La Real Academia Española (RAE) presentó a mediados de diciembre la versión electrónica 23.8.1 del Diccionario de la Lengua Española (DLE), una actualización que funciona como anticipo del trabajo lexicográfico que desembocará en la 24ª edición impresa, prevista para este año. No se trata de un simple listado de incorporaciones: cada palabra que cruza el umbral del DLE condensa debates sobre el uso, la norma y el modo en que una comunidad se nombra a sí misma.

Del acto de presentación participaron el director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, y la responsable del Instituto de Lexicografía, Elena Zamora. Allí, la Academia volvió a subrayar una idea que suele pasar inadvertida fuera del ámbito especializado: el diccionario no crea las palabras, las registra cuando ya han demostrado que están vivas.

¿Qué requisito debe cumplir una palabra para “entrar” al diccionario? No existe una ventanilla, ni un formulario mediante el cual se solicita el ingreso de un vocablo al DLE. El proceso es lento y, en buena medida, tácito.

Sin embargo, puede precisarse que para que una palabra sea incorporada debe cumplir, como mínimo, tres condiciones: uso extendido, estabilidad en el tiempo y comprensión compartida. Es decir, no alcanza con que circule por redes sociales o que se ponga “de moda”; debe haber demostrado que no es efímera y que es entendida de manera relativamente uniforme por una comunidad amplia de hablantes.

Registros

A esto se suma un requisito central: la documentación. Los equipos de la RAE y de las otras 22 academias de la lengua española que existen alrededor del mundo rastrean la presencia de las palabras en libros, en medios de comunicación, en textos científicos, en registros administrativos y en corpus digitales. El diccionario académico, en ese sentido, funciona como un gran archivo del uso real del español.

Por eso en la nueva versión pueden consultarse términos como crudivorismo, microteatro, milenial o turismofobia, que ya circulaban con naturalidad en ámbitos específicos y que ahora reciben una definición normativa. Lo mismo ocurre con voces del campo científico -gravitón, termoquímico, cuperosis, narcoléptico, ovulatorio- o con términos meteorológicos como engelamiento y engelante, que reflejan la expansión del vocabulario técnico hacia el uso general.

Sentidos nuevos

El DLE no se limita a sumar entradas. También revisa y amplía significados. En esta actualización, por ejemplo, se incorporan dos acepciones de la palabra “directo”: una, vinculada a las transmisiones que se emiten al mismo tiempo tanto por radio y por televisión como por plataformas digitales; la otra, de un sentido específico del boxeo: el golpe recto lanzado hacia adelante.

MICROTEATRO. Son propuestas escénicas dramáticas de corta duración.

El registro del habla cotidiana también tiene su lugar. Para el término “brutal” se añadió ahora la acepción positiva de “magnífico” o de “maravilloso”, para lo cual ya era utilizado por hispanohablantes de muchos países. “Chapar” incorpora el sentido coloquial de “cerrar un establecimiento (con chapas)”, aunque habrá que seguir esperando a ver si la RAE acepta sumarle el sentido del beso apasionado.

En el nuevo diccionario, “eco” se acepta como acortamiento informal de ecografía; y “marcianada” quedó definida como un dicho o hecho raro, extravagante o disparatado. No es una concesión a la informalidad: es el reconocimiento de que el lenguaje coloquial también construye sentido.

La versión 23.8.1 suma, además, expresiones complejas como “alfombra mágica”, “foto de familia”, “juguete roto” o “meter la directa”, fórmulas que funcionan como unidades de significado y que ya no pueden explicarse palabra por palabra.

Extranjerismos

El impacto de internet y de la comunicación digital se refleja en decisiones que suelen despertar polémica. El verbo “loguearse” ingresa como forma plenamente adaptada al español, mientras que “gif”, “hashtag”, “mailing” y “streaming” se mantienen como extranjerismos crudos, con grafía original y escritura en cursiva. En estos casos, se advierte que la RAE no impone; más bien describe el estado actual del uso y distingue entre lo que se ha integrado al sistema del idioma y lo que aún conserva su condición de “préstamo”.

El carácter panhispánico del DLE se refuerza con aportes regionales. En esta versión se incorporan acepciones como “morro”, usado en El Salvador y México para referirse a un niño o muchacho; o nuevos sentidos de “cubetera” en Bolivia, Chile y Cuba. La participación de las 23 academias garantiza que el diccionario no responda a un español único, sino a una lengua compartida y diversa.

La importancia

Pero, ¿por qué importa que una palabra esté incluida en el DLE? Porque si bien este no legitima el uso del vocablo, lo certifica. Una palabra puede imponerse sin figurar en el diccionario, pero su incorporación le otorga estabilidad, visibilidad y respaldo institucional. Además, define cómo debe escribirse, cuál es su significado y en qué contextos resulta adecuada. Para el periodismo, para la escuela, para la justicia y para la administración pública, por ejemplo, esa definición no es un detalle menor, sino una referencia común.

Cada actualización del DLE recuerda que el idioma no es un museo, sino un organismo vivo, que se mueve: cuando una palabra entra al diccionario no se vuelve más importante; simplemente queda constancia de que ya era necesaria.