La lograda biografía acerca de un tucumano de novela

Iturri fue un protagonista de la vida parisina del siglo XIX. Por Eduardo Paz Leston.

09 Oct 2011
1

BIOGRAFÍA
EL ARGENTINO DE ORO
CARLOS PÁEZ DE LA TORRE (H)
(Bajolaluna - Buenos Aires)

Fue grande el desconcierto de Paul Groussac cuando se encontró en París, en casa de Edmond de Goncourt, con un antiguo alumno suyo del Colegio Nacional de Tucumán. Gabriel Iturri, que apareció trayendo una esquela del barón Doasan, estaba vestido como un dandy y trató de ser amable con Groussac a pesar del desaire qué éste le hizo. Dos años después, en 1885, Iturri conoció a su futuro protector, el conde Robert de Montesquiou, el árbitro de la elegancia en el círculo más exclusivo de París. En su casa reunía a la alta nobleza y a pintores y escritores de renombre. Era audaz en sus gustos, temido por su insolencia y autor de una infinidad de poemas de una exquisita cursilería que sus amigos simulaban admirar. Carlos Páez de la Torre nos cuenta cómo llegó Iturri desde su exótico "Toukouman" hasta París. Se basó en las cartas, inéditas en su mayor parte, que Iturri escribió a su madre. Saca partido de las cartas porque sabe cómo y cuando citarlas. Se integran en el texto sin solución de continuidad. El argentino de oro se lee como una novela a pesar de que es una biografía muy bien documentada.

A través de las cartas nos formamos una idea de la personalidad de Iturri: simpático, seductor, adulón y solapadamente ambicioso. Si Montesquiou se convierte en su Pigmalión, el discípulo asimilará sus enseñanzas y con el tiempo habrá de superarlo. ¿Qué funciones cumplía Iturri en los sucesivos palacios de Montequiou? Organizaba a la perfección fiestas muy complicadas en que las que se recitaban poemas y se interpretaba música. Los invitados eran muy selectos. Incluían desde Sarah Bernhardt hasta Gabriel Fauré, desde Anna de Noailles a la condesa Greffulhe. Otra de las funciones de Iturri consistía en impedir que el conde aumentara la lista de sus enemigos. También se encargaba de adquirir a precios ventajosos los objetos más diversos para las colecciones del conde. Si Montesquiou estaba interesado en el valor histórico de los objetos, Iturri, que tenía mejor gusto que su protector, prefería los que tenían un valor estético. También se encargaba de administrar la menguada fortuna del conde, que se vio obligado a mudarse en varias ocasiones.

En la mira de escritores
Si bien Iturri se mantuvo siempre a la sombra del altanero aristócrata, algunos escritores ilustres no dejaron de advertir sus cualidades. Por su simpatía mereció que Verlaine le dedicara un soneto. También era admirado por el tino con que resolvía situaciones difíciles y, principalmente, por su don de observación de la escena mundana. Léon Daudet, el gran memorialista de su tiempo, pensaba que Iturri podría haber sido un excelente cronista.

En los últimos años, buscando un alivio inexistente para la diabetes que padecía, Iturri viajaba varios meses al año por Italia y el norte de África, siempre en busca del sol. Pero a veces pasaba por el casino de Montecarlo (era jugador y llegaba a perder mucho dinero), cosa que preocupaba al conde, si bien no pagaba esas deudas. Al parecer Iturri tenía otros recursos. A pesar de su enfermedad, conservaba el buen humor y trataba de no entristecer a Montesquiou que sabía que su protegido tenía poco tiempo de vida.

Gabriel Iturri murió finalmente en abril de 1905. Un grupo muy selecto de amigos lo despidió en el cementerio vecino a su domicilio, en Neuilly-sur-Seine. Entre los asistentes había dos argentinos, Lucio V. Mansilla y su sobrino Eduardo García Mansilla.

Montesquiou, que murió en 1921, descubrió demasiado tarde que Marcel Proust lo había escuchado pacientemente porque lo había tomado como modelo para el barón de Charlus, el célebre personaje suyo que le dio a Montesquiou una fama duradera pero maldita. © LA GACETA
Comentarios