El verdadero final de “La naranja mecánica”

Anthony Burgess -de cuyo natalicio hoy se cumplen 97 años- escribió un epílogo distinto al que plasmó Kubrick en la película

25 Feb 2014 3 183

Mientras recorría las calles oscuras y bastardas de invierno después de itear del mesto de té-y-café, videé visiones parecidas a esos dibujos de las gasettas. Alex, Vuestro Humilde Narrador, regresaba a casa del trabajo para cenar un buen plato caliente, y una ptitsa acogedora lo recibía amorosamente. Pero no conseguía videarlo, hermanos, ni imaginar quién podía ser. Sin embargo, tuve la profunda certeza de que si entraba en la habitación próxima a aquella donde ardía el fuego y mi cena caliente esperaba sobre la mesa encontraría lo que realmente deseaba, y de pronto todo cuadró, la fotografía recortada de la gasetta y el encuentro con Pete. Porque en esa otra habitación, en una cuna, mi hijo gorjeaba gu gu gu. Sí sí sí, hermanos, mi hijo. Y sentí un bolche agujero dentro de mi ploto, que me sorprendió incluso a mí. Comprendí lo que estaba sucediendo, oh hermanos míos. Estaba creciendo.

El fragmento es del capítulo 21 de “La naranja mecánica”. El final redentor que Anthony Burgess escribió para Alex, pero que la edición estadounidense de la novela no incluyó. Y como Stanley Kubrick utilizó la edición norteamericana como base del guión de su película, el cine inmortalizó un epílogo muy diferente para la historia.

El del capítulo 21 de “La naranja mecánica” es uno de los episodios más llamativos de la literatura contemporánea. Sin dudas que la obra de Kubrick -devenida filme de culto con el correr de los años- tiene mucho que ver, pero no es menos cierto que para millones de lectores (los estadounidenses) Alex se despide irredimible y salvaje. No es lo que Burgess escribió.

“El capítulo 21 concede a la novela una cualidad de ficción genuina, un arte asentado sobre el principio de que los seres humanos cambian -explicó Burgess-. De hecho, no tiene demasiado sentido escribir una novela a menos que pueda mostrarse la posibilidad de una transformación moral o un aumento de sabiduría que opera en el personaje o personajes principales. Incluso los malos best-sellers muestran a la gente cambiando. Cuando una obra de ficción no consigue mostrar el cambio, cuando sólo muestra el carácter humano como algo rígido, pétreo, impenitente, abandona el campo de la novela y entra en la fábula o la alegoría. La Naranja norteamericana o de Kubrick es una fábula; la británica o mundial es una novela”.

Burgess (1917-1993, hoy se cumplen 97 años de su natalicio) le adjudicó una motivación política a la decisión del editor estadounidense de suprimir el capítulo 21. Definió a su libro como kennedyano y enfocado a la posibilidad del progreso moral. Estados Unidos -según su razonamiento- le dio a la “La naranja mecánica” un sentido nixoniano, absolutamente carente de optimismo. Un retrato de la maldad pura y dura.

Uno de los pasajes clave del libro es la violación/asesinato que perpetran Alex y sus amigos. Fue una catarsis artística para Burgess, cuya esposa había sido violada por cuatro soldados estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. El capítulo 21 tiene mucho de absolutorio, da cuenta de la altura moral de Burgess para confiar en que Alex es capaz de enterrar los crímenes que cometió. Lo describe ilusionado, soñando con una paternidad idílica en un plano absolutamente burgués (fuego en la chimenea, comida caliente sobre la mesa, una esposa que siempre espera).

El Alex maduro y sereno del capítulo 21 no tiene cabida en la película de Kubrick. No encaja en esa fábula de la que Burgess hablaba. Para Kubrick y para el editor estadounidense de “La naranja mecánica”, la epifanía de Alex equivale a una traición.

La edición de Minotauro de “La naranja mecánica” -disponible en Tucumán- permite apreciar la obra de Burgess en su totalidad.

Eso es lo que va a pasar ahora, hermanos, ahora que llego al final de este cuento. Habéis acompañado a vuestro druguito Alex allá donde ha ido, habéis sufrido con él y habéis videado algunas de las acciones más brachnas y grasñas del viejo Bogo, todas sobre vuestro viejo drugo Alex. Y todo se explicaba porque era joven. Pero ahora, al final de esta historia, ya no soy joven, ya no. Alex ha crecido, oh sí.

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Stanley Kubrick
3 Comentarios

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hardbait #3 25 Feb 2014 13:47 Hs

Explicaría varias cosas este final inédito... Un poco la marginalidad adolescente está enmarcada en la idealización torcida de la realidad, producto de la falta de educación y contención. Entonces, cuando la realidad logra manifestarse en un evento único como un nacimiento de un hijo, la persona acepta de que ha estado viviendo en una especie de realidad distinta del mundo real: la vida adulta. Sale de la caverna de la ignorancia. Y las cosas se muestran tal cual son.

Perla Habichayn #2 25 Feb 2014 09:52 Hs

Debo aclarar que no vi la película. El libro lo leí por primera vez hace más de 30 años. Lo he vuelto a leer. Convengamos que cuando una primera persona que relata en un lenguaje no conocido hechos aberrantes, pierde morbosidad el delito, casi es aceptable, pero no es una travesura de niños. Supongo que lo mismo en imágenes daba una lectura diferente de la maldad. Porque de eso se está hablando, del mal, que en todos los hombres está siempre. No estoy de acuerdo con un "crecimiento" de adolescente", las cosas no cambian de esa manera y si lo seguimos aceptando, olvidaremos, que estamos hablando de una sociedad enferma, desde los adultos , las fuerzas d la ley y los jóvenes. En un momento hay una frase que me pareció válida para el recuerdo, perder libertad por seguridad. Es lo que hoy pedimos, y en eso está la universalidad que el autor busca con un lenguaje rebuscado, la actitud de una sociedad que no puede resolver su propia enfermedad.

M_G #1 25 Feb 2014 09:36 Hs

Un giro de tuerca interesante. La cuestion es que ya uno no concibe asi a Alex. Es dificil conciliar esa imagen con la otra, la que tenemos desde hace tantos años asumida como real. En fin... Todo cambia, hasta el final de los libros...