Políticas de ajuste en el siglo XXI

Por Hugo Ferullo - Doctor en Economía.

16 Nov 2014
Si bien la economía se ocupa de cosas relativamente sencillas de la vida práctica del ser humano viviendo en sociedad, una economía moderna de mercado, globalmente considerada, constituye un objeto de estudio por demás complejo.

Se trata, además, de un objeto histórico que cambia en distintos momentos de tiempo, lo que significa que mucho de lo que resultaba válido para conocer el funcionamiento de una economía a principios del siglo XX, por ejemplo, dejó de ser válido hoy.

Son estos aspectos fundamentales, asociados a la complejidad y a la historicidad del fenómeno económico, los que impiden que la ciencia de la economía nos provea de verdades eternas, capaces de ser formuladas a través de leyes inmutables. Mucho se ganaría en el debate actual referido a la situación económica de nuestro país y a las políticas económicas aconsejables en nuestro presente, si empezamos por admitir que la ciencia económica no tiene recetas universalmente válidas.

Admitir esto no significa abdicar de la pretensión científica del economista; se trata, por el contrario, de una condición necesaria para hacer verdadera ciencia de la economía, que se ocupa de cuestiones humanas y sociales prácticas, sobre las que raramente caben los juicios necesarios, sin ninguna ambigüedad, de las ciencias formales como las matemáticas.

“Leyes inmutables”

La grave crisis por la que atraviesa la economía mundial desde 2007, provocada por el funcionamiento mismo de mercados financieros “libres”, muestra ejemplos muy claros de cómo algunas “leyes inmutables” se han visto obligadas a pasar, a la luz de los hechos, por un proceso crítico de profunda revisión.

Una de estas supuestas verdades que muchos consideraban válida “para todo tiempo y lugar” es la afirmación sencilla de que la emisión monetaria provoca necesariamente inflación: la fabulosa emisión en los últimos años en Estados Unidos, en Japón y en Europa ocurrieron con tasas de inflación menores que la que los propios Bancos Centrales fijaron como meta inflacionaria (en Europa, lo que se está observando en algunos países es una tendencia a la deflación, que es lo contrario de la inflación!).

La otra “verdad eterna” que resulta claramente rebatida por los hechos es la relación de la llamada “austeridad fiscal” (entre nosotros: políticas de “ajuste”) y la recuperación del crecimiento económico. Después de varios años de estos programas, que significaron menor ingreso, menos servicios públicos esenciales y mayor precariedad en la vida de mucha gente, estas políticas no provocaron, sobre todo en Europa, nada que se parezca a un impulso en las inversiones privadas, que se esperaba que nazcan de la mayor confianza que despierta, supuestamente, un Estado decidido a achicar su deuda pública.

El lado bueno de todo esto es el crecimiento de la humildad en el mundo de la ciencia de la economía.
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