

La celebración de la Navidad y el nuevo año que comienza el primer día de enero son una invitación a pensar en la dimensión religiosa de nuestra vida, esto es, en nuestra relación con Dios, la de cada uno y la de la entera sociedad. Muchos han detectado en los últimos meses un “regreso del cristianismo” o un “giro católico” en la cultura española, pero también en la de muchos otros países.
Después de casi cuatro siglos de Ilustración, de desarrollo de la racionalidad científica y del positivismo materialista, son muchas las voces que se alzan en defensa de un ensanchamiento de la racionalidad para que en ella tengan cabida las emociones y los sentimientos humanos y, por supuesto, nuestros más hondos anhelos: la búsqueda de sentido y de todo lo que trascienda nuestra experiencia material. “En una situación así, .escribe Han en el preludio de su libro El espíritu de la esperanza. Contra la sociedad del miedo (Herder, 2024)- solo la esperanza nos permitiría recuperar una vida en la que vivir sea más que sobrevivir. Ella despliega todo un horizonte de sentido, capaz de reanimar y alentar la vida. Ella nos regala el futuro” (p. 14).
He leído en las últimas semanas el libro del filósofo y sociólogo húngaro Tomás Halík, La tarde del Cristianismo. Valor para la transformación (Herder, 2023), que me ha impresionado por la lucidez de su diagnóstico acerca de la Iglesia Católica y por las vías efectivas que propone para su transformación. Se trata de poner en primer lugar la atención de las personas y la fraternidad entre los hombres, esto es, promover decididamente la vida del espíritu y del amor, aun a costa de disminuir la organización institucional que tiene siempre un carácter instrumental.
Pensar la religión en nuestro tiempo lleva a decir que sí a los valores del espíritu y a la esperanza. Consiste en primer lugar en una decidida -y a la vez amable- defensa de una espiritualidad que trascienda el horizonte del materialismo vulgar, que supere por elevación el rampante consumismo que tanto empobrece la vida humana robándole su sentido al convertir a los ciudadanos en autómatas. En segundo lugar es preciso afirmar una y otra vez la fraternidad universal, el mutuo respeto, el pluralismo, la escucha recíproca, la atención de unos para con otros. Este programa puede parecer ingenuo, pero es el camino real para transformar el mundo.
Nuestro mundo se encuentra en una encrucijada de la que quizá pocos son conscientes. Cuando a finales de los años 80 se vino abajo el comunismo parecía inaugurarse una nueva época de libertad, paz y prosperidad para todos. No ha sido así por diversos factores (terrorismo islámico, capitalismo egoísta, globalización, nacionalismo creciente, etc.), pero con la “Oda a la alegría” de Friedrich Schiller (1785) me gusta imaginar un mañana luminoso en el que todos nos queramos como hermanos y nos sintamos verdaderamente libres. Copio de la versión que hizo popular Miguel Ríos a finales de los 60: “Si en tu camino solo existe la tristeza y el llanto amargo de la soledad completa, ven, canta, sueña cantando, vive soñando el nuevo sol en que los hombres volverán a ser hermanos. Si es que no encuentras la alegría en esta tierra, búscala, hermano, más allá de las estrellas. Ven, canta, sueña cantando, vive soñando el nuevo sol en que los hombres volverán a ser hermanos”.
La imagen de un Dios que se presenta como un niño no solo nos enternece, sino que nos sugiere que otro mundo es posible. Nos invita a proclamar que la vida puede tener sentido si el ser humano se abre a su dimensión sobrenatural. Es un misterio que “necesitamos aceptar por la fe y, también por la fe, ahondar en su contenido” -escribió san Josemaría-. Para esto es preciso “no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres” (Es Cristo que pasa, n.13).
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Jaime Nubiola - Profesor emérito de Filosofía de la Universidad de Navarra (jnubiola@unav.es).







