Il pleut, il pleut, bergère (llueve, llueve, pastorcita) es una mezcla de “arroz con leche” y “Mambrú”, una canción dulce pero a la vez terrible. ¿Quién no pensó, ya “de grande”, en las penurias con las que nos arrullaban, como aquellos maderos de San Juan, por caso, a quienes tan mal les va en sus reclamos de pan y derivados de la leche? ¿O repara en la forma perentoria que se planteaba ante el imperativo hipotético, la cláusula inmoral de premios y castigos que implicaba invocar al cuco para que se lo cene a uno, detrás de la inocente canción “duérmete niño”?
Sus letras fueron escritas por Philippe Fabre d’Églantine, un poeta y dramaturgo que luego sería destacado revolucionario, mientras que la música la compuso el violinista Louis-Victor Simon. Hasta se rebautizó con el nombre de la rosa silvestre Eglanteria por su reverencia a la naturaleza. Enorme fue su alegría cuando la canción rebalsó el teatro y el pueblo parisino se la cantaba a María Antonieta (que era conocida por sus hábitos silvestres en términos de pastorcita), y la lluvia que se avecinaba no era otra cosa que la Revolución, que se llevaría su vida en la guillotina: la de María Antonieta, así como la del rey y la del propio Fabre d’Églantine, guillotinado junto a Danton en 1794 por los jacobinos. El revolucionario artista que había formado parte y musicalizado el regicidio sufría la misma suerte que los monarcas.
Pero la mayor obra suya y la más grande de las paradojas de su vida fue, en realidad, pintar el tiempo. Así como puso la letra de la pastorcita a los acordes del violinista Simon, le encargaron los nombres del calendario revolucionario de Gilbert Romme. La nueva era no debía tener concesiones a la religión ni a la superstición. Romme diseñó la estructura del calendario con una lógica rigurosa: un año de doce meses iguales de treinta días, dividido en semanas de diez (las décades), con la eliminación del domingo y la introducción de días complementarios al final del año para ajustar el ciclo solar. Epiciclos de la Revolución, que le llaman. Nada quedaba librado a la irregularidad heredada. Nótese que, al dejar el irracional número siete y llevar todo a decenas (los días durarían diez horas, cada hora cien minutos, que son, adivinaron, cien segundos), se descansaba cada diez y no cada siete días, o sea, peor que en la monarquía.
Aquí es donde Fabre pone la poesía, ya que había que enternecer esa maquinaria sin volver a dioses antiguos ni santos o emperadores, por lo que eligió la naturaleza y el trabajo agrícola: Vendémiaire (vendimia), Brumaire (bruma), Nivôse (nieve), Germinal (germinación), Messidor (cosecha), Thermidor (calor). El año debía oler a campo, a la lluvia que había llegado, y reconocerse los días por los ciclos meteorológicos y fenológicos. Difícil pensar para Tucumán nombres en estos días que no incluyan el término “fuego”
Al santoral lo resignificó con herramientas, animales y plantas, de tal forma que, así como se celebraba el día de San Patricio, ahora, por ejemplo, el 15 de Nivôse era el “día del chancho” (Jour du Cochon) en el calendario revolucionario francés. El calendario funcionó lo suficiente como para ser impuesto, enseñado, impreso y para organizar la vida pública durante algunos años; la epopeya de armar relojes con minutos centesimales amerita otra columna. El asunto es que funcionó también lo suficiente como para sobrevivir a sus autores. Fabre d’Églantine fue guillotinado en 1794, en Germinal, el mes que él mismo había bautizado para la germinación y la promesa. La tradición afirma que subió al cadalso un sextidi, el 16 de Germinal, día consagrado a las herramientas, tarareando Il pleut, il pleut, bergère.








