Cristina y el kirchnerismo buscan el voto de centro

Con un discurso bisagra para su Gobierno, la presidenta se sacó el entripado con Moyano. La oposición, descolocada, Inflación y modelo. Hugo E. Grimaldi, columnista de DYN.

15 May 2011
Resulta siempre bueno repasar los archivos. El último 1º de marzo, en su mensaje ante la asamblea legislativa, ya la presidenta de la Nación había dado una pista contundente sobre su preocupación por el avance gremial, a partir de demandas que incluían la metodología de los paros, cortes y bloqueos, por esos días en los servicios públicos: "Yo quiero seguir siendo compañera de mis compañeros de los sindicatos y no cómplice de maniobras que siempre terminan perjudicando a trabajadores", dijo. La dureza de la palabra cómplice es el antecedente a invocar para interpretar el profundo disgusto de la Presidenta, cuando el jueves disparó a la CGT de Hugo Moyano, como si su recipiente de paciencia se hubiera desbordado, tras la escalada de presiones y contrapresiones que ambos contendientes se habían dedicado desde aquel día.

Ya antes del discurso, la Presidenta había advertido que los conflictos sociales y sindicales debían resolverse por la vía del diálogo, sin apelar a esos métodos, tal como estaba siendo sitiada ese día Buenos Aires, y en medio de las dificultades para viajar en Aerolíneas que había generado un gremio moyanista y de un paro de los docentes de Santa Cruz que ya lleva casi un mes, que impide el acceso a pozos petrolíferos y que amenaza otra vez la provisión de naftas.

Pese a esta multiplicidad de problemas gremiales, paradójicamente, dos ministros salieron a decir que la Jefa del Estado no se había referido a Moyano & Cia., cuando precisamente en este tema en particular sus palabras no habían dejado lugar a dudas: "Luchamos contra la explotación, pero no tenemos tampoco que permitir que surja otro fenómeno que es el de la extorsión".

La amenaza de la "corporación" sindical había sido casi la única cuestión no ambigua del discurso, casi una bisagra en la presidencia de Cristina Fernández, quien mezcló atendibles situaciones personales que terminaron en llanto, con la admisión implícita de que el modelo que ella encabeza y defiende presenta evidentes fatigas de material.

El cóctel entre los temas centrales de esa sorpresiva alocución ha permitido elucubrar en estos días sobre si Cristina y sus hijos quieren o no quieren que ella vaya por su reelección; sobre si le dio adrede tanta carga emocional para ponerse en víctima o sobre si realmente está quebrada; sobre si está dispuesta o no a encabezar el ajuste que necesita con urgencia el modelo y puntualmente sobre si cree que tendrá la fortaleza suficiente para echar a semejante tropa de mercaderes del templo del poder. Más allá de tantas conjeturas, lo lógica indica que la Presidenta será la candidata, porque es la única garantía que tiene el oficialismo no sólo para ganar, sino para mantener algún poder hacia el futuro sin desmembrarse.

El tono de cómo dijo lo que dijo en relación a Moyano sirve también para especular sobre si el riesgo de haber salido con todo contra su poder fue calculado y sobre todo cuánto de imagen positiva pudo haber ganado entre los habitantes de las grandes ciudades, casi todos ellos representantes del centro político, oponiéndose con tanta frontalidad a la persona que, según todas los sondeos de opinión, más irrita a los argentinos.

Las encuestas marcan con gran claridad que las clases medias urbanas hoy están que trinan contra todos los problemas que criticó Cristina y en la Casa Rosada están convencidos que esa metodología está siendo alentada por la CGT para ganar extorsivamente espacios de poder. Claro está que se olvidan que el propio Gobierno nunca hizo nada para desactivar la bomba, sino que más bien alentó estas prácticas desde el latiguillo de la "no criminalización de la protesta", como un modo de darle aire a situaciones que rompen con la institucionalidad, como es el caso de ministros del PEN o candidatos del oficialismo que han aprobado la toma del Colegio Carlos Pellegrini. En este punto, que una investigación haya descubierto que apenas 40 % de los alumnos del secundario en la Capital y Buenos Aires crean que la democracia es la mejor forma de gobierno, pero que otro 30 % haya dicho que en la Argentina sólo lo es "a veces" parecen ser parte de la mismos vientos sembrados desde los tiempos del "que se vayan todos". En medio de tantos senderos que confluyen en un peligroso cruce que ahora la Presidenta desnuda en parte públicamente, bien vale recordar sólo, como inventario que, sobre todo en tiempos de Néstor Kirchner, a Moyano se le ha venido dando aire suficiente desde el propio Gobierno para que se eleve hasta dónde está y que aun Cristina le ha concedido cosas, aunque en los últimos tiempos haya dado rienda suelta a su tirria, desde que se dio cuenta de que su socio hoy le resulta un perfecto "piantavotos".

