Moda con identidad: en busca de un tejido que sea como un gesto colectivo

Las prendas de Juana Luisa Montoya, nacidas en colaboración con tejedoras de los Valles, entrelazan memoria, territorio y sostenibilidad.

EN PLENA TAREA. La modista, durante la confección de sus prendas. EN PLENA TAREA. La modista, durante la confección de sus prendas.

El viento de El Mollar guarda secretos. Juana Luisa Montoya los escuchaba de niña, mientras caminaba entre pircas con una falda prestada, jugando a ser diseñadora sin saber que ya lo era. Tenía cinco años cuando su abuela Filomena la llevaba a su casa para cuidarla. Allí, en el ritmo lento del silencio y los aros blancos que colgaban como promesas, algo comenzó a latir.

Más allá, al final de un pasillo, su abuelo Lucas trenzaba cuero con paciencia sagrada. “Crear con las manos es también una forma de habitar el mundo”, dirá años después. Hoy, a sus 31 años, Juana volvió de Madrid con un premio que lleva nombre largo y resonancia profunda: el Primer Premio PEFC España a la Mejor Colección por su obra “Pelaruna”, presentada en la Circular Sustainable Fashion Week.

Pero más que un premio, trajo con ella la confirmación de un camino sembrado con paciencia, preguntas y tramas ancestrales. “No llevo ni dos años con mi marca, y esto que pasó fue un reconocimiento a todo lo que hay detrás: las tejedoras, los silencios del telar, la historia de un territorio”, dice en diálogo con LA GACETA.

Empezar de nuevo

El diseño textil no apareció de golpe. Fue más bien un hilo que Juana empezó a destejer cuando algo en su vida no terminaba de encajar. Se había mudado a Tucumán capital a los 12 años, como tantas chicas del interior, “en busca de un futuro mejor”. Terminó el secundario y, casi por mandato, comenzó la carrera de administración de empresas. “No me hacía feliz. Me faltaba algo”, recuerda. El clic llegó gracias a su hermano Daniel. “Hay una nueva tecnicatura, andá a ver”, le aconsejó.

Ingresó a la Tecnicatura en Diseño de Indumentaria y Textil de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNT sin saber muy bien por qué. En un trabajo práctico del segundo cuatrimestre -“Poiesis” se llamaba- encontró la chispa; “Con un collage, retazos y dudas, me encontré. El diseño era un refugio, un lenguaje para expresar lo que no sabía decir de otro modo”.

Tejer memoria

Las primeras telas que tocó no estaban en un aula, sino en su historia. “El diseño no empezó en la escuela, sino en los aros de mi abuela, en las trenzas de cuero de mi abuelo, en las ramas que se volvían vestidos”, evoca. Como estudiante volvió a El Mollar no como visitante, sino como quien quiere habitar su propia memoria.

Allí comenzó a trabajar con tejedoras de los Valles y más tarde, con comunidades wichí de Salta. Su objetivo no era replicar técnicas, sino resignificarlas. “Trabajo con tejidos que en sus pueblos tienen un uso decorativo o comercial, como la wincha o el pelero, y los reversiono desde el diseño como posibilidad -explica-. En cada pieza que nace hay una historia común, un gesto colectivo, una belleza que no busca impresionar, sino tocar algo más profundo.”

EQUIPO. Juana (centro) junto a las modelos presentando su colección. EQUIPO. Juana (centro) junto a las modelos presentando su colección.

Juana no sólo cose. También acompaña. Y sobre todo, escucha. Define su trabajo como un acto de servicio “para que mi creación sirva a todos los eslabones de la cadena; no llego a enseñar, sino a compartir”. Con ese espíritu nació su marca, lanzada en 2023 en Puro Diseño, con una primera colección en colaboración con mujeres de El Mollar. “Yo veía que era posible crear sin dañar, que una prenda podía ser también una voz que preserve memoria”, afirma. Trabaja con Santista, una empresa textil tucumana, usando denim y kolor con procesos certificados. “La sostenibilidad para mí no es una tendencia, es una forma de estar en el mundo. Cuido los materiales, y también los tiempos, los vínculos y los procesos”, dice.

Madrid: cruzar océanos

En abril de este año viajó a Europa por primera vez. Fue seleccionada junto a siete diseñadoras argentinas por la Asociación de Moda Sostenible Argentina para representar al país en la Circular Sustainable Fashion Week Madrid. “Llegué el 14 de abril sola, con una valija en la que llevé mi ropa, mis tejidos y mis miedos. Pero también con una certeza: que este proyecto tiene raíz”, cuenta. La colección que presentó se llama Pelaruna, una fusión entre “pelero” (el tejido que cubre al caballo) y “una” (unidad del ser). “Representa lo que soy: hija de madre indígena y padre de herencia española. Sentí que llevaba a mis valles en cada prenda, pero también una parte de mí que no conocía”, admite. Fue premiada en una ceremonia que reunió propuestas de todo el mundo. “No imaginaba ganar, no fui con expectativas, y fue conmovedor. Necesitaba ese reconocimiento para seguir confiando”, reconoce. De las 15 prendas que llevó, muchas quedaron allá. Participarán en eventos en Madrid y Barcelona. “Mis tejidos son pesados, hechos en telar. Hay también gabardinas y algodón. Cada pieza se adapta, se transforma, se habita”, explica.

