Un relato sobre las Navidades de antaño

Visitar los pesebres que se montaban en cada casa eran una costumbre tradicional de las familias. Las animadas reuniones del día después.

UNA LÁPIDA DETERIORADA. La imagen del Niño Dios indica dónde descansan los restos del obispo José Agustín Molina en la Iglesia de San Francisco. UNA LÁPIDA DETERIORADA. La imagen del Niño Dios indica dónde descansan los restos del obispo José Agustín Molina en la Iglesia de San Francisco.
Hace 3 Hs

Por José María Posse - Abogado - Escritor - Historiador.

La Navidad de nuestros antepasados en Tucumán era muy diferente a la actual. En una ciudad-pueblo como era el San Miguel de la segunda mitad del siglo XIX, los usos y costumbres de aquella época estaban marcados por un profundo sentimiento católico. No existían los árboles navideños, pero los pesebres eran motivo de orgullo en los hogares tucumanos.

Evocaciones

Mané Pérez del Cerro, descendiente de viejas familias de la provincia, residente en Buenos Aires, me envió hace un tiempo una carta en la que vuelca aquellos recuerdos de boca de su madre y abuelos, que resultan una pintura de las navidades colmada de matices.

“Te contaré los recuerdos de las Navidades que mi abuela Sara Alurralde de Cossio me relataba, y sobre las costumbres de su época, que alcanzaron también los tiempos de mi madre. En esos períodos se hacían los pesebres en los balcones de las casas, todas eran de planta baja. Las rejas del balcón protegían las imágenes; era la oportunidad del encuentro de niñas y señoritos para repartir miradas y coqueteos, ‘requiebros’ como me decía Mamama, mi abuela”, relató.

El doctor Carlos Páez de la Torre escribió al respecto: “los Pesebres eran conocidos por todo el vecindario, desde tiempo inmemorial: tanto, que se nombraban por alguna característica de la respectiva imagen del Niño Dios. Así, se hablaba del ‘Ñatillo de Justiniana Ugarte’, del ‘Rubito de las Santillán’ o del ‘Morochito de las Corro’, según fuera el aspecto del ícono. Este era obra de algún mentado ‘santero’ de la región, cuando no traído, generaciones atrás, de algún taller altoperuano. En esa época, ni se soñaba en la fabricación en serie de estas imágenes”.

Continúa la señora Pérez del Cerro: “empezaban en una casa, por lo general eran varios hermanos quienes entonaban sus canciones y villancicos navideños. Los niños vecinos al escuchar la música salían de sus hogares y formaban un coro y continuaban al próximo pesebre… Y así seguían la vuelta de casa en casa llevando velitas y cantos para la ocasión. Siempre terminaban la ronda en el pesebre más importante de la ciudad, el que contaba con unas imágenes maravillosas, el de las ‘niñas’ (las tías solteras de más de 70 años), Petronita Cossio y sus dos hermanas, que acogían después de los cantos a toda esta alegre juventud de cantores y les convidaban chocolate bien espumoso y vainillas hechas en la casa de las ‘niñas”’ Cossio. Pero era durante estos villancicos donde se formalizaban promesas de amor y pequeños roces de manos al poner flores adornando los pesebres. ¡¿Cuantas ilusiones, alegrías y frustraciones se habrán tejido en esos días?!”

EL MATRIMONIO. Pero Cossio posa junto a su esposa Sara Alurralde. EL MATRIMONIO. Pero Cossio posa junto a su esposa Sara Alurralde.

El Obispo

El obispo José Agustín Molina fue un personaje de su época. Tenía fama de escritor y componía versos de los más variados temas, con predilección a la Navidad. Una multitud de sobrinos esperaban ansiosos sus escritos, para cantarlos en las visitas navideñas.

El investigador José R. Fierro transcribía algunas letras, en todo o en parte. Recordaba como famoso el estribillo: “Al pesebre, al pesebre, mortales,/ vamos hoy al pesebre a adorar/ lo más dulce que tienen los cielos,/ de Jesús la divina beldad”. Habla también de una “Pastorela” navideña, escrita en 1825, que empezaba: “¡Criaturas de Dios! Oíd,/ oíd el himno angelical:/ gloria a Dios en el cielo,/ y al hombre en la tierra, paz”.

El doctor Roberto J. Ponssa dedicó, en 1912, un detenido estudio al doctor Molina. Allí transcribe varias de sus composiciones navideñas. Por ejemplo: “Jesús ha nacido,/ Jesús, mi Jesús,/ el que por mí un día/ morirá en la cruz”. El coro tenía el estribillo: “Eterna alabanza,/ loor y gratitud,/ sea al Padre dada,/ en Cristo Jesús”.

Al testar, el Obispo expresó; “desearía que sobre la cubierta de mi tumba se esculpiera un niñito Jesús y debajo esta inscripción: Spes mea”. En latín significa “Esperanza mía”. Si bien la disposición se cumplió, años de pisadas han borrado totalmente las letras del mármol. Sólo se divisa actualmente el relieve del Niño Dios.

Las comidas

Continúa el relato Pérez del Cerro. “Las Navidades empezaban un día antes que llegase el Niño Dios culminando el 24 para ir a la Catedral todos juntos, única trasnochada en donde era piedad y alegría de parte de la juventud, quienes esperaban volver cada uno con sus familias a sus casas con la ilusión de los regalos... Nuestra Mamama Sara Alurralde de Cossio me contaba que al día siguiente partían al ingenio Esperanza, de su abuelo, donde los esperaba un asado de chivitos empezando con las famosas empanadas, carbonada con charqui etc, para terminar con la riquísima ambrosía cuya receta ha llegado hasta las nietas, receta de la tan querida Mamama, más todos los demás postres norteños tan ricos”.

”Y pues sigo entonces: me contaba mi madre que cuando iban al ingenio, y pasaban unos días allí, le llamaba la atención que por unas escaleras veía subir unos personajes con largas coletas de pelo lacio, que aparecían debajo de unos sombreros de paja muy grandes, vestidos de una forma extraña con pantalones naranjas y largas túnicas, con unos zapatitos de género negro. Su madre le contó que su abuelo los había traído de China, destacándolos siempre por ser muy laboriosos y comedidos. Aprendían rápido sus quehaceres; una excentricidad más del abuelo al cual respetaban mucho”.

En la actualidad existen descendientes de esas familias en la zona del Delfín Gallo, ya acriollados y mezclados por sucesivos casamientos en la comunidad.

Misceláneas navideñas

Según la cronista: “Mamá me contaba de su adolescencia, en las reuniones del 25. Refería que disfrutaban unos maravillosos días llenos de movimiento, rodeados de juventud que venían a visitar a las hermanas Cossio y a sus primas. Los muchachos llegaban a caballo de los ingenios vecinos y hacían guitarreadas hasta entrada la noche. Mi abuela, por su parte, me relataba con su picaresco hablar que ella iba mucho a vivir al ingenio y recordaba cuando a la Oración aparecía Pedro Cossio, en esa época ya su novio, montando su caballo con unos prendados de plata que le prestaban sus primos Paz, con deseo de causar la admiración de su novia Sara”.

Otros tiempos, otras costumbres, que van desapareciendo como lágrimas nostálgicas, bajo el aguacero del tiempo que todo se lleva.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios