El Diario de Yrigoyen del kirchnerismo

Hace cuatro años y dos días el Gobierno nacional intervino el Indec. El encubrimiento de la pobreza real y el afán de los políticos por el marketing.

31 Ene 2011 Por Juan José Domínguez
Hace exactamente cuatro años y dos días el gobierno de Néstor Kirchner irrumpió en el Indec. Hoy nadie cree en las estadísticas públicas.

La subvaloración del alza de precios al consumidor le sirve al Gobierno para ocultar sin recato la cifra real de la pobreza en la Argentina. Es que, justamente, del cruce del Índice de Precios al Consumidor (IPC) con los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) surge el cálculo de la pobreza y de la indigencia. Y al achicar el resultado de la variación de precios, las condiciones sociales aparecen mejoradas. Claro que sólo en los papeles.

Que una familia de cuatro personas (padres y dos hijos pequeños) pueda comer al mes con $ 578,58 -como publica el Indec y de cuyas cifras presume en cada acto político Cristina Kirchner-, se asemeja al país del Primer Mundo que en su día anunció Carlos Menem. Tan cierto como irreal.

En el siglo XXI, este retrato mensual del aumento del costo de vida intenta, por un lado, esconder la incapacidad de la administración kirchnerista de corregir con efectividad y firmeza las desigualdades sociales. El kirchnerismo, en verdad, no ha sabido cambiar el modelo de concentración económica que lleva ya más de 40 años. Y al parecer pretende hacer creer que sí lo cambia, manoseando números.

Por otro lado, este disfraz estadístico periódico desnuda ese afán obsesivo de los políticos por la propaganda y el marketing. Es decir -como refirió hace unos días Graciela Bevacqua, la primera mártir de una retorcida intervención iniciada por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, el 29 de enero de 2007-, a un gobierno le importa más que a cualquier institución demostrar que las condiciones sociales han mejorado, aunque no lo hayan hecho.

Ahora, tras cuatro años de ficción, el gobierno kirchnerista no puede salir de su propio cepo: mintió para que la deuda en bonos que ajustaban por inflación no sea tan cara y, con ese argumento, aprovechó para dibujarle a los argentinos un país en el que la pobreza disminuía a pasos agigantados. Era con vistas a las elecciones presidenciales de 2007. Pero lejos de terminar, una vez reelecto el kirchnerismo, el maquillaje siguió. El conflicto con el campo, en la primera mitad de 2008, golpeó al Gobierno y así, yendo por todo -como les gusta decir-, con Aldo Rico como aliado en la provincia de Buenos Aires y candidaturas testimoniales, el Indec -el Diario de Yrigoyen de la comunidad kirchnerista- siguió difundiendo datos inexactos. Derrota electoral en junio de 2009, y a empezar de nuevo. Amado Boudou asumió como ministro de Economía; anunció que el Indec pasaba a depender de él mismo y no de Moreno y lanzó con grandilocuencia un proceso de saneamiento del ente, cuya credibilidad entonces ya había sido destruida por completo. Convocó a las universidades y, recientemente, al otrora denostado Fondo Monetario Internacional (FMI) para que diagnostique y proponga cambios. Sigue la mentira.

¿En quién creer?
Para consultoras y economistas, la inflación en 2010 fue de entre un 23% y un 30%. Para el Indec, de un 10,9%. Para consultoras y economistas, la pobreza asciende a un 30% (12,4 millones de personas). Para el Indec, a un 12% (4,8 millones). En ambos casos, sin embargo, no ser pobre es ganar al mes una cifra determinada.

Es decir, para el Indec, si una familia recibe ingresos menores a $ 1.252 es pobre. Ahora, si gana $ 1.253, ya no es pobre; pero no le alcanza para pagar sus impuestos, no recibe el servicio de agua potable, no puede mandar a sus hijos al colegio? pero no es pobre.

Consultoras y economistas manejan el mismo parámetro. Por ejemplo, según Ecolatina, el piso de ingresos para que una familia tipo no sea pobre es de $ 2.369, el doble del Indec.

Números más, números menos, ser pobre en este país es ganar menos de un equis monto mensual. Poco importa lo real.

La semana pasada, Boudou mandó a los ciudadanos a caminar para buscar los precios más convenientes (como si no lo hiciesen todos los días). Para él hay una dispersión de precios (no inflación) como para el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, hay una sensación de inseguridad (no inseguridad).

La casa está en orden.

Estamos mal, pero vamos bien.

El 2001 será un gran año para todos. ¡Qué lindo es dar buenas noticias!

La Argentina es un país condenado al éxito.

En los próximos días, lloverá gasoil.

Cambian los gobiernos. Sigue el modelo. Sigue la mentira.

Pero ahora, además de los eufemismos, con el kirchnerismo es un organismo público el que se encarga de proclamar el otro país, el de la pompa política; no el que sufre cada día.

Este año es el quinto acto de una ópera triste y de mala calidad, a la que los argentinos asistimos pagando una entrada cara. Cada vez más cara.

Un desafío del gobierno nacional que asuma el 10 de diciembre próximo será devolverle profesionalidad y credibilidad al Indec, independientemente de los costos políticos que suponga el sinceramiento estadístico: revelar la Argentina que en verdad somos.
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