Volver, enraizar, seguir

Juana ansía que el futuro para su marca sea “generar oportunidades” y no sólo vender. “Trabajo con chicas jóvenes, muchas están dejando de tejer. La idea es que encuentren en esto una posibilidad. Hoy una de ellas ya le enseñó a su hija, y eso me emociona: ya no es sólo Milagros, son Milagros y su hija”, señala.

En su taller, ubicado en la zona de Villa Urquiza -el mismo que fue de su hermano arquitecto- encontró su lugar en el mundo. “Me costó mucho entender que lo que yo hacía era un trabajo. Crecí con la idea de que sólo lo era lo que se paga a fin de mes. Hoy sé que mi oficio también es trabajo, y que merece respeto”, reclama.

En su cuaderno hay ideas, bocetos, sueños. Pero todo empieza con un tejido naranja mal hecho, que su hermano destejió sin querer. “Eso me enseñó a volver a empezar, a soltar lo rígido para crear algo nuevo”, resignifica.

El diseño como identidad

Juana Montoya no elige modelos al azar. Su mirada sobre quién viste sus prendas parte de una convicción: el diseño no es solo estética, es identidad, es decir desde el cuerpo. “Durante mucho tiempo dudé sobre cómo hacer visible mi marca. Sabía que las prendas necesitaban mostrarse, pero también quería que tenga sentido”, explica. En 2023 trabajó con Malamba, un grupo artístico de mujeres que define el folclore argentino con una puesta integral de percusión, danza y canto. “Fue un desafío hermoso. Ellas le dieron cuerpo a mis ideas de una forma muy genuina”, evoca. También colaboró con Guadalupe Aguilar, artista y cantautora tucumana. “Eso fue muy fuerte. Ver cómo mi ropa empieza a ser elegida por otras personas y cómo se transforma sobre sus cuerpos, me emociona. Me dice que algo empieza a resonar”, dice. Encuentra sentido en las alianzas: “Mi marca no quiere imponer un estilo, quiere abrir posibilidades. Por eso sueño con que mis piezas circulen en espacios donde el mensaje también importe: en manos de artistas, de activistas, de personas que no temen habitar su historia”.

PELARUNA. Prendas con la que Juana Luisa Montoya ganó en Madrid. fotos Alejandro grosse PELARUNA. Prendas con la que Juana Luisa Montoya ganó en Madrid. fotos Alejandro grosse

Entre generaciones

Milagros Rasgido es una de las artesanas fundamentales en el desarrollo de la cápsula “Pelaruna”, la colección que Juana Montoya presentó en Madrid. Milagros ya no solo teje: también le enseña a su hija. “Esta vez le pregunté si quería sumarse, sabiendo que la colección iba a viajar a España. Me dijo que sí sin dudarlo”, cuenta Juana. A pesar de los tiempos ajustados y la intensidad del verano, Milagros trabajó sin pausa. “Siempre estuvo. Personalmente no me gusta interrumpir sus procesos cuando es temporada alta para ellas como en verano, pero esta vez fue especial. Tengo la fortuna de haber coincidido con mujeres que van al frente”, agrega.

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Apostar a lo joven

Para la cápsula textil que viajó a España, la modista eligió trabajar con mujeres de entre 20 y 35 años. “Son las que más fácil se adaptan a una nueva propuesta, pero también las que están dejando de tejer”, explica. Entre ellas está Yanina Olarte, que se sumó al proyecto con una mirada abierta y sensible. La propuesta fue pensada desde el respeto: sin imposiciones, sin moldes cerrados. “Cada una elige. Yo no llego a ordenar, llego a compartir”, resume Juana y aclara: “No me defino como tejedora, pero aprendo las técnicas. Es mi forma de entender lo que hacen y poder pedir con responsabilidad. Si no comprendo el proceso, no puedo exigir un resultado”.

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Contra el tiempo

El 29 de marzo, apenas dos semanas antes de su viaje a España, la creadora realizó la sesión de fotos de Pelaruna. Las imágenes eran un requisito para participar del concurso y debían presentarse antes del 5 de abril. “Todo fue muy a las corridas, pero parte también de cómo trabajo: bajo presión es cuando más acciono”, cuenta. Para esa producción se unió al fotógrafo Alejandro Grosse, quien no suele hacer este tipo de trabajos, pero se entusiasmó con el proyecto. “Cuando le conté lo que quería hacer, se copó. Entendió lo que yo veía en mi cabeza”, recuerda. Las fotos llegaron justo a tiempo y fueron parte fundamental del portfolio que la llevó hasta Madrid.

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Identidad de marca

Aunque lleva su identidad, Juana Montoya no piensa en su marca como una plataforma individual. “Ya no digo: ‘quiero tener una marca que…’, ahora digo: ‘quiero generar oportunidades y que mi marca sea un medio para eso’”, afirma. En los últimos años redefinió el propósito de su trabajo creativo: “No diseño para imponer formas, sino para abrir caminos. Me interesa que las prendas activen procesos, que generen diálogo, que devuelvan algo a quienes las hacen posibles”. Por eso, para ella el verdadero valor no está solo en la prenda terminada, sino en todo lo que sucede mientras se teje, con una referencia ancestral que mira hacia el futuro.

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