Hay más. Desde la discriminación de género, el hijo del camionero, Pablo, había admitido que era más sencillo negociar con Néstor ("No es que lo extrañemos, sino que representaba otra forma de hacer política y no es lo mismo discutir con un hombre que con las mujeres") y es sabido que en las elecciones de 2007 la cúpula cegetista llamaba peyorativamente a la esposa del entonces presidente y candidata a sucederlo, "la mujer". Toda una gran tormenta perfecta en el ánimo presidencial que seguramente impulsó a Cristina a sacarse el entripado que tenía con el jefe de la CGT y dar este paso tan significativo y riesgoso al mismo tiempo. También es evidente que el golpe de efecto dejó desencajada a la oposición. Ya venía golpeada por el discurso oficialista de su falta de decisión para competir y por el retroceso de varios candidatos a sus distritos, con peleas interminables para conformar fórmulas o alianzas.

Con el retroceso de Mauricio Macri a su distrito, el espectro del centro hacia la derecha ha quedado huérfano y los candidatos parecen adherir al llamado progresismo y a modelos similares que aparentan ser más prolijos en lo institucional, pero que apuntan también a la intervención estatal, pero con planificación económica menos centralizada.

Para que se asiente un polo opositor de ese calibre en la Argentina, al estilo del PP español o el PMDB de Brasil existen tres problemas objetivos: primero, que muchos creen que el experimento Menem fue un proceso de derecha, cuando en realidad el menemismo resultó ser una versión populista del llamado neoliberalismo, algo así como hoy el kirchnerismo es una versión populista del progresismo; segundo, que la prédica antiderecha dejó sin sustento a los apoyos a cualquier corriente que se presente como tal. Así, se tiende a demonizar a las corrientes más apegadas a la libertad, y se exalta a quienes defienden la igualdad, como si en su nombre no hubiera habido fascismos en el mundo. Y tercero; que la falta de convicción de muchos políticos les impide animarse a ponerse en contra de la corriente.

También desde lo ideológico, la oposición de la Presidenta a Moyano tiene que ver con la vieja disputa setentista contra la burocracia sindical, hoy atenuada en sus métodos, aunque desde el poder se le apunta además a la insaciabilidad del camionero, quien puja con la Casa Rosada desde una estructura pletórica de dinero a la que los Kirchner no dejaron de contribuir, canjeada por el disimulo ante el flagelo inflacionario, en nombre de aumentos de salarios que corren desde atrás a los precios.

Justamente, este último punto enlaza con las fisuras que tiene abierto el casco del modelo, ya que la productividad no es para nada garantía de esos incrementos, mientras que la inflación corroe el bolsillo sobre todo de quiénes no están formalizados en la economía ni entran en la órbita gremial. Los expertos entienden que, aún a esta altura, el desborde inflacionario podría arreglarse con un mínimo costo en el empleo a partir de un service, pero el Gobierno prefiere mirar para otro lado hasta octubre, sin preocuparse siquiera por cierta espiralización inflacionaria que podría sobrevenir a partir de julio, tras el cobro del medio aguinaldo. Lo que ha hecho el Gobierno, tal como sucede siempre que hay algo que no atina a manejar, es no admitir sus errores y busca echarle la culpa del aumento de los precios, a terceros. El Jefe de Gabinete, Aníbal Fernández responsabilizó de la inflación a la "conspiración de las consultoras contra el pueblo"; en cambio, Cristina apuntó a los sindicatos: "Si hay algunos que creen que puede ser mejor otro modelo, que creen que han tenido o tienen tanto poder para torcer voluntades, para que el modelo sea desprestigiado, quiero decirles que conmigo no van a contar".

El punto central es que hasta ahora la inflación no se termina de instalar como un grave problema a solucionar ya que la opinión pública, sin reparar en los costos sociales, parece estar obnubilada por la ilusión monetaria que le generan sueldos en alza y el dinero inyectado desde el Estado. Los más avisados porque saben que este escenario no permite invertir, pero sí es bueno para especular; los mayores porque tienen la experiencia de que alguien lo vendrá arreglar, pese a todo y los más jóvenes, los más proclives a votar al kirchnerismo, porque aún no conocen los procesos inflacionarios ni sus secuelas. Los más pobres, lamentablemente, sólo aspiran a que el Estado les ajuste los planes sociales.

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