Myrtha Raia: ecos de luz en un piano

Por Roberto Espinosa - Para LA GACETA - TUCUMÁN.

03 Feb 2013
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Es posible que la ráfaga de un coral de Bach haya iluminado el silencio. Que una variación de César Franck haya acariciado sus manos en la oscuridad. Que el réquiem de Brahms haya estallado en su corazón, poniendo en fuga tanto dolor y violencia que halló inesperadamente en el umbral de la muerte. Quizás la estaban aguardando en el horizonte el abrazo de Alex Conrad, la sonrisa de Alberto Uzielli, sus mentores; los gestos directrices de Carlos Cillario, Alex Conrad, Jean Constantinescu, Isaac Weinstein, Washington Castro, Gianni Rinaldi, Miguel Gilardi, que guiaron sus dedos pianísticos junto a la Sinfónica de la UNT. Los 84 septiembres de azules ojos se cerraron el lunes, luego de que Myrtha Raia (11/9/1928-28/1/13) sufriera una brutal golpiza. Estos son fragmentos de una charla que tuvimos en 1993, tal vez ecos de luz germinados en un piano.

- ¿Cómo se produjo tu desembarco en Tucumán?

- Nací en Buenos Aires; vine muy chica. Mi papá era un gran amante de la ópera y hablaba como si hubiera estudiado música; tenía el deseo de que yo fuese cantante. Acá en Tucumán, resolvieron mandarme a la Academia de Bellas Artes; tenía 8 años, allá por 1937. El Tucumán musical tenía la Filarmónica que ofrecía conciertos prácticamente todos los domingos. La Academia de Bellas Artes tenía su orquesta y su coro y trabajaban sostenidamente. Había buenos maestros.

- ¿Cómo se construyó tu relación con el piano?

- Nunca tuve y no tengo todavía ambición de ser estrella del escenario, a pesar de que la música es para ser entregada, aunque para mí era una cosa natural hacer música. Nunca dudé entre el piano y otro instrumento, pero qué curioso, todo cuanto yo sé sobre tocar el piano, lo aprendí oyendo otros instrumentos y cantantes. Y es una costumbre que aconsejo. Da mucha más fluidez de fraseo, permite descubrir resultados tímbricos y en cuanto a los cantantes, aprendés a modular una frase en el piano como quien canta un texto. A eso se suma que después tuve maestros que además de dominar un instrumento eran verdaderamente músicos.

- ¿Había competencia entre los estudiantes?

- Los de mi generación llegaron todos a ser muy buenos profesores o músicos de orquesta; algunos se distinguieron en su tarea pedagógica. Había un contacto más estrecho con la música. Actualmente y esto se está revirtiendo hace poco tiempo, los estudiantes frecuentan menos los conciertos de lo que lo hacían en mis tiempos.

- Tuviste la suerte de asistir a los cursos de Walter Gieseking...

- Vino gente de toda Latinoamérica. Él se dedicaba a cazar mariposas, se maravillaba ante los lapachos floridos. Andaba por los 60 y pico. Daba los cursos en francés. Había una ronda para los ejecutantes activos y otra instancia en la que volvía a oír a los seleccionados por él. Toqué en la primera ronda la Sonata Op.22, de Schumann; hasta que oyó al resto de los ejecutantes pasó una semana. Pensaba que había terminado mi tarea; mi actitud era la de absorber todo lo que oía. Un día se me acerca la traductora y me dice que esa tarde tenía que volver a tocar. Con gran susto (no lo esperaba), toqué la Sonata Op.1 de Prokofiev, que Gieseking manifestó no conocer. Después de darme indicaciones valiosas, se sentó al piano y la tocó como solo él podía hacerlo. Esos cursos nos permitieron acercarnos a Tucumán a un maestro al cual difícilmente podíamos tener acceso. Era lo que nos ofrecía la Universidad de aquel tiempo. En una de las visitas que hizo Wilhelm Backhaus a Tucumán, un día, a la hora del almuerzo, me telefoneó mi maestro, Alex Conrad. Me cortó la digestión diciendo: "Véngase a las 6 de la tarde para que toque para Backhaus", que era un viejo encantador. Esas cosas me han dejado improntas imborrables.

- La música de cámara es una de tus debilidades. ¿Qué universo descubrís en ella?

- El gusto nació de mis maestros. Es importante porque es una nueva dimensión de la música, donde no se es vedette, pero donde si se sabe hacer bien música de cámara, no se resigna nada de la propia personalidad. En un conjunto se debe llegar a un acuerdo para un objetivo final, en el que nadie pierda nada de su manera de decir la música. La gran dificultad es conseguir esto sin que se convierta la ejecución en una disputa o en estar mostrando cada uno lo suyo. Es llegar al objetivo final mediante una suma de objetivos distintos, donde todo reside en una continua entrega y recepción del discurso, donde no prevalezca ni la monotonía ni la disparidad de criterios. Los pianistas tenemos un privilegio increíble, hacemos música de cámara porque tenemos dos manos, nosotros solos, y si uno aprende a usar sus dedos como distintos instrumentos, debiera ser más fácil tocar en conjunto.

- ¿Qué compositor te sacude el alma?

- Me gusta el que estoy tocando ahora, pero en particular, casi no puedo pasar día sin tocar Bach. Te da, por un lado, equilibrio, y por otro, te obliga a ser sumamente expresivo. No estoy de acuerdo con aquella concepción de que Bach escribió música altamente especulativa. Escribió la música de todos los tiempos, desde su tiempo hasta el fin de los tiempos. Bach aprendió copiando. Cuando vos estás copiando música de un grande estás haciendo muscularmente lo que hizo ese grande. Es como si se te introdujera por las manos la música del que la compuso; un ejercicio increíble para los estudiantes de composición. El que lee y escribe, lee dos veces.

- La docencia es otro de tus motores musicales...

- Me preocupa mucho en lo que a mí atañe la enseñanza que imparto. Intento lograr que cuando estudian una obra, no se limiten al estudio del texto, sino que la aprehendan en todo su contexto y sobre todo, que se apoderen de su pretexto. Mirar una partitura, sabiendo y teniendo en cuenta como condición insoslayable que no hay ningún pasaje, ningún dibujo que no sea de importancia: un bajo que esté compuesto por muy pocas notas, si no está tomado con la importancia que tiene, descubriéndole toda la polifonía imaginaria que encierra, puede dejar sin sustento toda la construcción de la obra. Si el discípulo ve que su maestro sigue en actividad porque la ama, es inevitable que esa actitud influya en él, a quien le gusta poder admirar al maestro. Creo que el ser músico significa no sólo detentar ya ciertas técnicas o dominarlas, sino tener una actitud de vida.

© LA GACETA Roberto Espinosa - Escritor, periodista de LA GACETA. Autor de El caracol de los sueños y Cosecha de luz.

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