Sexualmente hablando: la esperanza de las ratas

Sexualmente hablando: la esperanza de las ratas

En 1950, Curt Richter, profesor de la Universidad de Harvard, realizó un interesante experimento con ratas para evaluar durante cuánto tiempo éstas eran capaces de resistir nadando antes de ahogarse.

Para ello, primero tomó una docena, las puso en unos frascos de cristal, los llenó con agua y las observó hasta que no dieron más y se rindieron (los recipientes estaban diseñados de tal manera que para las ratas era imposible agarrarse de los costados o saltar hacia afuera). De media, lograban aguantar unos 15 minutos.

Pero luego Richter le dio un giro a su experimento: cuando estaban a punto de morir de cansancio, los investigadores tomaron las ratas de los frascos, las secaron y dejaron descansar unos minutos antes de largarlas nuevamente al agua. ¿Qué notaron entonces? Que en esta segunda vuelta los animalitos tardaban más en morirse. ¿Cuánto tiempo duraron? ¿El doble, el triple? Error: lograron nadar… ¡60 horas!

Las múltiples pruebas y resultados demostraron que “salvar” a las ratas justo antes de que se ahogaran fue lo que hizo que estas nadaran durante 240 veces más tiempo.

Incluso hubo una pobre rata que se dio por vencida recién a las 81 horas.

¿Cuál fue la conclusión? El recuerdo de aquellas manos amigas que las habían rescatado y el “creer” que eso podía suceder de nuevo las motivó a seguir resistiendo, “esperanzadas”, a un nivel supuestamente imposible.

Este experimento es invocado al hablar de la importancia de mantener una actitud positiva a la hora de afrontar adversidades: de esta forma, muchas veces hasta podemos llegar a trascender límites biológicos, de una manera asombrosa. Historias de guerra, de supervivencia en condiciones extremas, de recuperación de enfermedades, etcétera, demuestran cuánto gravita la mente.

Una mente optimista, que no se identifica con una situación vital negativa, que es capaz de verla como pasajera, no tan estable ni “sólida”. Y, por lo mismo, factible de ser superada.

Mucho de esto aplica en el amor y en el sexo. En los consultorios de psicología y sexología a veces acuden personas o parejas que parecen ya haberse dado por vencidas. Escépticas, sin esperanzas de lograr mejoras o cambios, con desconfianza incluso de estar buscando ayuda profesional. Casi como para después no autorreprocharse que no lo intentaron todo: “¡Hasta terapia de pareja hicimos!”

Es innegable, desde luego, que las cosas no siempre se arreglan o se pueden arreglar. Y hay que aceptarlo de la mejor manera posible, y seguir adelante. Pero también es cierto que en ocasiones el gran obstáculo está en esa falta de fe, en esa amarga certeza de que “ya es demasiado tarde”, que anula toda posibilidad de reencuentro.

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