender esto nuevo. En mi primer torneo salí segundo, y estoy entrenándome todos los días”, comenta.
Complementando su formación de puñetazos y patadas con las llaves y tomas de la nueva disciplina, se va preparando para este nuevo paso en su carrera y en su vida. “Con mi compañera de entrenamiento Ailén Gramajo estamos acomodando todo y ahorrando para irnos a Brasil”, anuncia. “São Paulo es la meca. Ahí el nivel es otro, y el dinero también”, se entusiasma.
PREPARADOS. José posa para la foto junto a Marcos Villafañe, su profesor de jiu jitsu y Ailén Gramajo, su compañera en la aventura brasileña.
Con su colega se encuentran ultimando detalles para la travesía. La idea es irse entre febrero y abril, y compartir gastos y alojamiento en el país vecino hasta encontrar una forma de sustentarse. “Tenemos ahorros para dos meses, pero vamos con la idea de trabajar de lo que sea. Lo importante es poder entrenarnos y tratar de llegar a lo que queremos, que es insertarnos en el circuito profesional”, describe.
Aunque faltó apoyo externo, el que siempre estuvo fue el de su familia. “Cuando dejé mi trabajo o cuando les conté que planeo irme a Brasil, estuvieron para darme todo”, agradece. “Por eso mi anhelo es ser profesional y ganar buen dinero para ayudar a los que tanto me bancaron”, confiesa.
Con 28 años, “Chino” siente que es ahora o nunca. Como cuenta, el pico de rendimiento para los luchadores se da entre esa edad y los 34 o 35 años. “Este es el momento. Sé que en Brasil puedo estar a la altura. Quiero hacer conocer mi nombre en ese país y escalar”, avisa. “Obviamente la ambición de todos es la UFC, pero son muchos escalones para eso. Vamos a ir subiéndolos de a uno”, proyecta.
Como todos los días, la aplicación en el celular sonará anunciando un nuevo viaje. José acelerará sabiendo que, aunque sea solo de unas cuadras, será también uno que puede acercarlo a cumplir sus sueños.







