El dios de los ateos
Hace 4 Hs

Adquirí una práctica que, a veces, proporciona novedosa información. Recurrir al diccionario de la RAE mientras se escribe -y en tiempo real- produce satisfacciones por la eficiencia del sistema.

En el arranque requerí el significado de ateo. La muy detallada respuesta:

Del lat. athĕus, Que no cree en la existencia de Dios o la niega. Apl. a pers., u. t. c. s.

Sinónimos: hereje, ateísta, descreído, incrédulo, agnóstico, nihilista, escéptico, impío, irreligioso.

Antónimo: creyente.

adjetivo: que implica o conlleva ateísmo. Un racionalismo ateo.

Antónimos u opuestos de “ateo, a”: creyente.

Me sorprendió que “agnóstico” figurara, llanamente, como uno de sus sinónimos.

El ateo deambula entre él y el dios de los demás. Es quien desde su balcón de asomarse al misterio, no cree. Lo niega, sin fisuras, con un potente discurso del no. Claro que no en modo pasivo. Fervor en la palabra significativa. Su no creer es casi un acto. Tiene el dinamismo del hacer, del pensar. Del no creer, como acción que requiere -como toda acción- energía. De tanta recurrencia al acto de pronunciar dios, o de escucharle a otros decirlo, se apoltrona en su personalidad de ateo y se lanza -catecismo de una sola hoja, la del “NO” en ristre- y sienta las bases sobre las que edificará impetuoso -y desde una exuberante personalidad- las acusaciones contra “dios”.

¿En contra de Dios? ¿Qué cosas dices?

Y ahí mismo, en un introito que aparenta la necesidad de decirlo en ese momento frente a un grupo del que era habitué, lanza una retahíla de acuciantes gestiones que podría hacer el señor dios impidiéndolas. Y, que suceden, así nomás: las guerras; los niños muertos de metralla o de hambre; y todos los que mueren por los actos terroristas; los esclavos; los que mueren, sin poder asistirse, por sus enfermedades. Y otra serie, multicolor, de imputaciones a un dios ineficaz. ¡Porque no existe! clama, como cuando en el juego de naipes alguien anuncia la carta del cierre, la triunfadora.

- Si fuera verdadero -pontifica a la audiencia- y que reina en todo el orbe y que, además, es eterno desde antes del tiempo y hacia el infinito de los días, no habría guerras. Tampoco moriría de hambre nadie. Ni por falta de cuidados médicos para los niños. No habría crímenes, no habría… Tantas situaciones y actos perversos no existirían con sólo que el dios, que no existe, lo impidiera.

- Pero, como no es verdadero… - exclama nuestro ateo con la certeza del que no duda (ni un minuto, siquiera, como del número cuatro. Del que es y será siempre -pregona ese ejemplo- la suma de dos más dos).

Siguió la exposición, con asordinada euforia. Con euforia pálidamente contenida por la atención que se esperaba en la gestión proselitista contra el dios de los creyentes.

Ya dispuesto al golpe de gracia: “pese a todas las creencias por todo el orbe, ese dios del que tanto se habla no sólo no existe sino que jamás podrá existir, así sea que se lo necesite para que no ocurra la tragedia absoluta que se supone será la tercera guerra mundial, esta vez nuclear”.

“Aunque presumo- dice con sabia determinación que se le nota en los gestos- que si fuera posible no sería sino un increíble y absoluto milagro de la Humanidad crear ese dios. Para bien de todos. Y, ¿por qué no? Para mí también”.

© LA GACETA

Carlos Duguech – Escritor, periodista y analista internacional.

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